
“Vi cadáveres por todas partes. Mujeres, niños y hombres, algunos con los cuerpos destrozados. Están en el piso y también en las plataformas de las ventanas, como si estuvieran tratando de escapar por allí de la iglesia cuando los mataron. Suman cientos. Fue un genocidio”, describe el testimonio recogido por un cronista de la agencia Reuters la mañana del 29 de julio de 1990 en Monrovia, capital de Liberia.
Al periodista no lo dejaron siquiera acercarse a cien metros de la Iglesia luterana de San Pedro, el escenario de la masacre ocurrida durante la madrugada. La información era confusa en cuanto a quiénes habían sido los atacantes, y el dictador Samuel Doe, atrincherado en su mansión en una ciudad acorralada por las tropas rebeldes, guardaba silencio.
La primera guerra civil liberiana había comenzado meses antes, a fines de 1989, y para mediados de julio las tropas de dos fuerzas rebeldes, lideradas por Prince Johnson y Charles Taylor, estaban a las puertas de la capital.
Era un conflicto desatado por fuertes intereses geopolíticos y económicos que se movían en las sombras, pero que en la superficie – donde se producían las muertes – se describía como un enfrentamiento entre las etnias que habitaban el territorio de Liberia, un país africano creado por los Estados Unidos en tierras compradas a Sierra Leona en el Siglo XIX para devolver a África a muchos esclavos liberados después de la Guerra de Secesión.
Liberia, derivada de la palabra latina “liber”, tenía un nombre que significaba liberada, pero en realidad había nacido como una estrategia del gobierno estadounidense para sacarse de encima a muchos antiguos esclavos, sin reparar en las etnias a las que pertenecían ni con qué otras se iban a encontrar.

El dictador Doe pertenecía a la etnia krahn – que representaba a sólo el 6% de la población -, mientras que los rebeldes contaban mayoritariamente con miembros de las etnias gio y manos en sus filas.
Ante el avance irresistible de los rebeldes sobre la capital, Doe dio una orden terminante a sus tropas en la ciudad: asesinar todos los civiles de las etnias identificadas con los rebeldes. Para fines de julio, Monrovia se había transformado en escenario de brutales masacres callejeras.
Para escapar de una muerte segura, centenares de civiles -familias enteras - buscaron refugio en las iglesias, creyendo que las tropas del dictador no se atreverían a entrar en ellas.
La Iglesia luterana de San Pedro se convirtió rápidamente en un gran campamento de refugiados, con más de un millar personas acampando dentro de ella y en sus terrenos.
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Balazos y machetes
Después de la confusión inicial, los corresponsales en Monrovia de los medios occidentales pudieron recoger testimonios que permitieron reconstruir la masacre de la madrugada del 29 de julio.
Poco antes del amanecer, mientras los refugiados dormían, unos treinta soldados del ejército leal al dictador Samuel Doe saltaron los muros que circundaban la Iglesia. Estaban armados con revólveres, fusiles y machetes.
En segundos se desató un infierno de disparos y machetazos contra centenares de personas indefensas. Al sonido de los tiros se sumó el de los gritos de terror y el de los ruegos de clemencia.
El corresponsal de la agencia Reuters escribió en la crónica que envió ese día: “Los soldados de Samuel Doe irrumpieron en el campamento de la iglesia metodista antes de amanecer, cuando los refugiados dormían. No había teléfono ni radio para pedir auxilio y muchas de las víctimas fueron asesinadas cuando intentaban escapar. El número de víctimas se desconoce. La propia ciudad se encuentra dividida en varias zonas, controladas por los soldados de Doe o por las fuerzas guerrilleras, a su vez divididas entre los preferidos del líder Charles Taylor y su ex lugarteniente Prince Johnson.
Una de las primeras personas que entraron a la iglesia después de que retiraron las tropas, describió así la escena que encontró: “Todo el suelo de la iglesia estaba lleno de sangre y decenas de cuerpos yacían debajo de los bancos donde trataron de esconderse. En el altar se apilaban los cadáveres de niños y muchas mujeres asesinadas llevaban todavía a sus bebés a la espalda. En los marcos de las ventanas se amontonaban más cadáveres de personas ejecutadas cuando trataban de huir”, relató.

El llanto de un bebé
La misionera estadounidense, Bette McCrandall, escuchó el ataque desde una iglesia cercana y, sin pensarlo, corrió hacia el lugar. Después relataría que muchos cuerpos estaban desmembrados a golpes de machete y que su primera impresión fue que nadie había sobrevivido, hasta que escuchó el llano de un bebé.
Empezó a buscarlo desesperadamente, hasta que lo encontró casi aplastado por el cuerpo de su madre, que aún muerta lo envolvía con sus brazos, como si en lugar de protegerse ella del ataque a machetazos hubiese elegido salvar la vida de su hijo de pocos meses.
No fue el único sobreviviente de la masacre. A medida que corrían las horas, entre el amasijo de cuerpos fueron apareciendo otros niños vivos, la mayoría de ellos bebés. Decenas de adultos también pudieron escapar saltando los muros.
Dos de ellos fueron una mujer y su marido, ex miembros del ejército. “Mi marido y yo éramos soldados del Ejército hasta que comenzó la rebelión de Charles Taylor en Nimba, nuestra tierra. Nuestras tropas fueron derrotadas enseguida. Los krahn, etnia del presidente Samuel Doe, echaron la culpa a guios y manos. Dijeron que habíamos ayudado a los rebeldes. Allí Comenzaron las persecuciones. Los soldados que no éramos krahn nos escapamos a esta locura. Primero nos vigilaban, luego nos desarmaron y nos humillaron exhibiendo manos, ojos, narices, orejas, lenguas y testículos que arrancaban como trofeo a guios y manos. Huimos y nos refugiamos en la iglesia, pero allí también vinieron por nosotros”, relató la mujer, que solo quiso identificarse como Linda.
Nunca se dio información oficial sobre el número de muertos en la masacre del 29 de julio en la iglesia metodista, pero la mayoría de las fuentes coinciden en que fueron más de seiscientos.
Treinta años después, los responsables del ataque a la Iglesia luterana de San Pedro continuaban impunes y un grupo de familiares de las víctimas presentó una demanda ante el Tribunal de la Comisión Económica de Estados de África Occidental exigiendo la investigación de los crímenes.
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La muerte del dictador
El dictador Samuel Doe sobrevivió poco más de un año a la masacre que había ordenado. Fue capturado por las tropas rebeldes el 9 de septiembre de 1990, cuando intentaba escapar del país.
Fue torturado hasta morir, y las imágenes de sus sufrimientos fueron grabadas en video y exhibida en los noticieros del todo el país. Allí se podía ver a un Doe moribundo cuando es interrogado desnudo, con grilletes fuertemente apretado para obstruir la pérdida de sangre. Después se ve cómo lo queman con cigarrillos, le cortan las orejas, varios dedos de las manos y el dedo meñique del pie.
Murió al cabo de 12 horas de torturas y su cuerpo fue paseado por las calles de Monrovia para que pudiera verlo la población.

“¡No me molesten con tonterías”
Recién en septiembre de 2021 – 31 años después– una corte estadounidense concluyó que los autores materiales de la masacre de la Iglesia de San Pedro fueron soldados del comando antiterrorista de las Fuerzas Armadas liberianas a las órdenes del coronel Moses Thomas, y calificó el hecho como crimen de guerra y contra la humanidad.
El juez estadounidense Petrese B. Tucker señaló en su fallo que Thomas era “directamente responsable de los actos ilícitos durante la masacre” y que “dirigió intencionalmente un ataque contra un edificio dedicado a la religión y contra civiles y cometió un crimen de lesa humanidad. Supervisó los hechos y solo ordenó que dejaran de disparar cuando entendió que todos los ocupantes de la iglesia habían sido asesinados”.
Thomas se había refugiado en los Estados Unidos en el año 2000 y fue detenido cuando comenzó la investigación judicial, en 2018, pero obtuvo la libertad bajo fianza y en 2020 escapó a Liberia, donde inexplicablemente la justicia no lo procesó.
“Pese a las conclusiones de este juzgado estadounidense, Moses Thomas vive libremente en Liberia porque el gobierno no ha dado los pasos necesarios para que él y otros autores de atrocidades durante la guerra civil sean llevados ante la Justicia y ninguna de las víctimas ha recibido un solo céntimo. Liberia tiene la obligación internacional de investigar y procesar a los responsables”, protestó entonces Ela Matthews, una de las abogadas de los familiares de las víctimas.

Cuando se conoció la sentencia del juzgado estadounidense, el diario liberiano Front Page Africase pudo contactar por teléfono a Thomas para pedirle su opinión sobre el fallo.
“Mire, señor, estoy teniendo un buen sábado. ¡No quiero que me molesten con tonterías! ¡Qué estupidez! Citame de la forma que quieras. ¡Que se vayan al infierno y me besen el culo! (…) ¿Creés que tengo tiempo para jueces corruptos que toman decisiones estúpidas sin ninguna evidencia?”, le respondió y cortó la comunicación.
Al leer esa declaración, uno de aquellos bebés que había sobrevivido a la masacre, envió una carta para que fuera publicada en el diario.
“Como no ha habido justicia, a veces siento que un perro callejero de Monrovia tiene más valor que mi madre y otras víctimas de la masacre de la iglesia luterana”, escribió.
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