
El 15 de marzo de 1972 se estrenó El Padrino en los Estados Unidos. Una película sobre mafiosos donde la palabra “mafia” jamás se pronuncia. Con Marlon Brando en su rol más recordado como el pétreo Vito Corleone. Basada en un libro imbatible escrito por Mario Puzo a sus 46 años. Y bajo la dirección de Francis Ford Coppola en su cenit creativo. Ese combo debería ser suficiente para que el film sea considerado un clásico. Pero hay más: una escena que es un prodigio del mejor cine de suspenso, se convirtió en una de las más famosas de la historia del celuloide y tiene su origen en una historia que hace honor a la película.
El crooner
En El Padrino el cantante Johnny Fontane es el ahijado de Don Corleone. Luego de cantar en la boda de Connie Corleone (episodio inspirado en la actuación de Tony Bennett en el casamiento de una hija de un capomafia), Fontane, el crooner vencido, le cuenta su dilema al Padrino: necesita el papel en una película para hacer resurgir su carrera pero el poderoso productor Jack Woltz se lo niega. El personaje interpretado por Brando, al verlo lagrimear, lo cachetea y le exige que se comporte como un hombre. Pero se pone en marcha para procurarle el trabajo a su ahijado.

Luego vemos a Tom Hagen (Robert Duvall), asesor legal de Don Corleone e hijo adoptivo, en la caballeriza de Jack Woltz. Charlan amablemente, entre risas. Woltz le muestra a Khartoum, su gran orgullo: un pura sangre espléndido al que acaricia con devoción. “Seiscientos mil dólares en cuatro patas” le dice Woltz a Hagen para resumir el valor del caballo.
Después, ambos cenan en la fastuosa mansión de Woltz, momento en el cual Hagen le pide por Johnny Fontane en nombre de Vito Corleone. Woltz se niega a darle el papel, se levanta de la mesa y comienza a gritar desaforadamente.
Exaltado, afirma que Fontane le arruinó a una actriz que era su mejor prospecto, en la que había invertido miles de dólares y a la que iba a convertir en una estrella. Pero desde que había salido con el cantante todo se derrumbó. Al término de la exaltada diatriba, Hagen, con su característica cara de póker, se limpia la boca con la servilleta, agradece la cena y pide un auto para ir al aeropuerto: “A Don Corleone le gusta enterarse de las cosas rápidamente”, dice.
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La escena
Y entonces, el suspenso se apodera de El Padrino. La cámara muestra un plano general del exterior de la mansión de Woltz. Un corte nos introduce en la habitación del productor de cine Jack Woltz. Ya amaneció. Él duerme en su cama. Mientras la cámara se acerca vemos el lujo que lo rodea. Obras de arte, tapices, esculturas, muebles de época, el respaldo de la cama bañado en oro. Hasta un Oscar reposa en la mesa de luz. Woltz yace de costado, dando la espalda. Despierta de a poco. Se mueve con lentitud. Mientras gira una pequeña mancha en las sábanas de seda nos alerta. Un rastro de sangre, difuso y tenue. Un dato que por ahora sólo conocemos nosotros, los espectadores. La música de Nino Rota con el famoso leit motiv de la película se va transformando en una pesadilla atonal mientras Woltz se despierta y el plano recorre su cuerpo. Se destapa y vemos su mano ensangrentada. Todo sucede rápidamente pero con gran precisión. El suspenso de la escena y esa cámara que desciende mostrando cada vez más sangre recuerda a Hitchcock. El pijama satinado se tiñó de rojo, a los pies del productor un charco de sangre resbala por las sábanas.
Un plano de una película de terror. No se entiende qué sucede. Ni el espectador ni el productor recién despierto comprenden de dónde proviene toda esa sangre. Mientras Woltz se va destapando, el paisaje es cada vez más sangriento. Hasta que un último movimiento devela el origen del horror. A los pies de la cama yace la cabeza de Khartoum, el caballo del productor. Al descubrirlo, Woltz comienza a dar alaridos desesperados. La cámara vuelve al inicio de la secuencia, al plano general del exterior de la mansión mientras de fondo se siguen escuchando los gritos lacerantes de Woltz.

La historia de Johnny Fontane es una subtrama en la película. Una subtrama muy menor, pero este episodio del caballo sirve para mostrar de manera contundente el poder, la impunidad y la ausencia de límites del Padrino. El despertar ensangrentado de Woltz con la cabeza del caballo a sus pies, debajo de las sábanas, sin brindar mayores explicaciones – como una especie de Deus ex machina – nos muestra de todo lo que Corleone es capaz . Y, naturalmente, también Tom Hagen, que fue quien le contó la situación, descubrió el punto débil del productor y quién -suponemos- puso en marcha el operativo. ¿Cómo violaron la seguridad de la fortaleza de Woltz? ¿Cómo mataron al caballo? ¿Cómo pusieron la cabeza dentro de la cama sin despertarlo? ¿ Lo drogaron para conseguir su objetivo? ¿O fueron tan sigilosos como para que Woltz siguiera durmiendo? Poco importan esas respuestas. Lo que interesa es que conocemos el poder de acción y la saña de la que es capaz el Padrino para conseguir sus objetivos, aún uno menor como éste. Sabemos también que Fontane, finalmente, consiguió el papel.
El departamento de arte había mandado a hacer una cabeza de caballo de utilería. Coppola la desechó apenas la vio. No era lo suficientemente convincente. A alguien se le ocurrió que podían ir a buscar una de un animal faenado en una fábrica de alimento para perros. El casting, una de las virtudes innegables de El Padrino: hasta la cabeza de Khartoum degollado está bien elegida.
El equipo, entre toma y toma, corría a levantar la cabeza de las sábanas y la ponían entre hielos para que no se descompusiera y se mantuviera sin cambios mientras las horas pasaban.

El origen
Aunque hoy parezca extraño, a principios de la década del cincuenta la carrera de Frank Sinatra se desmoronaba. El ídolo juvenil había perdido encanto y la voz. Ya no lo seguían miles de chicas pegando alaridos.
Una hemorragia en las cuerdas vocales oscurecía su voz; ya no tenía esa aterciopelada perfección y cada canción era un camino sinuoso. Su atribulado matrimonio con Ava Gadner y sus escándalos públicos tampoco contribuían a su imagen.
Hasta que de pronto le dieron un guión cinematográfico para leer. Era la adaptación de una de las novelas del momento: De aquí a la eternidad, de James Jones. Sinatra se enamoró súbitamente del papel de Angelo Maggio. Ni siquiera era un protagónico pero supo de inmediato que ese rol podía hacer renacer su carrera.

Sin embargo, el productor de la película no pensaba lo mismo. Harry Cohn era un hombre muy poderoso en Hollywood y esa película era su principal proyecto del año. Aspiraba, cómo suele pasar pocas veces en el cine, a obtener simultáneamente éxito en la taquilla y el prestigio de la buena crítica.
Burt Lancaster, Montgomery Clift y Deborah Kerr serían los actores principales. Para el papel de Maggio, el productor quería al prestigioso Eli Wallach. Pero finalmente Sinatra obtuvo su deseo. Una de las versiones acerca de las motivaciones que llevaron a Cohn a darle el rol indica que se debe a una conversación entre mujeres: Ava Gardner apeló al buen corazón de Joan Cohn, la esposa de Harry, para que Frank fuera admitido.
Pero la versión que tiene más fuerza, y que recorrió los estudios de la época, sugería que Cohn accedió a tener a Sinatra en su película luego de una convincente charla que mantuvo con él un jefe mafioso.
Imaginario o no, ese encuentro inspiró la icónica escena.
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El encuentro
Antes de convertirse en la trilogía fílmica de Francis Ford Coppola, El Padrino fue una novela muy exitosa de Mario Puzo. Su primera edición fue publicada en 1969. Durante más de un año se mantuvo al tope de la lista de best sellers. Puzo le había dado mayor protagonismo en su novela a Johnny Fontane. Su historia estaba más desarrollada. Los lectores no tuvieron dudas de que ese personaje, ese cantante exitoso que sufre una caída estrepitosa y que resurge con una película que le proporciona un Oscar, está inspirado en Frank Sinatra. Lo mismo pensó Sinatra.
En 1971, Mario Puzo se mudó a Hollywood para trabajar en la adaptación cinematográfica de su best seller. Una de esas noches, un millonario lo invitó a cenar al restaurante más exclusivo de Hollywood, Chasen’s. En medio de la comida descubrieron a Sinatra en una de las mesas.
El millonario se apresuró a levantarse a saludarlo y cometió el error de su vida. Le presentó al escritor. “Este es Mario Puzo”, dijo. Sinatra no levantó la cara de su plato. y le dijo que no estaba interesado en saludarlo.
El millonario empezó a disculparse pero la calma de Sinatra duró poco. Sin mirar a Puzo, le preguntó si los editores lo habían obligado a incorporar el personaje del crooner en la novela. Pero no esperó respuesta. Se levantó y a los gritos comenzó a increpar a Puzo. La escena duró un rato largo hasta que Puzo, avergonzado, se retiró del lugar. Mientras el escritor salía (se escapaba), Sinatra, para que la humillación fuera mayor, le gritaba: “Lo único que falta ¿te vas a desmayar también?”.

La relación de Frank Sinatra con la mafia parece, a esta altura, innegable. Tras su éxito inicial, el cantante quiso dejar la orquesta de Tommy Dorsey. Un mafioso, Willie Moretti, le ofreció al director de la orquesta USD 10 mil para conseguir romper el contrato. Dorsey se negó.
Al poco tiempo, él mismo firmó la rescisión por sólo un simbólico dólar. La leyenda asume que mientras Dorsey tenía la lapicera entre sus dedos, el arma de Moretti estaba apoyada en su sien. Aunque la escena de la cabeza del caballo parece ser pura invención de Puzo, el resto tiene un fuerte basamento en la realidad.
Ya fue dicho que Fontane tiene poca participación en la película. Su personaje se desdibujó en la adaptación de la novela al cine. Eso pudo haber sucedido porque su historia no tenía demasiada relevancia. O por algún cruce casual en las calles de Los Ángeles.
Coppola, en los extras de la edición especial del DVD, da una pista sobre los motivos. “Una tarde me crucé con Frank Sinatra en un bar exclusivo de Hollywood. Puso sus brazos en mis hombros, acercó su cara a la mía y con una sonrisa y con voz firme me pidió que el personaje no tuviera demasiado protagonismo en la película”. Y, se sabe, eran épocas en que era complicado no cumplir los deseos de La Voz.
Una versión de esta nota se publicó en abril de 2019
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