
El tema nunca había sido de esos “secretos inconfesables” de los que hablaban las novelas de los 90, al contrario. Eugenia había crecido sabiendo que era adoptada, “hija del corazón”, como se decía en la época. Sabía que una adolescente llamada Blanca había decidido “darla” cuando era una bebita de un mes pero como se había criado con una familia amorosa nunca había sentido la necesidad de saber más que eso.
“Hasta que sucedió lo de la enfermedad”, frena ella, mientras conversa con Infobae.
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María Eugenia ya tenía 37 años cuando le diagnosticaron fiebre reumática, una enfermedad inflamatoria que puede afectar gravemente al corazón, a las articulaciones, a la piel y al cerebro. Ya era mamá de tres hijos y fue ese diagnóstico lo que desplegó en su cabeza una lista de preguntas.

“¿Y esto lo habré heredado? ¿hay chances de que también puedan tenerla mis hijos? ¿Y si tengo antecedentes de otras enfermedades, como cáncer, problemas cardíacos, diabetes, y no lo sé?”.
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Las preguntas sobre la salud estaban en la primera línea de fuego, aunque detrás se escondía un pelotón mucho más complejo. “Necesito saber qué pasó afuera mientras yo estaba adentro de la panza”, se dijo Eugenia entonces. “Necesito cerrar el principio de mi historia”.
Reconocerse
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María Eugenia Romero -42 años, empleada administrativa en un centro de salud- mira a un punto fijo en la pared y se recuerda adolescente. Vivía en Pilar, en la provincia de Buenos Aires, era hija única.

“Como mis compañeras de colegio tenían rasgos de sus padres, yo caminaba por la calle mirando a la gente, cara por cara, tratando de encontrar a alguien parecido a mí. Todo eso me daba vueltas en la cabeza pero lo afrontaba sola porque no quería disgustar a mis viejos. No quería que pensaran que iba a buscar a mi mamá biológica y después iba a abandonarlos”.
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El tema quedó entonces en pausa, juntando silencio durante las tres décadas que siguieron. Eugenia había nacido en 1980 y fue recién en 2018 que la enfermedad arrimó las preguntas a la orilla y se replegó.
Sin tener la menor idea de por dónde empezar, Eugenia reparó en su fecha de nacimiento y mandó un mail a la CONADI (Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad). Podría haber sido esa la primera de mil baldosas flojas pero no fue eso lo que pasó.
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“Unos meses después me llamaron”, cuenta ella, y recupera la emoción. “Querían avisarme que habían encontrado mi legajo completo, ahí estaba mi expediente de adopción legal. Habían encontrado información de mi familia biológica”.
María Eugenia fue a buscarlo personalmente, enfocada en que quería encontrar a su mamá biológica, si es que aún estaba viva, no para pedirle explicaciones sino “para decirle gracias”.
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Gracias? ¿gracias por qué?
“Gracias por no haberme abandonado por ahí, por no haberme obligado a vivir en la miseria, porque haberme dado en adopción me permitió tener una familia que me dio todo”, explica.
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“Yo soy mamá, me imagino lo difícil que debe haber sido arrancarse de sí misma a una hija, sacarme de su vida. Yo te juro que no sé… no podría, pero a veces las circunstancias son difíciles”.
Como la adopción había sido legal, cuando Eugenia se sentó frente a las tres partes del expediente encontró más de lo que había imaginado. Estaban los datos de su mamá biológica, de su papá biológico y los de una abuela paterna.
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“Pero además estaba contada la historia, ahí decía qué había pasado. Mi papá biológico, Eladio, tenía 19 años; 16 tenía ella. Ya tenían una hija de un año y un mes cuando yo nací. Decía que se habían separado y mi mamá vivía de changas, y que ella se había enterado de que estaba de nuevo embarazada ya separada, cuando estaba de cuatro meses”.

María Eugenia nació el 14 de noviembre del 80. “Mi mamá biológica era adolescente y estaba sola, tenía una beba de un año que alimentar y sostener, y decidió darme en adopción cuando yo tenía un mes”.
La mamá adoptiva de Eugenia, de hecho, le contó hace poco que cuando la recibió estaba deshidratada. “Eras piel y hueso”, fueron las palabras.
“Recién ahí, con todos esos papeles entre las manos, me enteré de que tenía una hermana”, suspira. Una hermana mayor del mismo padre y de la misma madre con la que se llevaba un año de diferencia. La hermana también había sido dada en adopción.
Eugenia volvió a su casa atravesada por las noticias. Las respuestas a todas esas dudas que había amasado durante años -“¿habrá alguien en el mundo que se parezca a mí?”- resonaban cada vez más cerca. Sus padres biológicos estaban vivos.

Era noviembre de 2019: tenía nombres, documentos y direcciones, podía empezar a buscarlos. Pero llegó diciembre y no había encontrado nada. En enero empezó la feria judicial y en marzo, cuando las cosas empezaban a desperezarse, comenzó la pandemia.
Encerrada con la bomba en la mano, Eugenia se metió en un grupo de Facebook llamado “Estoy buscándote”, y contó lo que tenía.
“El centro de la historia ya no era mi mamá biológica, porque la verdad es que mi mamá es mi mamá, la que me crio. Yo ahora sabía que tenía una hermana, ¿quién era? ¿dónde estaba? ¿por qué nos habían separado?”, cuenta.
“Y un día estaba sola en mi casa, plena pandemia, cuando me escribió Leo Guzmán, el administrador de ese grupo, una persona a la que le voy a estar agradecida el resto de mi vida. Con los datos que yo le había pasado se había puesto a buscar”.
El mensaje de Leo decía: “¿Querés que te presente a tus papás?”.
Después le mandó todo lo que figuraba en los registros de ANSES: nombres, documentos, una foto de cada uno.
“Llamé a mi novio, llorando. Llamé a mi ex, el papá de mis hijos, le digo ‘Gastón, ¡encontramos a mi papá y a mi mamá!’. Todos terminamos llorando, imaginate, encontrarlos después de tantos años”.
Acá estoy
Le temblaban las manos a Eugenia cuando tipeó en Facebook el nombre de su mamá biológica. La encontró enseguida: ahí estaba, sonriente, la misma mujer de la foto de ANSES que había visto. Sin embargo, no se animó a escribirle.
“No sabía qué decirle. Pero me quedé mirando su perfil y vi que tenía muchos contactos de apellido Acuña”. No sólo eso: una chica con ese apellido le había escrito en un comentario “mamita linda”.

Era Blanca sí, y la chica de apellido Acuña era una de las hijas que la mujer había tenido después de haber dado a las dos primeras hijas en adopción. No era la hermana de madre y padre que buscaba Eugenia, era otra: una media hermana.
¿Sabían esos hijos que su mamá había tenido dos bebas, una a los 14 años, otra a los 16, cuando ella misma era poco más que una nena? ¿Sabían que las había dado en adopción?
“Yo no tenía idea qué podían saber y qué era un secreto”, sigue Eugenia. Pero no estaba dispuesta a seguir perdiendo tiempo.
Hizo click en el perfil de una -Maru Acuña-, y le escribió. “Le puse ‘mirá, no te conozco, no me conocés, pero quiero contarte algo y quisiera que abras bien tu mente, que no juzgues a nadie. Te voy a mandar un par de fotos, mi nombre es María Eugenia, creo que tu mamá es también mi mamá'”.
Maru Acuña vio el mensaje pero pasó una semana y Eugenia no recibió respuesta. Pasó la segunda semana, tampoco. Hasta que respondió: efectivamente, nadie de la otra familia sabía nada.

“Cuando me respondió ya había hablado con Blanca, nuestra madre biológica. Le había costado tener la conversación porque Blanca había tenido un ACV y tenía miedo de que le hiciera mal. Pero sí, le había confirmado que era todo verdad”.
Blanca Medina, que ahora era enfermera, le había dicho algo más: “Nunca tuve el valor de buscarla por miedo a que me rechazara”.
Pero Eugenia no sólo no arrastraba rencores sino que quería decirle “gracias”. Se lo dijo en diciembre de 2021, cuando la tuvo frente a frente por primera vez. “Gracias, no sé si lo sabías pero me diste una buena vida”, fueron sus palabras.
Dice que la mujer la miró en silencio y sonrió, que el alivio se le notó en la mirada.

Después Eugenia contactó por las redes a Eladio, su papá biológico. El hombre quedó entumecido cuando recibió el mensaje. Por supuesto sabía de la existencia de la primera hija que había tenido con Blanca, pero no qué había pasado tras el segundo embarazo, después de la separación.
A esa altura y con las cartas sobre la mesa, Eugenia sólo quería encontrar a su hermana. “Corté con mi papá biológico y me mandó un mensaje con una foto de un papel. Había guardado el certificado de nacimiento de mi hermana. Le habían puesto Sandra Beatriz Merlo, estaba su número de documento”.
Eugenia se desarmó. Leo, el mismo hombre del grupo de Facebook que la había ayudado a encontrar a sus padres biológicos, anotó el número de DNI y se puso a buscar. No necesitó demasiado tiempo y enseguida le mandó un nuevo mensaje: “Eugenia, te presento a tu hermana”.
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Las posibilidades de que los padres adoptivos le hubieran conservado el nombre no eran muchas. “Pero lo habían hecho”, subraya Eugenia, “si la habían recibido cuando ya era una bebita de un año”, esa era una forma de respetar su identidad.
Sandra Beatriz tenía otro apellido pero seguía siendo Sandra Beatriz.
“Fue como verme a mí misma -se estremece Eugenia, y afuera la tormenta le pone el clima a la escena-. Parecíamos mellizas”. Eugenia se quedó mirándola y se recordó adolescente, buscando en las caras de desconocidos a alguien que se pareciera a ella.
Otra vez, sin embargo, quedó frente a la pantalla sin saber cómo seguir. ¿Y si Sandra no sabía que era adoptada? ¿Y si estaba enterada pero no quería saber nada con esa parte de su historia?
Pero Eugenia ya no tenía nada que perder. “Le escribí y le conté todo lo que había averiguado. Para ella fue terrible: tenía 41 años y no sabía absolutamente nada, ni siquiera que era adoptada”.

Unos días después hicieron una primera videollamada.
“Fue muy impresionante vernos tan parecidas, no te imaginás el llanto....”, sigue Eugenia. Habían empezado a cruzarse preguntas nuevas, sentimientos nuevos.
“Ella me decía ‘no puedo entender por qué nos separaron’. A ella la habían dado en adopción después de haberme dado a mí. Nos podrían haber dado a la misma familia y no quitarnos el amor de hermanas”.
Eugenia tiene ese mismo puñal atravesado: “Es que yo pienso en cómo crie a mis tres hijos: todos para uno y uno para todos, como quien dice. Y pienso en todo lo que perdimos con mi hermana en estos 40 años y me da mucha tristeza. No es odio, es tristeza. El colegio juntas, nuestros cumpleaños de 15, compartir nuestras amigas, los nacimientos de nuestros hijos...”.
En agosto van a cumplirse dos años de la primera vez que hablaron y el amor se ve que se había acumulado. Se hablan todos los días, se llaman para verse los gestos, se cuentan, se buscan, se necesitan.

“A veces pongo fotos mías en Facebook y pregunto ‘¿quién es?’ Alguno me contesta ‘vos, boluda’. Y no soy yo, es ella”, se ríe Eugenia. “Es inexplicable el sentimiento, no tuvimos vida de hermanas pero tenemos todo ese amor de hermanas”.
Eugenia se emociona cuando habla de Sandra, se despierta, sonríe. Hay una sola razón por la que aún no pudieron abrazarse. Sandra vive en Corrientes, a 880 kilómetros de Pilar, donde vive Eugenia con sus hijos. Sólo ir y volver en micro cuesta unos 25.000 pesos. La economía no está fácil, todavía sigue ahorrando para juntarlos.
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