
Fue, más que una mujer, un grito. Un aullido. Vivió apenas 27 años: gloriosa reina del trágico Club de los 27, aquellos que partieron por suicidio, accidente, alcohol, drogas, desesperación, a la misma edad. Las fugaces vidas de Robert Johnson, Brian Jones, Jimmi Hendrix, Jim Morrison, Kurt Cobain, Amy Winehouse, y ¡ella!: Janis Joplin.
Nacimiento en lugar erróneo: Port Arthur, Texas. Un árido y mercantil centro industrial sin más música que el trueno de los grandes motores de las refinerías de petróleo. En una de ellas trabajaba Seth Joplin, su padre, mientras su mujer, Dorothy, que había cantado años atrás, se empeñó en que Janis Lyn, una de sus tres hijos, fuera maestra de esa escuela.
La más tarde Pearl, la Bruja Cósmica, la Dama Blanca del Blues, no se negó al primer paso establishment: la Universidad de Texas, en Austin. Ni tampoco al segundo: asistencia perfecta a la Iglesia de Cristo, cita de domingo, todos pulcros y bien vestidos "para mayor gloria del Señor".
Pero algo la quemaba por dentro. Algo que, según su madre, era “maligno, y la hace infeliz, insatisfecha, y la acerca a un grupo de indeseables, de marginados”. En realidad, si lo eran, fueron decisivos para Janis: le hicieron oir discos de grandes artistas de blues afroamericanos. Entre ellos, la gran Bessie Smith.
Pronto saltó a un coro uniendo su voz desgarrada a dos diosas negras: Billie Holiday y Big Mama Thornton. Pólvora pura, luz cegadora. No esperó mucho Janis para la gran aventura. Se largó de su casa a los 16 años, casi con lo puesto, rumbo a los bares de mala muerte pero explosiva vida de Luisiana, humosos reinos de sexo, blues y jazz: el Destino Manifiesto.
Su metro 65, sus 55 kilos, su pelo desgreñado, poco decían. Apenas si se notaban en la niebla del tabaco. Pero alguien la descubrió en ese río revuelto, la llamó al escenario, ella lo iluminó con su poderoso instrumento: su voz de mezzosoprano, que no tardaría en caminar hacia la leyenda.
Sin embargo, los rastreadores de tesoros biográficos encontraron un fósil. El periódico universitario The Daily Texan, en su edición del 27 de julio de 1962 –intromisión del fatídico número 27–, escribió: “Ella se atreve a ser diferente. Ella va descalza cuando se siente como ella misma, lleva Levi’s a clase porque son más cómodos, y lleva su autoharp (instrumento de la familia de la cítara) con ella dondequiera que va porque, en caso de que tuviera el impulso de romper a cantar, le será muy útil. Se llama Janis Joplin”.
Pero ya en aquella época, en la transición universidad-aventura, y acaso siguiendo el consejo de Eurípides de Salamina (“Donde hay vino hay amor”), logró rápida fama insaciable bebedora. No de vino, pero sí de whisky y bourbon.
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En 1963 decidió vivir en una ciudad más libre: San Francisco. Y grabó un disco casero con Jorma Kaukonen, que luego sería guitarrista de la banda Jefferson Airplane, en la que Margareta Kaukonen hacía percusión… con una máquina de escribir.
Los mejores días, los peores días. Porque en el mismo aeropuerto de la libertad musical y al alcohol… aterrizó la droga, y Janis fue su socia más precoz. Con los inevitables escalones: peldaño uno, marihuana; peldaño dos, cocaína, y peldaño tres, heroína.
Tiempo de abandono. Vida marginal. Sus 55 kilos se eclipsaron hasta los 35. Fuga de un amor: Peter LeBlanc, reemplazado por el productor Chet Helms. Y el cuatro de julio de 1966, Día de la Independencia de los Estados Unidos, entró en la banda Big Brother and the Holding Company: combinación de astros bien alineados.
Después cantó e hizo vibrar a la guitarra o la cítara en cuanto grupo psicodélico pudo: The Grateful Dead, Quicksilver Messenger Service, etcétera, en los famosos salones de baile Avalon Ballroom, Filmore East (y su versión West), y se lanzó a festivales al aire libre en el Golden Gate Park y en Haight-Ashbury, hasta que en 1967, a sus 22 años, irrumpió en el Festival de Monterey con pesos pesados: Jimi Hendrix, The Mamas and The Papas, Otis Redding, The Who. Y allí, el segundo día y con los Big Brother, cantó Combination Of The Two, y luego el emblemático blues Ball And Chain.
Primavera de 1968. Nueva York. Graba su primer disco: Cheap Thrills…, que a los tres días le pone un disco de oro en las manos. ¡Un millón de copias! Su voz única, inimitable, irrepetible, feroz, cavernaria, colecciona elogios. Algunos, conflictivos: “Demasiado buena para cantante de grupo. Como solista la espera todo el oro del mundo”.
Pero también tragos amargos. Su segundo disco, I Got Dem Ol’ Kozmic Blues Again Mama! –mezcla de rock, soul y blues–, fracasa en críticas y ventas, y la revista Rolling Stone la llama, despectivamente, “La Judy Garland del rock”.
Pero se aleja, y le va mejor en Frankfurt, Estocolmo, París, Londres. Y en Londres, “el mejor concierto que di en mi vida. ¡El público se volvió loco!”. La prensa zumba a su alrededor, se entrega a las entrevistas (contra todo pronóstico) con alma y vida. Catarsis de todo lo sombrío. De niñez solitaria, del detestable Port Arthur texano que la vio nacer el 19 de enero de 1943, del olor y el ruido de las destilerías, y de esa especie de “fuera de centro” de los adictos.
Caballito de batalla ante los grabadores: “En el escenario hago el amor con veinticinco mil personas, y después vuelvo a mi casa y a mi cama, sola”.

Agosto 16 de 1969. Festival de Woodstock: el santo grial de la contracultura. La adoran. Pero hacia diciembre es esclava full time de la cocaína, la heroína, las anfetaminas, las pastillas de colores para dormir, para despertarse, para tenerse en pie.
Bisexual, aunque con más mujeres que hombres, no logra una pareja que se sostenga más de una semana. Deja o la dejan. No es fácil vivir con ella.
Agotada, da su último concierto en el mítico Madison Square Garden, Nueva York, en las noches del 19 y el 20 de diciembre de 1969. Dos meses después, con una amiga, se hunde en el carnaval de Río de Janeiro “para desintoxicarme”. Tratándose de ese lugar y esa desaforada fiesta, la decisión suena absurda.
Tanto, que conoce allí a un vagabundo, David Niehouse, se enamora, y ambulan meses por la selva como andrajosos beatniks rurales. Se ciernen las nubes del final.
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Fiesta de los Hell’s Angels de San Francisco. El sábado 4 de octubre de 1970, para celebrar un buen día de trabajo en el estudio, se va de infinitas copas con sus compañeros, se emborracha hasta más allá de lo imaginable, y pasada la medianoche se tira en su cama del Landmark Motor Hotel.
El domingo no aparece por el estudio. John Cooke, manager de la banda Full Tilt Boogie, va a buscarla. Está muerta, tirada en el suelo, junto a la cama. Hora de la muerte según la autopsia: 1:40, pasada la medianoche. Causa: sobredosis de heroína. Dejó inconclusa una canción: Buried Alive in the Blues, más tarde incluida en el tema Pearl: honor póstumo.
Su cuerpo fue hecho cenizas en la funeraria Pierce Brothers Westwood Village, Los Ángeles, y arrojadas desde un avión en el Pacífico, sin más testigos que sus padres.
Pero faltaba el último capítulo. En su testamento, Janis dejó 2.500 dólares para que sus amigos los gastaran en una fiesta de despedida. Fue el 26 de octubre del mismo año en el Lion’s Share, San Anselmo, California. Hubo alcohol, y brownies con hachís entre los invitados.

Su nombre en el Salón de la Fama del Rock (1995) y el Grammy a la carrera artística (2005) hacen justicia, pero poco explican. Son, se diría, cuestiones administrativas.
Es más justo recordar su drama, explicado en una carta a su antiguo novio Peter LeBlanc: “En mis intentos de encontrar un patrón para mi vida, empecé a beber con mucho vigor cada vez, y acabé muy jodida. Todo lo que hice fue ser salvaje, beber constantemente, cogerme gente, cantar… Jesús fuckin’ Cristo, tengo muchísimas ganas de ser feliz”.
No lo fue.
Pero sí lo son todos los que todavía tiemblan ante esa voz brutal, desesperada y maravillosa que la sobrevive. Por siempre.
(Este texto de Alfredo Serra se publicó en Infobae en 2019)
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