La desgraciada historia de William Sidis, el hombre más inteligente del mundo que sufrió bullying y desamor

A los 18 meses aprendió a leer. A los seis años sabía ocho idiomas. A los ocho escribió cuatro libros. Y a los 12 ingresó a la Universidad de Harvard. Tenía un coeficiente intelectual que rondaba los 300 puntos, casi el doble que Albert Einstein. Pero no tuvo amigos y sus padres impidieron su relación con la única mujer que lo enamoró. Murió solo y en el olvido, a los 46 años

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El coeficiente intelectual de William Sidis se calculó entre los 255 y los 320 puntos, mucho más que el Isaac Newton (190), Galileo Galilei (185) o Albert Einstein (160). Una persona normal ronda entre los 90 y los 110 (Photo by Archive Photos/Getty Images)

¿Qué podríamos lograr con un cociente intelectual de 320? ¿Haríamos progresar al mundo? ¿Conseguiríamos hacer cálculos complicados sin usar una calculadora? ¿Inventaríamos alguna máquina sofisticada o un software superador de lo que ya existe? ¿Seríamos más ingeniosos que la polémica IA?

Quién sabe. La inteligencia humana es algo complejo de medir y, aún teniendo un altísimo puntaje, puede no ser suficiente para garantizar logros increíbles o éxitos grandiosos. Simplemente no alcanza. No llena huecos existenciales ni filtraciones emocionales, ni constituye una sólida plataforma de lanzamiento para un cohete a la luna de la felicidad. Y como prueba tenemos acá el caso de William Sidis, quien habiendo sido quizá el hombre más inteligente de la historia del planeta, partió sin dejar demasiada huella y sin vivenciar jamás el significado de la palabra dicha.

El bebé que lee

William James Sidis nació en Estados Unidos, más específicamente en Nueva York, el 1 de abril de 1898.

A los 18 meses ya sorprendía a sus padres, el psiquiatra y filósofo de origen ucraniano Boris Sidis y la médica Sarah Madelbaum (quien había huído en 1989 de los pogromos rusos), con su habilidad para aprender a leer, a escribir y sus cálculos matemáticos.

Un día Sarah estaba leyendo el diario The New York Times cuando su pequeño hijo tomó la primera página y comenzó a leer. Un bebé que leía. Increíble.

Boris, deslumbrado, se mostró enseguida dispuesto a colaborar para que su hijo desarrollara todo el genio que llevaba dentro. Sabiendo que Blaise Pascal había escrito a los 9 años un tratado de matemáticas y que a los 4 Mozart tocaba el clavicordio y componía obras de considerable dificultad, a Boris no le tembló el pulso y tomó las riendas de la educación de William.

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A los 5 años, William Sidis creó una fórmula que permitía que uno supiera el día de la semana de cualquier fecha histórica y completó tercer grado en tres días

A los 4 años el pequeño escribió su primer relato; a los 5 creó una fórmula que permitía que uno supiera el día de la semana de cualquier fecha histórica; a esa misma edad hizo tercer grado en tres días. A los 6 años ya dominaba ocho idiomas: desde el latín y el hebreo hasta el griego pasando por el francés y el alemán. Antes de los 8 años ya había escrito dos libros de anatomía y otros dos de astronomía. No tenía amigos, pero había creado su propia lengua a la que llamó Vendergood. La base de la misma eran el latín y el griego combinados con elementos del alemán, el francés y de otras lenguas románicas. Su capacidad era enorme.

Su padre publicó, en 1911, un libro al que tituló “Filisteos y genios”. En esas páginas se dirigía a padres y lectores no vulgares y de “espíritus abiertos”. Sostenía que para poder potenciar los dones de un chico superdotado había que comenzar desde la primera infancia y que los padres debían tomar en sus manos el desarrollo del genio sin reprimirlo como harían los mediocres. Boris, siempre había sido un adelantado a su época y había estado preso en su país natal por enseñar leer a los campesinos. Nada lo detendría.

Con el propósito de estimular la brillantez de William, él y Sarah se ocuparon de formar al precoz intelectual en el día a día.

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Antes de los 8 años, Sidis dominaba ocho idiomas y había escrito dos libros de anatomía y otros dos de astronomía, pero no tenía amigos

Boris escribió: “Conducimos la mente del niño por canales estrechos atrofiando y deformando su mente hacia la mediocridad. Si el niño se desenvuelve en los rígidos moldes del hogar y la escuela, el resultado será una permanente mutilación de su originalidad y genio”.

En su búsqueda por darle el mejor ámbito para el aprendizaje, Boris adaptó para William la habitación de la casa con más luz y, allí, le armó una suculenta biblioteca.

Sus padres esperaban mucho de sus aptitudes, demasiado. Y William lo sabía.

Sus habilidades matemáticas también quedaron rápidamente en evidencia. A los 8 años fue aceptado por el célebre MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts). Esto hizo que su historia excepcional llegara a los medios de prensa de la época y comenzara el acoso mediático.

Un niño a Harvard

Cuando en 1909, con 11 años, William consiguió ingresar a la prestigiosa Universidad de Harvard para estudiar matemática aplicada su caso saltó a la prensa internacional. En enero de 1910, William Sidis, el alumno más joven de la historia de la institución, dio una charla en el Club de Matemáticas. Entre los más de cien oyentes había profesores de renombre y alumnos avanzados. ¿El tema? “Cuerpos de cuatro dimensiones”.

Estaba haciendo historia.

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Boris Sidis, el estricto padre de William

A pesar de eso, las autoridades le recomendaron a sus padres esperar a que él cumpliera los 12 años para que asistiera a la universidad. Lo hicieron y luego, en solo cuatro años, cumplidos los 16, se graduó en medicina con honores. Sacó las mejores notas. Pero el bullying (en ese entonces no se llamaba así, pero era lo mismo) de sus compañeros era insoportable. Algunos lo amenazaron con pegarle y el adolescente, amparado por sus padres, decidió cambiar de institución. En diciembre de 1915 ingresó como profesor a la Universidad de Rice, mientras hacía un doctorado. Daba tres materias: trigonometría, geometría euclidiana y geometría no euclidiana. Aguantó solamente un año. Sus alumnos eran mayores que él y lo trataban muy mal. Además, la prensa lo asediaba. Se sentía hostigado y presionado. Decidió volver a Harvard, su antiguo hogar, para estudiar Derecho.

El mundo lo admiraba, pero la comunidad científica, un poco desconfiada, un poco snob, un poco celosa, lo consideró una “atracción de feria”. Sus colegas científicos le dieron la espalda y dijeron que él joven deambulaba de una ciencia a otra sin objetivos concretos ni aportar nada.

Todo esto fue haciendo mella en la personalidad del solitario William Sidis que, cada vez más, prefería la soledad.

Cárcel no, psiquiátrico sí

Mientras la presión de los medios y de su familia lo tenían a maltraer, él se volcó a las ideas socialistas.

El 1 de mayo de 1919, con 21 años, encabezó una marcha socialista en Boston para reivindicar el Día del Trabajador. Hubo serios disturbios y William, quien enarbolaba una bandera roja, fue uno de los tantos detenidos. Que fuera egresado de Harvard fue el condimento perfecto para las noticias. Dicen que el policía le preguntó por qué no llevaba una bandera norteamericana a lo que él habría respondido: “¡Al infierno con la bandera americana!”. En el juicio, William negó tajantemente haber dicho aquella frase, pero admitió haber sido un objetor de conciencia durante la Primera Guerra Mundial y, además, se declaró ateo y comunista. Esto le acarreó más enemigos y, bajo la ley de la época, terminó sentenciado a pasar 18 meses en prisión por amotinamiento y agresión.

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La médica Sarah Madelbaum, madre de William Sidis, abandonó su carrera para concentrarse en la educación de su hijo

Gracias a sus poderosos contactos, Boris evitó que su hijo aterrizara en la cárcel. Su madre lo hizo internar en un psiquiátrico, que ella misma administraba en New Hampshire durante un año. Sus propios padres lo amenazaron con que si no se corregía lo mandarían a un asilo para locos. Luego de ese año, lo enviaron a California por doce meses más, en los que se dedicó a escribir. Con el tiempo, habría cambiado de ideología para inclinarse hacia su propia filosofía libertaria basada en los derechos individuales. Su inteligencia volaba en barrilete y fuertes migrañas lo dejaban, con frecuencia, postrado. Vivía amargado e intentando despegar de sus exigentes padres.

Un debate que perdura

La educación que William había tenido en su casa y la exigencia de sus padres para esculpir al genio comenzó a formar parte de un gran debate nacional. Muchos criticaban la educación que su padre Boris le había dado y decían que las escuelas debían otorgar a los niños el derecho a una educación normal y comparable con la de otros menores. Para otros, la inteligencia era hereditaria y por ello no era necesaria la educación temprana en casa ni sacarlos de su ambiente escolar natural. Pero lo cierto es que más allá de las discusiones, muchas personas dotadas con un IQ superior, se encontraron con que las estructuras escolares y universitarias eran demasiado rígidas y no los dejaban avanzar conforme a sus capacidades. Es por eso que algunos expertos sostenían que era beneficioso para las mentes superdotadas pasar de escalón con rapidez para no aburrirse y poder alcanzar el máximo potencial.

El coeficiente intelectual de Williams, según se estableció en su momento, se ubicaba entre los 255 y los 320 puntos. Una persona normal ronda entre los 90 y los 110. Si tenemos en cuenta que Einstein tenía 160, Galileo Galilei 185 e Isaac Newton 190, es difícil imaginar lo que significan 300 puntos o más. Lamentablemente su inteligencia no le otorgaba a William las habilidades necesarias para tener amigos, formar una pareja y fundar su propia familia. Sociabilizar era una tarea ardua para él ya que sus capacidades interpersonales eran casi nulas. “Quiero vivir una vida perfecta. La única manera de lograrlo es a través del aislamiento, de la soledad, Siempre he odiado las multitudes”, sostuvo William.

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La escritora irlandesa Martha Foley, de quien Sidis estaba enamorado. Su padre le prohibió continuar con la relación. Cuando lo encontraron muerto, dos décadas después, Sidis tenía una foto de ella a su lado

Nada de distracciones

Fue durante algunas manifestaciones socialistas que el joven William conoció a la escritora irlandesa Martha Foley. Ella, impactada por este hombre solitario e inteligente, le brindó en poco tiempo lo que en su estricta casa se le había negado: la comprensión de una vida que podía ser distinta y feliz. Se vieron varias veces y William disfrutó de esas semanas con Martha como nunca. Pero cuando le contó a su padre sobre la existencia de ella, Boris le recomendó fervorosamente que no la viera nunca más. Era una distracción a su genialidad.

William no se rebeló y cumplió con el mandato paterno. Pero también, enojado, dejó de visitar a sus padres. No otorgó más entrevistas y no acudió a ninguna nueva manifestación. Simplemente, se encerró en su departamento. Se enclaustró. Tanta presión lo desestabilizaba y lo obligaba a abandonar el mundo. Se dedicó a escribir y muchos de sus libros los firmó con seudónimo.

En 1921 William Sidis se instaló en la ciudad de Nueva York, en un pequeño departamento, donde intentó llevar adelante una vida más o menos normal sin la intervención de sus padres. Pero lo cotidiano le resultaba de lo más complejo. Su lucha intramuros contra su inutilidad para lavar la ropa, cocinar o cualquier otra actividad doméstica, era intensa. Cuando tuvo que escoger trabajos optó por los más básicos y precarios, cero intelectuales. Trabajó de portero y simple oficinista mientras seguía sumando carreras a su currículum. Tenía claro que no deseaba ningún tipo de fama ni que la gente se le arrimara. En eso estaba cuando su padre Boris murió en 1923, con 56 años.

En 1937 la revista The New Yorker publicó un artículo donde lo ridiculizaba por no haber logrado nada asombroso en su vida, Williams la demandó, pero el juez desestimó la causa. Apeló y, en 1940, otro juez se apiadó de él, pero en el fallo dijo no poder garantizarle inmunidad ante la prensa.

William se negó a enrolarse para pelear en la Segunda Guerra Mundial. Comenzó a participar nuevamente de marchas políticas y, otra vez, fue arrestado.

¿El “fracaso” de la inteligencia?

El políglota William llegó a hablar 40 idiomas, entre lenguas y dialectos, con perfección y estudió siete carreras universitarias que no siempre terminó: matemático, médico, antropólogo, historiador, lingüista, abogado y psicólogo. Además de ser activista por la paz y escritor. Su visión sobre la religión y la política solían ser controversiales: abogaba por el amor libre y el control estricto de la natalidad. Tanto estudio fue un refugio que no logró alivianar sus angustias.

Hay quienes sostienen que William fue en realidad un experimento de laboratorio que capitaneó su familia. Dicen que, además de ser extremadamente inteligente, fue entrenado para convertirse en genio. Una de las pruebas es que su madre dejó la práctica de la medicina para poder dedicarse a moldear su mente junto a Boris. William fue puesto bajo sus lupas y monitoreado permanentemente.

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Sidis murió a los 46 años, solo en su departamento de Nueva York, por una embolia cerebral, la misma causa de muerte que Boris, su padre

Su propia hermana Helena Sidis, diez años menor que él, fue quien reveló su IQ como “el más alto jamás obtenido”. Algunos autores como Amy Wallace creen que su coeficiente fue exagerado por la familia. Sarah afirmó, en 1959, en su libro La historia de los Sidis, que William podía aprender un idioma en un solo día. Otra posible exageración.

Su caso alimentó la creencia de que los niños prodigios suelen fracasar como adultos y se convierten en personas mediocres. Según esta hipótesis la educación anticipada y acelerada sería muy perjudicial para ellos. Pero en el año 1977, la psicóloga Kathleen Montour, bautizó a esa teoría como «la falacia de Sidis» y dijo que William no era la regla sino la excepción a la regla. Para ella la educación temprana no era para nada desventajosa para el desarrollo del talento.

El investigador Stephen Bates aseveró, en 2011, que la prensa de su época maltrató a William Sidis. Bates puso el acento en la particular visión del éxito de la sociedad en la que vivía el genio que se basaba en la productividad y la ambición. Bates sostiene que William era una persona inconformista que desafió todos los cánones de la sociedad norteamericana de entonces. Si observamos esta particularidad ya nadie hablaría despectivamente de fracaso.

William Sidis murió a los 46 años, joven para los parámetros actuales, el 17 de julio de 1944. Su casera lo encontró inconsciente, en el piso de su departamento. Se presume que llevaba siete días en ese estado y no se recuperó. Al lado de su cuerpo había una foto de Martha Foley quien para entonces ya hacía casi dos décadas que se había casado y tenido un hijo.

Una embolia cerebral fue lo que terminó por apagar esa máquina maravillosa de sinapsis dentro de su cráneo, tallada con lenguas, cálculos, tristezas y desconciertos. Su padre había muerto de lo mismo.

En esos 1300 gramos que pesa, en promedio, un cerebro humano con sus cien mil millones de neuronas, parece haber quedado encerrado el misterio de la vida de William Sidis. Una masa gris impregnada de un brillo cegador que no pudo experimentar eso que los seres corrientes denominamos “felicidad”. Porque la inteligencia, si no se instala también en el corazón, poco puede hacer por conseguirla.

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