
El tercer gobierno radical tenía las horas contadas. Cuando José Alfonso Gómez se encontró con el presidente Hipólito Yrigoyen, en la víspera del 6 de septiembre de 1930, lo encontró preocupado. El golpe militar que lo derrocaría ya estaba en movimiento.
En un clima de extrema violencia política, “El Peludo” sabía que los conspiradores no respetarían nada. Ni su persona ni sus pertenencias, ni siquiera su casa. Por eso llamó a su contador y le encomendó proteger un borrador del libro que había terminado en 1924, varios años antes de iniciar su segunda presidencia. Solo existían tres copias y no había sido publicado. Ambos eran amigos, Gómez incluso había sido el encargado de mecanografiar durante horas cada palabra que el presidente radical le dictaba.
Junto con las 300 páginas sueltas, también se llevó un bastón, un tintero y un gran cuadro al óleo de Yrigoyen con la banda presidencial. “Llévelas y guárdelas, que algún día estas cosas volverán a estar en su lugar”, fue el dramático pedido de su amigo y referente político.
Ser amigo de Yrigoyen en pleno golpe de Estado era muy peligroso, y más aún andar cargando un gran cuadro con su figura. El día del derrocamiento una turba de adeptos al general José Félix Uriburu irrumpió en la casa del Presidente y la saqueó. En el caos se perdió el primero de los tres borradores.

Gómez le pidió a una familia de vecinos de La Boca que ocultaran la pintura. Allí quedó durante un tiempo, camuflada detrás del respaldo de una cama. Esa misma noche se despidió de su esposa y de su hijo de 11 años y escapó junto a otros exiliados rumbo a Uruguay en una embarcación que ni siquiera era lo suficientemente grande para todos. Hasta tuvieron que turnarse para ir sumergidos y arrastrados por la nave. Así evitaron hundirse por el sobrepeso, pero el frío que pasó durante esa travesía le causó problemas de salud por el resto de su vida.
Al tiempo el contador pudo volver a ver a su familia. Encontró trabajo en un cantera de granito y dejó pasar algunos años antes de regresar al país. Una de las primeras cosas que hizo fue recuperar el cuadro.

Yrigoyen tuvo menos suerte. Quedaría confinado en la isla Martín García hasta 1932. Ese año Uriburu le entregó el poder al general Agustín Pedro Justo gracias al fraude electoral y a la proscripción del radicalismo. No por nada aquellos años pasarían a la historia como la “década infame”. El golpe del 30 dio inicio a una traumática tradición de interrupción de gobiernos constitucionales, cada vez con mayores niveles de violencia.
La familia Gómez guardó las pertenencias de Yrigoyen a lo largo de casi un siglo. Durante años recibieron en su casa al ex vicepresidente Elpidio González para comer pastas todos juntos. El óleo pintado por B. Espinach adornaba el living donde almorzaban. Así como Gómez había terminado en una cantera de granito, González se ganaba la vida como vendedor de ballenitas para los cuellos de camisa y de anilinas marca Colibrí.

Cuando Gómez murió, su hijo Claudio heredó los objetos y también el deber de custodiarlos. Luego la responsabilidad recaería sobre su esposa, Úrsula, que hasta llegó a rechazar ofertas para vender el cuadro.
En 2016, una mujer viajó a la Patagonia para conocer La Trochita, el célebre tren en el que había trabajado su padre durante 12 años y del que había escuchado infinidad de historias. Allí se contactó con un historiador y político radical, llamado Sergio Sepiurka, que había escrito un libro sobre su construcción.
Inesperadamente le reveló que su tía Úrsula guardaba en su casa un cuadro de Yrigoyen con una historia particular. Sepiurka sintió una gran curiosidad y le sugirió que tanto el cuadro como los objetos sean donados al museo de la Casa Rosada. Úrsula Longacrich aceptó de inmediato y los especialistas fueron en busca del cuadro perdido. Pero encontraron mucho más. “¿Por qué no se llevan los papeles también para el museo?”, preguntó la gentil anciana.
La familia Gómez siempre creyó que el texto que tenían en su poder había sido publicado en 1957 bajo el nombre Yrigoyen. Mi vida y mi doctrina, a partir de la copia aportada por el dr. Horacio Oyhanarte.

Aquella tarde, mientras todos analizaban el cuadro el director del museo se abalanzó sobre las hojas. Como todo historiador, Luciano de Privitellio sintió una inclinación casi natural por los viejos papeles. No tuvo mucho tiempo, pero se fue seguro de que se trataba de un libro porque tenía capítulos, párrafos numerados -algo común para la época- correcciones y tachaduras. Se fue con más dudas que certezas.
A los dos meses llegó a donación al museo y finalmente pudo analizar detenidamente el material. Los primeros dos días fotografió cada página. Luego se puso a leer. A las pocas horas De Privitellio estaba convencido de que se trataba de un libro de Yrigoyen. Conocía la forma de escribir y las ideas del presidente radical porque había trabajado con textos suyos para su tesis doctoral. Para la medianoche sabía que era algo que nunca fue publicado.
“Tengo un libro inédito de Yrigoyen”, le anunció al días siguiente a sus amigos en una reunión. Pero todavía no podía decirlo públicamente. Fue a la Biblioteca Radical, también consultó a expertos. Nadie sabía nada de ese libro. Finalmente descubrió que el manuscrito contenía hacia el final los dos capítulos -Personal y Porvenir- publicados en Yrigoyen. Mi vida y mi doctrina. Tenía en su poder un libro más grande, el libro completo.

La casualidad o el destino hizo que el nexo que permitió volver a hilvanar toda esta historia fuera La Trochita. La red de ferrocarriles patagónicos había sido creada el 7 de octubre de 1922, con la firma del presidente Hipólito Yrigoyen. “Algún día estas cosas volverán a estar en su lugar”, había sido su premonición. Se cumpliría apenas 86 años más tarde.
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