
Hacía sólo ocho meses que estaban juntos cuando al novio de Natalia le ofrecieron un puesto laboral en Beijing, China. Ella tenía 35 años por lo que no sólo ya no era una adolescente atrevida en busca de aventuras, sino que tenía una identidad profesional formada. Ya era psicóloga y coach certificada, tenía sus pacientes, su consultorio, su independencia económica.
Lo hablaron, la idea les pareció “espectacular” y decidieron probar. Había mucho por hacer en la previa: trámites, papeles, pasajes, fechas, mudanzas, dinero, despedidas. Natalia, por supuesto, imaginó que iba a extrañar algunas cosas pero no todo el “lado B” que experimentó allá lejos, una vez que terminó la primera etapa de novedad y fascinación, “la luna de miel” de irse a vivir afuera.
No sabía que existía algo llamado “duelo migratorio”, que la adaptación a un nuevo país podía llevar meses e incluso años, y que algunos de los sentimientos que se le habían metido en el cuerpo eran los que muchos expatriados sienten pero, por distintas razones, suelen ocultar.

“Es que cuando se está por ir a vivir a otro país hay una mudanza física: los pasajes, los papeles, la plata. Pero la mudanza emocional no va con la física. Y un día finalmente te vas, aterrizás, llegan tus valijas pero vos y todo lo que te pasa emocionalmente con esa expatriación aterriza después”, explica ella a Infobae.
Natalia Tabak vivió tres años y medio en China y los siguientes tres en Washington, Estados Unidos, y la experiencia de haber conocido los lados A pero también los B atravesó incluso su trabajo. Hoy ya no es sólo coach sino lo que bautizó “expat coach”, es decir, una profesional que se dedica a acompañar el proceso emocional de quienes eligen irse a vivir a otro país.
Paso a paso
No todos los que deciden irse a vivir afuera lo hacen por las mismas razones. Hay quienes se van porque están muy enojados con el país y buscan un cambio de vida o estabilidad económica, quienes se van con una propuesta laboral concreta -a veces de uno, otras de la pareja-, y quienes se van sin nada y “allá ven” porque desean, sobre todo, el cambio, la aventura.

“Como hay muchas formas de irte entonces también hay muchas formas de llegar”, arranca Tabak y habla del “para qué”. Por ejemplo: si te fuiste con la idea de viajar por el mundo, tal vez no te importa qué tipo de trabajo consigas mientras te permita hacerlo. O si dejaste en Argentina un trabajo que te resultaba muy estresante con la idea de llegar al otro país y tomarte un tiempo sabático para descansar, hacer una carrera pendiente o para maternar sin hacer malabares, tal vez aquello de “la identidad profesional” no tiene tanto peso.
“Pero otras veces sí te encontrás haciendo trabajos que no te imaginaste, y esa es una de las partes del duelo migratorio: la pérdida del estatus, de la identidad profesional”, cuenta. Una patada a la autoestima, de lo que ve con más frecuencia en quienes la consultan: “Es que yo allá era alguien”, le dicen.
Lo que cuenta lo entrelaza con su experiencia personal. “Yo me miraba y no me reconocía. Hablo de mirarme al espejo y decir ‘¿y dónde está Natalia? Porque Natalia era Natalia con su carrera, con sus amigos, con sus rutinas, con sus pacientes, con su plata, con su individualidad”.

Natalia se había ido contenta pero por una oferta laboral que no era de ella sino de su pareja: “A mí me pareció espectacular pero cuando llegamos él arrancó su nueva rutina laboral y yo me encontré sin trabajo, sin rutina, sin amigos, sin familia, sin nada que hacer en todo el día: había perdido mi identidad”.
La enorme diferencia cultural a 20.000 kilómetros de distancia era fascinante y un choque al mismo tiempo, por lo que al comienzo ni siquiera se animaba a usar el tiempo libre para salir a recorrer sola. “Ese es otro de los duelos: la lengua. En China casi no hablan inglés, había muy poca conexión a Internet y había que comunicarse por una red privada llamada VPN”.
Su pareja tenía otros desafíos que tampoco eran para minimizar -“nuevos jefes, nuevas tareas, ¿era el trabajo lo que había imaginado?”-. Entonces había un proceso compartido: la adaptación y el duelo migratorio, “es decir, lo que implica dejar todo lo que dejaste en tu país: tu lengua, el día a día con tus seres queridos, tu casa”.
Pero había algo que sólo le pasaba a ella.

“¿Y ahora qué hago de mi vida?”, cuenta que se preguntó. Algo que le suele ocurrir, por ejemplo, a abogados o médicos que se van con la idea de seguir ejerciendo y, cuando llegan, no logran revalidar sus títulos o los papeles demoran más de lo que habían pensado.
En China no le daban visa de trabajo y era 2017, por lo cual no era común hacer terapia online. “Además tenía 12 horas de diferencia horaria, los pocos pacientes que había conservado se fueron bajando. No sólo me encontré con que había perdido mi identidad profesional sino que empecé a sentirme muy sola, y la soledad es muy dura en el exterior”.
No es lo mismo sentirte sola en tu casa, con tu familia o tus amigos a un auto de distancia, que sentirte sola en otro país, en otro continente. “A mí me tocó perder un embarazo en el exterior”, ejemplifica, y se entiende.
“Con esa diferencia horaria, además, hasta era difícil llamar a alguien”. Es que su tristeza de las tres de la tarde caía a las 3 de la mañana de Buenos Aires. Además, algo que suele pasar: “Muchas veces no queremos contarle a los que quedaron cómo nos sentimos por vergüenza, por no preocuparlos, o por culpa”.
Ni tan sola ni tan rara

Habían pasado meses de su llegada a China y el resto suponía que la adaptación ya estaba hecha pero Natalia seguía sintiendo todo ese malestar.
“Yo pensaba: me siento triste, me siento sola, pero si yo elegí venir, ¿es normal esto? Y ahí aparece la culpa con la que suele cargar el que se va: qué decís y qué no decís. Muchas pacientes dicen que cuando lo cuentan a veces les vuelve un ‘bueno, ahora bancátela, vos quisiste irte’, o ‘ay, pero estás frente a la playa, ¿de qué te quejás? Mirá cómo estamos acá’. Lo que pasa es que tal vez sí estás frente a la playa y estás bien de plata, pero la estás pasando pésimo”.
O estás teniendo una crisis de pareja precisamente porque uno tiene todos estos sentimientos atorados y el otro, ocupadísimo, no.

La culpa, de hecho, es un sentimiento frecuente en los expatriados: culpa por irse cuando los padres ya son mayores y necesitan cuidados, culpa si no vivieron con ellos sus últimos años, culpa por estar mejor económicamente que los que se quedan, por no estar en eventos tristes -acompañar a un amigo en la muerte de un familiar o en una separación-, o en eventos felices -el nacimiento de un sobrino, el hijo de una amiga, el casamiento de alguien amado-.
Alguien podría creer que el problema es el país que elegiste. Que si te vas a Rusia es comprensible que te cueste más pero que si te vas a España, no.
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“Ese es otro factor que hace que muchas personas no cuenten lo que sienten. ‘Pero te fuiste a Madrid, ¿de qué te quejás, si hasta hablan el mismo idioma? Cuando nosotros nos fuimos a Estados Unidos me decían ‘pudiste con China, podés con todo’, y la verdad es que yo no era la misma. Yo fui a China de novia y llegué a Estados Unidos en pandemia con una hija chiquita con la que me tenía que quedar todo el día en casa sola”.
Hubo cosas del embarazo que no contó “para no preocupar” y aunque su familia viajó para estar con ella, hubo un momento en el que volvió a ser una mamá primeriza lejos y en pleno puerperio. Suele pasar que los expatriados se hacen amigos que terminan siendo “familia”, pero lleva su tiempo. También, dicen muchos, “igual sos un extranjero eternamente”.
“Vos podés ver un recorte de Instagram donde todo parece perfecto pero la adaptación lleva de seis meses a dos años. Yo siempre digo: mínimo una vuelta al Sol para vivir cada estación, para entender qué sentís en invierno, cuando a las 5 de la tarde se hace de noche y hace un frío que nunca habías imaginado”.

Hay también quienes van, prueban, sienten que no encajan y sufren porque asumen que fracasaron.
“El problema de ocultar estos sentimientos es que te vas cargando y el cuerpo habla, y en muchos casos se desarrollan síntomas, como ataques de pánico, depresión, pérdida de cabello incluso de la menstruación”.
La balanza
Natalia y su marido acaban de volver a Buenos Aires, su hija tiene 4 años y hay algo que tiene claro.
“Aún con todos los lados B emigrar fue la mejor experiencia de mi vida. Fue cuando más me conocí, cuando más crecí, donde me hice más fuerte y más independiente de lo que imaginé que era, donde tuve que entender que no podía seguir haciendo todo tal cual lo hacía la Natalia de antes, que tenía que construir una nueva versión de mí”, sonríe.

La idea, entonces, no es asustar ni persuadir a alguien de que no pruebe la experiencia, sino mostrar que en el lado A está la idealización pero sólo viviendo el B sin descuidar el proceso emocional real que acarrea la expatriación se puede entender la foto completa.
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