
A Norodom Sihamoni alguien le aseguró que si veía una estrella fugaz y pedía un deseo, este se le cumpliría. Esa noche contemplando el cielo de Praga, al ver esa estrella que parecía moverse no lo dudó, cerró los ojos y con toda la fuerza de su alma pidió: “Jamás ser el rey de Camboya”.
El 13 de mayo de 1953 en Nom Pen, la capital del entonces Reino de Camboya nació Norodom Sihamoni, hijo de la reina Monineath y del venerado Norodom Sihanouk, considerado como el último rey-dios en un país con una larga tradición budista. Quizá porque Sihamoni era uno de los catorce hijos que el rey había tenido con seis concubinas, para los camboyanos la gran noticia de ese año no fue el nacimiento de un nuevo miembro de la familia real sino que la nación por fin se libraba del colonialismo francés.
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Sihanouk instauró una monarquía constitucional democrática, pero lo que parecía una nueva era para Camboya se fue transformando en los tiempos más convulsionados y sangrientos de esa nación. Con la región cada vez más expuesta al conflicto de Vietnam las bases nortvietnamitas se instalaron en Camboya. En 1970 un golpe de estado llevó a Sihanouk a exiliarse en Pekín. Ese rey amante del teatro y el arte decidió apoyar a los Jemeres Rojos, el brazo armado del Partico Comunista que con Pol Pot, su sanguinario líder, tomó el poder en 1975. Bajo la apariencia de una república popular se estableció un régimen de terror. La detención, la tortura y los asesinatos en masa para el gobierno no eran tragedias sino estadísticas. Durante los cuatro años que se mantuvieron en el poder, quemaron bibliotecas, prohibieron medicinas, autos y hasta el uso de anteojos. Abolieron los mercados, la moneda y proscribieron todas las religiones. La comida era suministrada y racionada por el Estado, y poseer una olla se consideraba delito. Un millón y medio de camboyanos murieron de hambre o fueron ejecutados. En 44 meses, Pol Put y los Jemeres Rojos acabaron con el 25 % por ciento de la población, entre ellos cinco de los catorce hijos del rey Sihanouk y nueve de sus nietos.
Varios años antes de que semejante locura y tragedia se apoderara de su país, Sihamoni vivía tranquilo y relativamente feliz. Sus padres notaron que le gustaba la música y el baile y lo enviaron a la mágica Praga a estudiar ballet. Aunque era apenas un niño, alejarse de sus padres no fue tan triste como la alegría que sentía cada vez que se calzaba las zapatillas de baile y su cuerpo se dejaba llevar por la música. “Fueron los mejores años de mi vida”, suele declarar. Se quedó en Checoslovaquia hasta 1975 cuando se graduó en la Academia de Artes Escénicas, antes en 1971 obtuvo el primer premio en el concurso de danza clásica del Conservatorio Nacional de Praga. Todavía hoy cierra los ojos y escucha los aplausos que coronaron su actuación.
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Incentivado por su padre, de Praga se mudó a Pyongyang, la capital de Corea del Norte para estudiar cine. Podría haber seguido estudiando pero en 1977 tuvo que elegir entre la felicidad personal o la lealtad familiar y eligió lo último. Los Jemeres Rojos habían confinado a toda la familia real en el palacio y Sihamoni decidió asumir con ellos ese castigo.
Al volver el terror imperaba. El Jemer había asesinado a la quinta esposa del rey, Manivan Phanivong, a una de sus dos hijas, la princesa Norodom Sucheatvatea, al esposo de esta y a sus tres hijos. La familia real vivía presa en un palacio a orillas del río Bassac. Se los obligaba a realizar trabajos de sirvientes y sus guardias tenían permitidos golpearlos a su antojo. Cuatro de sus hermanastros fueron asesinados y otro murió de malaria cuando intentaba unirse a la resistencia. Sihamoni no mostró dolor, sabía que se lo consideraba un signo de debilidad y sería apaleado.
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El arresto domiciliario y tortura duró hasta 1979 cuando el régimen cayó y el rey Sihanuk y su familia incluido Sihamoni iniciaron un nuevo exilio en Beijing. Mientras sus hermanos se interesaban por la política, él solo mostraba interés por el teatro y el ballet. Durante un tiempo fue secretario de su padre y en 1981 se instaló en París.
En la Ciudad Luz comenzó otro período de felicidad. Lejos de las extravagancias de los príncipes árabes y los lujos de algunas coronas europeas o políticos tercermundistas renunció al auto con chofer para moverse en transporte público. Así llegaba no a recepciones ni banquetes sino a los conservatorios donde daba clases de ballet. Vivía de un modo austero, sin lujos ni alardes de casta. Con su carrera en ascenso creó su productora que representaba obras cuya coreografía y escenografía diseñaba él.
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En 2004, un anciano y enfermo Sihanouk anunció su intención de abdicar. El nombre del sucesor debía salir de la decisión de un Consejo del Trono Real, pero como en Camboya la monarquía no es hereditaria, cuatrocientos miembros de la realeza cumplían con los requisitos para acceder a la corona. Para evitar semejante entuerto y las peleas, el rey anunció que el sucesor sería Sihamoni; el Consejo obedeció porque quién se animaría a contradecir la palabra de un rey considerado dios y sobre todo, porque Sihamoni -que no mostraba ningún interés por la política ni el gobierno- jamás intentaría llegar al poder.
Así Sihamoni que se había ganado el apodo de “príncipe bailarín” fue llevado a Camboya para ser coronado por su padre. La continuidad de la monarquía estaba en juego y el hijo que jamás había querido ocupar el trono, el hombre sencillo y austero que era feliz en el anonimato otra vez regresó obligado por la lealtad a su país.
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En octubre de 2004 fue coronado. Las imágenes muestran a un hombre con una tristeza infinita. Varios gestos le sirvieron para dejar en claro que era monarca por obligación y no por voluntad. Lució un simple traje blanco en lugar de las tradicionales vestimentas reales con complicadas y lujosas ornamentaciones. No se colocó la corona real y mucho menos esgrimió la espada sagrada, como hicieran sus antepasados. Los dejó como símbolos al lado del trono. Sabía que reinaba pero no gobernaba, para su pueblo su figura era el símbolo de la unidad nacional y la garantía de la independencia y la soberanía de un país con una larga historia de avasallamientos; para el gobierno apenas era algo más valioso que un valioso adorno.
Aunque Sihamoni anunció que se dedicaría “en cuerpo y alma al servicio del pueblo y la nación, prosiguiendo la obra excepcional realizada por mis augustos padre, abuelo y bisabuelo”, poco y nada pudo y puede hacer. El poderoso primer ministro Hun Sen que desde 1998 se mantiene en el poder, lo alejó de sus deberes oficiales y redujo sus funciones a un papel decorativo. Apenas se le permite salir del palacio, dejó de ser el “príncipe bailarín” para ser el “rey prisionero”. Su día transcurre entre la firmas de documentos oficiales que no se le permiten leer, alguna vista de invitados extranjeros y diplomáticos, la resolución de algunos asuntos intrascendentes y al final de la jornada se retira a sus habitaciones. Una sofisticada red de espías, compuesta por asistentes palaciegos informa al primer ministro de cada una de sus movimientos.
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El hombre que era feliz con sus zapatillas de ballet y que gozaba con el teatro hoy tiene vedadas esas actividades. El rey culto que habla cinco idiomas: jemer (la lengua de Camboya), francés, checo, inglés y ruso casi nunca viaja al extranjero, pero se lo autoriza a leer y ver alguna película. Por las noches cena solo. Con 67 años jamás se casó ni tiene hijos por lo que muchos creen que es homosexual, algo que no fue desmentido ni confirmado. Después de ser coronado, le preguntaron a la reina madre si veía cercana una boda de su hijo y Monineath contestó sorprendida: “¿Esposa mi hijo? Pero si él sólo se siente budista. Ama a las mujeres como hermanas”. Su padre ya había defendido los derechos del colectivo LGTBI en 2004. “No soy gay, pero los respeto. Ellos no existirían si Dios nos los hubiera creado”, argumentó.
Si los padres del actual monarca mostraron su falta de prejuicios, el gobierno de Camboya exhibió lo contrario. Aprobó una ley que castiga a quienes especulen sobre las funciones políticas del monarca... y su condición sexual. No es broma ni un deja vu de oscurantismo medieval. Hace poco tres personas fueron arrestadas por publicar en una red social una foto con el rostro de Sihamoni retocado en una imagen porno gay y las palabras “Camboya King is gay”.
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Hoy los camboyanos saben que su rey se siente “triste, solitario y abandonado”. Su hermanastro, el príncipe Norodom Ranarridh asegura no sin cierta admiración que “El rey no ejerce sus prerrogativas constitucionales para no poner en peligro una institución que considera más importante que él, la Corona. Tanto el rey como el primer ministro están muy contentos con la situación. Es una especie de pacto de caballeros”. Pero añade: “No creo que mi hermano sea feliz. Creo que le gustaría estar en otro lugar…”. Quizá por eso Sihamoni ruega volver a ver una estrella fugaz y pedir otro deseo que espera esta vez se cumpla. Ya no desea dejar de ser rey sino ser un hombre que al menos de vez en cuando se siente feliz mientras baila con zapatillas de punta.
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