No solo la sequía mata a los árboles: descubren en Europa el efecto letal de las primaveras favorables

Un análisis de inventarios forestales entre 2015 y 2023 con datos de 500.000 ejemplares de 52 especies muestra que las estaciones inusualmente cálidas o húmedas elevan el riesgo de muerte en los meses siguientes

Ladera de bosque con árboles verdes, árboles secos de color marrón y troncos desnudos. El suelo es rocoso. Cielo azul claro
La mortalidad prematura de los árboles en Europa también aumenta después de primaveras inusualmente cálidas o húmedas, según un estudio en bosques de Francia (C. Piedallu)
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La mortalidad prematura de los árboles en Europa no responde solo a las sequías extremas: un estudio sobre bosques de Francia encontró que primaveras inusualmente cálidas o húmedas, incluso cuando parecen favorables para el crecimiento, también elevan el riesgo de muerte en los años siguientes.

El trabajo analizó datos del inventario forestal francés entre 2015 y 2023 y se apoyó en una base de 500.000 árboles de 52 especies.

Según el equipo de investigadores, esa cobertura permite detectar patrones que van más allá de episodios aislados y trasladar las conclusiones a otras regiones europeas.

La investigación fue codirigida por el Laboratorio de Ciencias del Clima y el Medio Ambiente y el Instituto Federal Suizo de Investigación sobre Bosques, Nieve y Paisaje. Sus resultados, publicados en Nature Communications, apuntan a una combinación de anomalías climáticas estacionales como detonante de la pérdida de árboles.

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El estudio sobre bosques de Francia analizó 500.000 árboles de 52 especies entre 2015 y 2023 para detectar patrones de mortalidad prematura (REUTERS/Juan Medina)
El estudio sobre bosques de Francia analizó 500.000 árboles de 52 especies entre 2015 y 2023 para detectar patrones de mortalidad prematura (REUTERS/Juan Medina)

Pascal Schneider, doctorando del Instituto Federal Suizo de Investigación sobre Bosques, Nieve y Paisaje y autor principal del estudio, explicó que esto “aumenta su demanda de agua y las vuelve más vulnerables en cuanto las condiciones se vuelven secas”. El investigador agregó que, si después llega un verano seco, las reservas del suelo ya están agotadas y el estrés hídrico aparece antes.

El estudio encontró que las condiciones de crecimiento que suelen considerarse ideales también pueden tener un costo posterior. Los árboles altos como el abeto plateado murieron en mayor número después de primaveras cálidas y húmedas.

Qué pasa con las primaveras favorables

Bosque de coníferas con numerosos árboles rectos, algunos verdes y otros secos, suelo con tierra, hojas y ramas caídas, y luz solar filtrándose entre los troncos.
La investigación publicada en Nature Communications atribuye la pérdida de árboles a una combinación de anomalías climáticas estacionales (Imagen Ilustrativa Infobae)

Según Schneider, en esos períodos, los árboles crecen con más vigor del habitual y consumen más agua desde comienzos de año. Ese mayor gasto anticipado reduce el margen de respuesta cuando la estación siguiente trae escasez hídrica.

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El equipo también planteó que las primaveras húmedas pueden favorecer la expansión de patógenos como los hongos. Ese factor añade presión sobre ejemplares que ya llegan debilitados a los meses secos.

El problema no es un solo evento extremo sino la suma de anomalías climáticas. “Nuestros resultados muestran que no es solo una ‘sequía de verano’ la que causa problemas a los árboles. Según la especie, una escasez de agua que aumenta lentamente puede tener más impacto que una sequía breve e intensa, o al revés”, describió Schneider.

Esa conclusión modifica la lectura más extendida sobre el deterioro forestal. El estudio sostiene que la muerte de los árboles no depende únicamente de un episodio extremo individual, sino de la combinación entre desvíos estacionales respecto del clima habitual.

En ese encadenamiento también aparecen los inviernos inusualmente suaves. Con temperaturas invernales más altas, las plagas sobreviven mejor, y las primaveras cálidas adelantan la brotación, lo que deja a las hojas jóvenes más expuestas a heladas tardías.

Los investigadores llegaron a esas conclusiones con una combinación de modelos informáticos y aprendizaje automático. El enfoque comparó distintos subconjuntos de datos del inventario para medir cómo las desviaciones estacionales del clima influyen en la mortalidad de los árboles.

Cambios en la gestión forestal

El estudio sostiene que la mortalidad de los árboles no depende de un solo evento extremo, sino de la suma de anomalías climáticas en distintas estaciones./Archivo  REUTERS/Regis Duvignau
El estudio sostiene que la mortalidad de los árboles no depende de un solo evento extremo, sino de la suma de anomalías climáticas en distintas estaciones./Archivo REUTERS/Regis Duvignau

Schneider sostuvo que la práctica forestal deberá dar más peso a árboles resistentes a la sequía procedentes de regiones del sur. Esa selección, indicó, puede aplicarse tanto a poblaciones de especies ya utilizadas como a la elección de otras nuevas.

El trabajo también plantea intervenir antes sobre los árboles grandes que consumen mucha agua. La idea es retirarlos algo más temprano para que los ejemplares restantes dispongan de una porción suficiente del recurso en verano.

El aclareo de masas forestales aparece como otra medida central, sobre todo después de períodos que, en apariencia, fueron buenos para el crecimiento. Según el estudio, esa gestión puede ayudar a que el agua disponible alcance para el rodal remanente.

Bosque de abetos con árboles verdes y marrones, ramas secas, troncos de corteza agrietada, suelo seco con tierra cuarteada y luz solar entre los árboles.
Las primaveras húmedas pueden favorecer hongos patógenos, mientras los inviernos suaves permiten una mayor supervivencia de plagas en los bosques (Imagen Ilustrativa Infobae)

El análisis se concentró en Francia porque su inventario forestal reúne una variedad de condiciones geográficas y climáticas que van del ambiente mediterráneo al alpino.

Para los investigadores, esa diversidad permite aplicar los resultados al resto de Europa, donde desde hace unos 20 años se multiplican las señales de muerte prematura de árboles, con un deterioro que en algunas regiones ya supera al observado en la década de 1980 por la contaminación del aire.

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