
Un viejo caballo negro que tiraba un carro de dos ruedas avanzaba a duras penas por París. Lo seguían tres hombres enfundados en trajes azules. Era el atardecer del 24 de diciembre de 1800, o el 3 de Nivoso del año 9, según el calendario instaurado por la revolución francesa. Desde hacía siete años estaba prohibida la celebración de la Navidad: el 20 de Brumaire (10 de noviembre) de 1793, el Consejo de París decidió que el culto oficial honraría a la Diosa Razón. No obstante, mucha gente la festejaba de forma clandestina. Pasaron por la calle Cléry, luego cruzaron la plaza de la Victoria, y se adentraron en las calles que rodeaban la plaza del Carrusel, cerca del palacio de las Tullerías, la residencia del Primer Cónsul, Napoleón Bonaparte.
En la calle Saint Nicaise, desde donde podían ver las ventanas del palacio, se detuvieron. El más bajo, llamado François-Joseph Carbon, buscó el mejor lugar para estacionar el carro. El más alto, Pierre Picot de Limoelan -famoso como asaltante de diligencias y con un padre guillotinado por la revolución-, se dirigió a la esquina, desde donde podía observar el portón de salida de las Tullerías y a sus compañeros. Y el tercero, Pierre Robinault de Saint-Régent, comenzó a descargar las piedras que cubrían el enorme barril que llevaba el carromato. Los tres eran “chuanes”, es decir, habían combatido a favor de la contrarrevolución que aún defendía la monarquía. Los dirigía Georges Cadoudal, un general que había estado al frente de ese movimiento en el oeste de Francia, en la región de La Vendée. Allí, Napoleón los había derrotado. A Cadoudal, en particular, le había ofrecido la paz y sumarlo al ejército republicano. Pero éste se rehusó y continuó peleando. En esa lucha, Carbon perdió el ojo derecho y sufrió heridas que le dejaron horribles cicatrices en su rostro.
Ahora, los cuatro estaban en París para cobrar venganza y asesinarlo.
Desde hacía un año, Bonaparte se había proclamado Primer Cónsul de Francia, en reemplazo del Directorio. Aún le faltaban cuatro para ser coronado como emperador. Y se había granjeado enemigos a derecha e izquierda. Por un lado, como en este caso, los monárquicos que deseaban restaurar a la dinastía de los Borbones. Por el otro, los jacobinos que habían gobernado durante el inicio de la Revolución en la época del Terror y lo consideraban un traidor.

Esa noche, el Primer Cónsul, junto a su esposa Josefina, iría a la Ópera -sobre la calle Richelieu, continuación de Saint Nicaise-, para ver el estreno de La Creación, un oratorio de Haydn. Mucha gente estaba al tanto del evento, porque la presencia de Napoleón había sido publicada en la prensa.
La calle, a pesar del día frío y brumoso, estaba concurrida. En la esquina se encontraba el café Apollon, repleto de parroquianos. En la misma cuadra había una mercería, una tienda de sombreros llamada Ometz, la peluquería de Vitry, la casa de disfraces Buchener, el taller de un relojero de apellido L’épeautre, el negocio de vinos Aemet y otros comercios.
Ajenos al movimiento cotidiano, los conspiradores continuaron con su plan. Bajo la lona de la carreta ocultaban un barril con pólvora y municiones suficientes como para derribar una casa. El arma que mataría a Napoleón -según su plan- era inédita. Una “máquina infernal”, como definieron las crónicas de la época. No lo sabían, pero habían construido el primer coche bomba de la historia. Colocaron al caballo mirando hacia la pared, en diagonal. Ocupaba un tercio de la calle. Del otro lado, colocaron las piedras, para dejar apenas entre ellas y el carro un espacio estrecho. Por allí debía pasar Napoleón y su séquito.

Limoelan regresó al lugar donde lo aguardaban Carbon y Saint-Regent con una niña de catorce años llamada Marianne Peusol. La joven vendía pan casero y era muy pobre. Vestida con harapos y un pañuelo en la cabeza, aceptó con gusto una paga extra para cumplir una misión sencilla: sujetar las riendas del caballo por unos momentos. Ignoraba para qué. Fue un acto de extrema cobardía: Carbon, Saint-Regent y Limoelan sabían que cuando el carro volara por el aire, ella moriría despedazada en el acto. Los tres hombres iban y venían desde las Tullerías hacia el carro. A algunos comerciantes, tanto ajetreo les llamó la atención.
Alrededor de las ocho de la noche, Napoleón aguardaba a Josefina, que estaba demorada con su vestimenta: un chal que le habían regalado y se le enredaba. Fastidioso, el Primer Cónsul decidió salir en un primer carruaje, en compañía de los generales Jean Lannes y Jean Baptiste Bessieres y el cónsul Charles Francoise Lebrun. Detrás, en otro, irían Josefina, su hija Hortensia, Carolina Bonaparte (hermana menor de Napoleón) y el comandante Jean Rapp. Por lo general, el coche de Napoleón era precedido por algunos jinetes de la vanguardia. Esa vez, por el apuro que tenían, el carruaje del Primer Cónsul partió antes.
Para los tres complotados, nada salió según lo planeado. Limoelan, encargado de señalar la partida de Napoleón desde las Tullerías, dudó unos segundos antes de indicar el comienzo de la acción. Saint-Regent, encargado de encender la pólvora, se vio abrumado por la llegada del carruaje y lo hizo con retraso. La tremenda explosión dejó un saldo de cuatro personas muertas en el acto, y un número no precisado de víctimas -que algunos ubican en 18- falleció por las heridas recibidas. Las esquirlas destrozaron los vidrios del café Apollon. Un brazo de la pobre Marianne Peussol apareció en la cornisa de un primer piso. La detonación causó, además, daños en numerosos edificios.
Napoleón, que había pasado por el lugar segundos antes, salió ileso de los efectos del carro bomba. Uno de los caballos de su escolta murió y la rotura de los vidrios del segundo carruaje alcanzaron levemente a Hortensia. El Primer Cónsul continuó su viaje hacia la Ópera y presenció la función con normalidad. Enterados del suceso, los parisinos que estaban allí lo aplaudieron. Napoleón sonreía, pero dentro suyo se incubaba la venganza.

Poco tiempo antes de la explosión, en octubre, cuatro revolucionarios jacobinos habían preparado un atentado con dagas contra Napoleón en el mismo escenario de la Ópera. Los habían detenido antes de poner en marcha el plan, pero luego de la explosión del 24 de diciembre fueron ejecutados como represalia, aunque sus ideas se oponían también a los monárquicos. Además, muchos de quienes se identificaban con ellos fueron deportados a lo que hoy es un paraíso, pero que entonces era un exilio insoportable: las islas Seychelles.
La policía napoleónica, que dirigía Joseph Fouché, recogió los restos del carro y del caballo y comenzó a indagar -con métodos a veces reñidos con la legalidad- por la identidad del comprador. Varias personas reconocieron la procedencia del carro, y el vendedor -quien pensó que hacía negocios con un comerciante de granos- señaló a Carbon.
El conspirador vivía junto a su hermana, pero no se dirigió allí luego del fallido atentado. Una religiosa llamada Marie-Anne Duquesne -que no ignoraba la situación en la que se hallaba- lo llevó tres días después de la explosión hacia el convento de Notre-Dame-des-Champs. Carbon no salía de su habitación excepto por las noches. Y allí fue capturado. Torturado, no tardó en delatar todo el plan y sus ejecutores. El expediente nombra a un gran número de cómplices del complot.
La investigación determinó que Carbon trabajaba en París para Limeolan. A finales de noviembre de 1800 (en el mes llamado “frimario”, que comenzaba el 21) le había comprado el caballo y el carro a un comerciante de granos llamado Lambel. Luego lo llevaron a un garaje alquilado, ubicado en la Rue de Paradis N°23.

Allí, Carbon se encontró varias veces con Limoelan mientras preparaban el golpe. El 1 de nivoso (es decir, el 22 de diciembre), le encargaron a un tonelero llamado Baroux que colocara cuatro anillos de hierro recubiertos con madera a un tonel. Le dijeron que contendría azúcar negra. El trabajo lo hizo un aprendiz llamado Louveau. El costo de la tarea lo saldó Carbon.
El 24 de diciembre, a las cuatro de la tarde, Carbon y Limolean se encontraron en el garaje. El primero de ellos preparó el caballo y lo enganchó al carro. Desde allí se dirigieron a la Puerta de Saint Denis, donde dos hombres que no se pudieron identificar se llevaron el barril, lo cargaron con la dinamita y las municiones, y regresaron a colocarlo sobre el carro, que convirtieron en una “máquina infernal”, como lo definió la justicia francesa.
En ese momento, según las actas policiales, aparece en acción Saint-Regent. De él se dice que “llegó a París de una manera desconocida”, y no se precisa la época. La única certeza es que se alojó en la casa de Jen Baptiste Leguilloux, un cartero que residía en la rue Des Prouvaires 574. Los tres se encargaron de transportar el carro hacia la rue Neuve Saint Eustache. Durante el trayecto, Limolean recogió las piedras que luego colocó en la calle. Poco después, Carbon se apartó del grupo y regresó más tarde. Fue él quien consiguió pólvora extranjera, una caja con armas y la ropa azul que usaron durante el atentado.
La investigación policial concluyó que el dinero para estos gastos lo aportaba Limoelan con el producto de sus asaltos a diligencias. También que el experto en explosivos era Saint-Regent, que en su habitación tenía una brújula, un reloj de mano y yesca para calcular con exactitud cuánto tiempo necesitaba para encender la pólvora. También fue él quien ordenó cambiar el barril que había preparado al inicio Carbon por el que estalló con cuatro anillos de hierro y madera, que tenía mayor capacidad.

Saint-Regent, en su huida, fue aplastado por un caballo, que pisó su cabeza. Recibió a un confesor y al médico Basile-Jacques-Louis Collin. A pesar de las heridas, sobrevivió. Fue alojado por una mujer viuda, identificada como Jourdan. En esa casa lo visitaron, el mismo 24 a la medianoche, Limoelan y otros complotados con roles menores. Temeroso de una posible delación, dejó la casa y se escondió en otra de la rue des Prouvaires. Allí fue notificado del arresto de Carbon y se desesperó. Comenzó a deambular de refugio en refugio, hasta que a finales de enero fue arrestado cuando salía del hotel Du Nord.
De los principales acusados, Limoelan logró huir a los Estados Unidos. Doce años después fue ordenado sacerdote y recibió el nombre de Abad de Cloriviere. Designado como capellán en el Convento de la Visitación de Georgetown, fue el único de los tres complotados que se mostró arrepentido de sus actos, especialmente por haber llevado a la niña de 14 años, Marianne Peusol, a una muerte segura. Dicen que todos los 25 de diciembre se encerraba en una capilla que tenía los retratos de Luis XVIII y Carlos X y rezaba toda la noche pidiendo perdón a Dios. Murió el 29 de septiembre de 1826 en los Estados Unidos, sin regresar a Francia.
Por su parte, Georges Cadoudal, instigador del atentado, logró huir a Inglaterra, país que cobijaba a los monárquicos franceses. Puso como excusa del fracaso de la operación que no había ordenado usar explosivos para evitar víctimas inocentes, pero sí armas. Regresó a Francia tres años después con el mismo propósito: matar a Napoleón. Pero seis meses después fue detenido y condenado a muerte junto con 12 cómplices. Fue el golpe de gracia para los chuanes.
Con Saint Rejant y Carbon, el tribunal fue implacable. Los condenaron a la pena de muerte. El 20 de abril de 1801 (30 de Germinal del año 9 en el calendario de la revolución) los llevaron al cadalso, ubicado en la plaza de Greve de París, vestidos con una camisa roja y la cabeza cubierta con un pañuelo negro. Allí, el verdugo los sometió a la guillotina. Sus cuerpos fueron arrojados a la fosa común reservada a los ejecutados en el cementerio de Saint Catherine.
Napoleón gobernó Francia 15 años más.
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