La operación suicida para matar a la “Bestia Rubia”, el nazi elogiado por Hitler que sembró el terror en Praga

Fue uno de los más despiadados jerarcas nazis, aunque la Historia no lo ubica entre los criminales más recordados. Designado para controlar Checoslovaquia, fue apodado “El carnicero de Praga” por sus asesinatos a mansalva. Los comandos que lo ajusticiaron y su trágico fin

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Reinhard Tristan Eugen Heydrich
Un retrato de Heydrich en 1940. Lo llamaron "La Bestia Rubia" y también "El carnicero de Praga"

Era el niño modelo. El ideal del alemán ario. El arquetipo de la raza superior. Era un monstruo también, pero el destino le reservó, por fuera, la cabellera rubia y la finura de sus rasgos. Toda esa serie de virtudes elogiadas por los teutones tenían, sin embargo, un par de piedras que sortear: Reinhard Tristan Eugen Heydrich tenía una voz finita, aflautada, como la de un castrati. Y para los rígurosos cánones del nazismo, recaía sobre él una sospecha peor: que por sus venas fluía sangre judía.

Era hijo de un cantante de ópera y compositor llamado Richard Bruno Heydrich y de la maestra de piano del Conservatorio de Música y teatro de Halle Elisabeth Anna Maria Amalia Krantz. Ellos eligieron cuidadosamente los nombres de su hijo: Reinhard era el héroe trágico de Amen, una ópera compuesta por su padre; Tristan por Tristan e Isolda, de Richard Wagner. Y Eugen en honor a su abuelo materno, el director del Real Conservatorio de Dresde.

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No fue extraño, entonces, que Heydrich se convirtiera en un precoz violinista. Pero a su educación cultural le agregó la física: se transformó en un eximio nadador y espadachín, con especialidad en el florete.

Sin embargo, a esas disciplinas que lo elevaban sumó el desacierto de su elección política. Con apenas 15 años, en 1919, se unió a Los Fusileros Voluntarios de Maercker, un grupo paramilitar de ultraderecha que combatía al comunismo, que pronto cedió lugar a su enrolamiento en una organización nacionalista profundamente antisemita.

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Reinhard Tristan Eugen Heydrich
Rainhard Heydrich con su casco de miembro de las SS nazis

Alemania había sido derrotada en la Primera Guerra Mundial y las duras condiciones que le impusieron en el Tratado de Versalles empeoró la ya pésima situación. El país cayó en una hiperinflación sin precedentes en la historia. La moneda se devaluó 23 mil veces. Y la economía familiar colapsó. En 1922, Heydrich, sin demasiadas opciones, se enroló en la marina.

Su ascenso fue meteórico: guardiamarina superior, álferez, oficial de señales, álferez de fragata… Pero su talón de Aquiles detuvo su carrera en 1930. Heydrich era un mujeriego empedernido. Estaba comprometido y pronto a casarse cuando conoció en un baile a Lina von Osten, un cuadro del Partido Nazi. El escándalo no se hizo esperar y fue expulsado de la marina por “conducta impropia de un oficial y caballero”.

Sin trabajo ni dinero, finalmente se casó al año siguiente con Lina. Ella lo envió a Munich, donde lo recibió uno de los peores jerarcas nazis: Heinrich Himmler. Con los antecedentes juveniles de Heydrich y luego de un breve interrogatorio lo contrató para las SS: el temible servicio de inteligencia de Hitler.

Como en la marina, ascendió rápidamente. De un salario de 180 reichsmarks por mes pasó, en siete años, a embolsar 17,371, unos 75 mil euros de hoy cada 30 días.

Por supuesto, su afiliación al Partido Nazi no se hizo esperar. Su carnet llevaba el número 544.916, mientras que el de las SS el 10.120. Ya en 1934 era el líder de la Gestapo. Su fanatismo se aceleró. Su rol en la Noche de los Cuchillos Largos, cuando la organización paramilitar SA fue sustituida por las SS, fue decisivo. Hasta abandonó la iglesia católica para sumarse a la nueva religión germánica que impulsaba Himmler.

Himmler Heydrich
Heydrich camina detrás de su jefe y mentor en las SS, Heinrich Himmler

En 1941 ejecutó el tenebroso plan Nacht und Nebel (Noche y Niebla), que sentenciaba: “las personas que pongan en peligro la seguridad de Alemania serán detenidas de modo muy discreto, bajo el amparo de la noche y la niebla”. Hubo más de diez mil apresados y la mitad de ellos fueron muertos en los campos de exterminio. Fue clave también en la Conferencia de Wannsee de enero de 1942, en la que se aprobó el plan de deportación y exterminio de todos los judíos de Alemania, países neutrales y bajo amenaza de conquista. Y uno de los organizadores de La Noche de los Cristales Rotos, el primer pogrom contra los judíos.

Pero aun le falta la Cruz de Hierro. Puesta en marcha de la Solución Final, los campos de prisioneros (20 millones de muertos, y de ellos, 6 millones de judíos, sólo en los 20 campos más importantes), se atribuye a Adolf Eichman la creación del sistema de vagones de transporte de prisioneros y a Heydrich el perfeccionamiento de las cámaras de gas.

Sin embargo, con tantas medallas para el horror, a Heydrich rara vez se lo nombra entre los más monstruosos criminales nazis. No entra en la categoría de los más conocidos: Hitler, Himmler, Göring, Goebbels, Eichman, Barbie, Borman, Mengele, aunque fue igual de bestial que ellos. El propio führer lo elogiaba a su manera: “Es un hombre con un corazón de hierro”.

En septiembre de 1941, Heydrich es nombrado Protector de Bohemia y Moravia: la zona de Checoslovaquia sumada al Reich el 15 de marzo de 1939. Al asumir, juró: “Vamos a germanizar a las alimañas checas”.

Germanizarlas y hacerlas trabajar como bueyes, ya que la fabricación de motores y armas checas es clave para seguir el ritmo de la guerra y la conquista de Europa.

Heydrich junto a Himmler y otros oficiales de las SS, hacia 1937.
Heydrich junto a Himmler y otros oficiales de las SS, hacia 1937.

Debuta imponiendo el terror: 92 asesinados en tres días… porque sí. Como carnet de presentación. Más tarde, hasta cinco mil prisioneros mandados al campo de Mauthausen–Gusen. Heydrich se gana muy pronto –y con justicia– sus motes: El Carnicero de Praga, La Bestia Rubia, La Sombra de la Muerte…

En ocho meses obliga a 80 mil trabajadores checos a trabajar en Alemania, desterrados de patria y familia. La jornada laboral pasa de ocho a doce horas. La población oye rumores atroces: “Dos tercios de los checos van a ser expulsados a Rusia y aniquilados en los campos después de que Alemania gane la guerra”.

Es la hora de la justicia. No de la venganza, como no le gustaba oír a Simon Wiesenthal…

El Londres, el gobierno checo en el exilio decide cortar de raíz la cabeza y los tentáculos del monstruo: Heydrich debe morir.

Reinhard Heydrich, líder de la Policía bávara y del SD, en Múnich (1934).
Reinhard Heydrich, líder de la Policía bávara y del SD, en Múnich (1934).

Los elegidos son los comandos Jan Kubis y Josef Gabcík. Sargentos de rango, entrenados por la Dirección de Operaciones Especiales británica. Son expertos en lucha cuerpo a cuerpo, manejo de todo tipos de armas, pilotaje de aviones, y el suficiente temple para asumir que pueden morir…

El 28 de diciembre de 1941 se pone en marcha la Operación Antropoide. Jan y Jozef, desde el protectorado –su patria– se lanzan en paracaídas desde un avión Handley Page Halifax. Caen en Pilsen, a veinte kilómetros de Praga. Vestidos de civil y con uniformes falsos, toman contacto con la Resistencia, y se les unen Adolf Opálka y Karel Curda.

El preludio de la misión no es menos complejo que el asesinato de Heydrich. Deben evitar a la omnipresente Gestapo. No despertar sospechas ni siquiera en su tierra: traidores hay en todos lados, y al mejor postor. Estudiar al milímetro la rutina del monstruo. Elegir el día y lugar del atentado y ejecutarlo lo antes posible: cada día de Heydrich vivo y en acción puede ser la muerte de miles de checos y judíos…

Se alojan en un sencillo departamento en un barrio del sur de Praga. Londres presiona: “Apuren la misión, o aborten, porque si fallan, la represalia contra la población civil será terrible”.

Por fin, después de cinco meses, deciden el lugar y la hora. Heydrich sale casi todos los días del castillo Hradcany antes de las diez de la mañana, rumbo al aeropuerto de Praga, en una lujosa limusina Mercedes Benz descapotable. A velocidad constante, excepto en una curva donde la ruta Dresde–Praga se une con otra que lleva al Puente Troja, en el suburbio de Liben.

Reinhard Tristan Eugen Heydrich
Hitler y a la derecha de la imagen, Heydrich

Y un día es seguro: el 27 de mayo de 1942, porque Heydrich debía encontrarse con Hitler en Berlín para recibir una orden que coronaría su historial de cruces y medallas: sería el máximo comandante de la Francia ocupada, ante el cada vez más intenso avance de la Resistencia.

Todo está listo. Kubis va armado con una granada antitanque. Gabcík con una pistola ametralladora oculta debajo de su impermeable. Opálka será el factor de distracción: cruzará la calle cuando la limusina entre en la curva y baje la velocidad. En lo alto de una colina, otro colaborador checo avisará la cercanía del vehículo con un golpe de luz enviado desde un espejo.

A las diez y media de la mañana, la limusina entra en la curva. Opálka, a punto de cruzar, se encuentra con un escollo impensado: el paso de un tranvía se interpone entre él y el blanco…

Jan Kubis y Jozef Gabcik, los dos comandos checos que dieron su vida para matar a Heydrich en la Operación Antropoide
Jan Kubis y Jozef Gabcik, los dos comandos checos que dieron su vida para matar a Heydrich en la Operación Antropoide

Gabcík advierte el problema, saca su arma, apunta al auto descapotable en el que Heyndrich es una presa fácil, ¡pero la pistola se traba! El nazi, ante la emboscada, le ordena al chofer que acelere. Gabcík se paraliza, pero Kubis no perdona: saca una granada de su maletín y la arroja dentro del auto. Explosión, humo, corridas, caos. El chofer de Heydrich, ileso, persigue a Kubis, que consigue huir. Herido de muerte, el monstruo dispara contra Gabcík, no da en el blanco, cae en la calle, y se desmaya…

Heydrich es llevado al hospital Bulovka. En el lado izquierdo de su cuerpo tiene incrustados fragmentos de metal, de metralla, cuero del asiento del auto, y tela de su uniforme. Diafragma, bazo y pulmón, en estado crítico. Lo operan, le transfunden sangre, se niega a seguir siendo atendido por médicos checos, y exige alemanes fieles a Hitler. Himmler le manda a Karl Gebhardt y a Theodor Morell. Se unen la estupidez y el fanatismo: Morell quiere usar sulfamidas, nuevo elemento antibacteriano, y Gebhardt se niega: “Se está recuperando muy bien”, dice. Pero el 4 de junio a las cuatro y media de la madrugada, una septicemia se lo lleva. Apenas ha cumplido 38 años.

La venganza desata sus vientos. Mientras el grupo checo se refugia en la Catedral de los Santos Cirilo y Metodio, Praga, hordas nazis arrasan los pueblos de Lídice y Lezáky y asesinan a todos los varones de más de 16 años, a casi todas las mujeres, y a las demás las mandan al campo de exterminio de Ravensbrück. En total, más de 20 mil muertos…

Así quedó el auto de Heydrich tras el ataque de Kubis y Gabcik
Así quedó el auto de Heydrich tras el ataque de Kubis y Gabcik

Gabcík y Kubis ignoran cuánto puede resistir en la catedral, rodeada por 800 esbirros, entre SS y Gestapo. Entre otras cosas, porque Curda, un cobarde al fin, los ha delatado. Para peor, para cobrar la recompensa ofrecida por el Reich. Que poco le dura: el 29 de abril de 1947, juzgado por su papel en el atentado, muere en la horca.

El cerco se cierra. El 24 de junio de 1942, a menos de un mes de la Operación Antropoide, un regimiento de las SS invade la catedral. Kubis, Gabcík, Opálka y otros hombres de la Resistencia abren fuego. El combate dura más de tres horas. Cuando la muerte alcanza a 14 hombres, otros 21 quedan heridos, y ya casi sin balas, Gabcík y Opalka se suicidan. Kubis, herido por una granada, escapa de la cripta, pero dos horas después muere desangrado.

Hitler entierra a Heydrich con los más altos honores: espadas sobre el féretro, y cuantas medallas existen en la parafernalia nazi.

Pero en privado le dijo a Himmler: “Ese tipo de gestos heroicos, como ir en un vehículo descapotable no blindado, no sirve a la patria ni un ápice. Que un hombre tan irremplazable como Heydrich se expusiera a un peligro innecesario sólo me impulsa a condenarlo por idiota”.

Palabra del führer. El idiota que se creyó Dios y Emperador del Mundo por Mil Años, y apenas un lustro después se voló los sesos de un balazo en una cueva de Berlín. La última que quedaba en pie…

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