
Cuando el 14 de enero de 1833 la fragata inglesa Clío se perdió en el horizonte, vaya a saber qué habrá pasado por la mente de los que quedaron en tierra. Había un par de británicos, un alemán y una docena de sudamericanos que los europeos, para simplificar, los llamaban indios. Sí había un puñado de indígenas provenientes de Montevideo, otros de Santa Cruz y Tierra del Fuego guiados por una anciana a la que seguían ciegamente, una veintena de hombres de color, mezclados con la tripulación de una goleta que estaba accidentalmente en el lugar. Hacía días que el capitán Onslow, en nombre de la corona británica, había usurpado las islas Malvinas.
La mayoría de los colonos habían sido traídos por el alemán Luis Elías Vernet, quien había obtenido del gobierno el permiso para levantar una colonia en las islas. Usó las ruinas de las que habían sido las construcciones españolas para levantar un poblado.

El edificio más grande fue la sede de la comandancia. Tenía unos 25 metros de largo, con paredes levantadas con piedras, cal y arcilla. Al lado había una casa, llamada “del horno”, donde vivía el estaqueador de cueros. Estaba la casa de la huerta, donde vivía el jardinero y también era de piedra y cal. Enfrente había un puente por donde se cruzaba al otro lado de Puerto Soledad.
Apenas se salía del puente, se topaban con la casa del herrero y del pedrero y un poco alejada, donde vivía el italiano Julio Grossi, un matemático y navegante que había llegado junto a su esposa irlandesa María O’Kurley y se ocupaba del pescadero. En las islas moriría uno de sus pequeños hijos.
Era vecino del cirujano y de las familias de Carlos Klein -el viejo Klein solía emborracharse en la pulpería y pelearse con todo el mundo- y Hagener, cuya hija Eliza despertaba más de un suspiro. Había otras dos pequeñas casas, ocupada por el que cuidaba el ganado y, pasando el muelle, se levantaba el almacén y habitación del despensero irlandés Guillermo Dickson, quien luego de la usurpación, sería el encargado de enarbolar la bandera inglesa. Murió durante el levantamiento del gaucho Rivero del 26 de agosto de 1833.

Eran en total diez casas, donde solo cuatro tenían techo de madero. El resto lucía paja y junco, muy abundantes en el lugar. De todas maneras, más en el interior había pequeños ranchos que usaban los gauchos que se ocupaban de la caza y del cuidado del ganado.
Las ruinas del fuerte español se adaptaron a corral de ganado y había otros desperdigados en las islas.
Ese miércoles 2 de enero de 1833 por la mañana había aparecido en Port Louis -45 kilómetros al norte de Puerto Argentino- el buque de guerra Clio, de bandera británica.
Lo primero que atinó a preguntar el gobernador interino José María Pinedo al capitán inglés John James Onslow es si había guerra entre Buenos Aires e Inglaterra. En definitiva, vivir en las islas lo había sometido a un alto grado de aislamiento en el que las noticias llegaban con meses de retraso, cuando llegaban.

La pregunta de Pinedo fue formulada luego que Onslow le informase que llegaba con órdenes superiores de tomar posesión del archipiélago, y que lo hacía en nombre del rey Guillermo IV.
Onslow obedecía órdenes de la estación naval de su país, asentada en Brasil. Allí había llegado el mensaje de Inglaterra de que el monarca vería con agrado el envío de un buque a las islas y que ejerciese la soberanía y su custodia. Sus instrucciones incluían la construcción de un fuerte, y que tal vez podría usarse los restos de la fortificación española de 1774. En caso de encontrarse con habitantes ingleses, debía censarlos.
Con sus órdenes precisas, Onslow partió de Rio de Janeiro el 29 de noviembre. El 20 de diciembre ingresó a Puerto Egmont. En las ruinas que allí encontró, el 23 izó la bandera con una inscripción en la que anunciaba la presencia del buque Clio revelando el propósito de su misión.
Fue recorriendo la costa sin hallar pobladores y así el 2 llegó a la altura de Puerto Luis, y ancló en la bahía.

El inglés le confirmó al sorprendido Pinedo que no había guerra y lo intimó a que arriase la bandera argentina, que retirase sus fuerzas y que abandonase las tierras. En caso de encontrar resistencia, tenía la orden de actuar con la violencia necesaria.
Pinedo, de 38 años, teniente coronel de la marina, era un veterano de las guerras de la independencia y de la del Brasil. Desde octubre de 1829 era el comandante de la Sarandí y había llegado a las islas en 1832 llevando al gobernador interino, el francés José Francisco Mestivier, ya que Luis Vernet se hallaba en Buenos Aires. El 30 de noviembre, luego de un motín, Mestivier sería asesinado y Pinedo quedaría como gobernador interino.
El comandante inglés ordenó arriar la bandera argentina y que las fuerzas de Pinedo se retirasen. Ante el ultimátum, Pinedo reunió a sus oficiales, la mayoría eran ingleses, salvo cuatro marineros y seis muchachos “capaces de nada”, según declaró en Buenos Aires; de sus catorce soldados, había tres británicos, según remarcaría más tarde. El teniente graduado Roberto Elliot lo desmintió en parte al afirmar que todos eran norteamericanos salvo el piloto práctico, que sí era británico.
A las cuatro de la tarde, Pinedo los reunió a todos. Propuso resistir, aunque sea por diez días, se produjese un milagro y llegasen refuerzos de Buenos Aires. Todos estuvieron de acuerdo menos Breman, el piloto práctico, que cumpliría con su tarea pero sin disparar contra sus connacionales.

Se ordenó zafarrancho de combate, y con el mayor de los sigilos se cargó la artillería con bala y con metralla. Se repartieron armas y municiones a la tropa de tierra y a los colonos. Hasta se armó a los detenidos por el crimen de Mestivier. Elliot diría que “no hubo uno solo que no concurriese gustoso a desempeñar la parte que le tocaba”.
Decidió ganar tiempo. A las diez de la noche envió al buque inglés al teniente primero Mason y al propio Breman para comunicarle a Onslow que resistirían. Pero el mensaje no pudo ser entregado, ya que el capitán estaba durmiendo y no se lo podía molestar.
Pinedo repartió las municiones entre sus 44 hombres. La única nave de la que disponía era la goleta Sarandí, imposible hacerle frente a un buque de guerra, que la triplicaba en número de cañones y de hombres.
Decidió ir él a la Clio, y sufrió el desplante de ser ignorado por Onslow, quien nunca bajaría a tierra. Hizo cuentas: con 44 hombres, debía defender su posición en tierra y combatir contra un buque que tenía el triple de artillería que la suya. Comprendió que todo era inútil.
El jueves 3 por la mañana embarcó a la tropa. Dejó en tierra al capataz Juan Simón al cuidado de la bandera argentina, que aún flameaba en el mástil. A las nueve aparecieron tres botes con ingleses. Se dirigieron al caserío, instalaron un nuevo mástil e izaron la bandera británica. Luego, Pinedo desde su barco vio como un oficial, acompañado por un soldado, arriaba la argentina y se la alcanzaba al buque.
El 4 de enero, a las cuatro de la tarde, sin haber disparado un solo tiro, Pinedo dejó las islas. Ese atardecer divisó por última vez las costas de Malvinas.
El 14 Onslow también partió rumbo al Río de la Plata. Dejó encomendado al despensero Dickson -el súbdito más respetable que encontró y que originariamente había sido contratado por Vernet- que todos los domingos izase la bandera o bien lo hiciese en presencia de algún buque.
El 15 de enero la Sarandí recaló en el puerto de Buenos Aires. “¡Viva la Fuerza!” tituló la Gaceta Mercantil, comentando que la ocupación había sido hecha “por el derecho del más fuerte” y que Pinedo había tenido que ceder ante “la razón de los cañones”.
Pinedo sería sometido a una corte marcial. Se defendió argumentando que no tenía instrucciones sobre cómo proceder en caso de ser atacado. Entre fusilarlo y expulsarlo, se decidió por lo último, pero por irregularidades en el proceso, el fallo fue anulado y meses después reincorporado pero en el ejército. Fallecería en 1885.
Manuel Vicente Maza instruyó a Manuel Moreno, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en Gran Bretaña a “reafirmar la protesta presentada oportunamente en Buenos Aires”. El primer alegato de defensa de los derechos argentinos, Moreno –“una memoria de protesta”- lo presentó el 17 de junio de 1833 al vizconde Palmerston. Fue un documento muy importante por el número de detallados antecedentes que reafirmaban la soberanía argentina. Al día siguiente hizo publicar en el Times un comunicado del gobierno argentino, y mandó traducir la protesta al inglés y al francés, reclamo que permanece más que vigente.
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