José Agustín Marozzi fue obispo de Resistencia, Chaco, de 1957 a 1984 (Imagen: Enrique Breccia)
José Agustín Marozzi fue obispo de Resistencia, Chaco, de 1957 a 1984 (Imagen: Enrique Breccia)

José Agustín Marozzi era el obispo de Resistencia, en los años de mi infancia y adolescencia. Era visto como un hombre muy conservador, de esos para los cuales "ecumenismo" sonaba a "comunismo", como decía medio en broma medio en serio mi padre que, como pastor protestante, había tenido algunos roces con él. Mi padre tenía una fuerte vocación por la unidad entre cristianos. Algunas iniciativas de trabajo conjunto surgidas entre pastores evangélicos y sacerdotes católicos chocaban con la oposición del obispo.

De modo que me crié escuchando renegar contra "Monseñor Marozzi", sin imaginar -menos aún lo imaginaría mi padre- que nuestros destinos se cruzarían con los de este sacerdote de una manera inesperadamente benéfica para mi familia.

Eran los tiempos en que la Iglesia Católica estaba atravesada por las polémicas en torno a la Teología de la Liberación y el movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. Las posiciones se polarizaban, como en toda la sociedad. No había espacio para los grises, para el diálogo, para la concordancia; se estigmatizaba al adversario. Monseñor Marozzi, para los cánones del momento, era un conservador, un retrógrado.

La Catedral de Resistencia
La Catedral de Resistencia

Sin embargo, en momentos muy duros para tanta gente, actuó como un verdadero pastor. Poco antes del golpe de Estado, algunas presas políticas alojadas en la cárcel provincial de mujeres -la Alcaidía de Resistencia– tuvieron la feliz idea de escribirle al obispo pidiéndole asistencia espiritual. Detrás de eso, había un motivo más urgente. Se veía venir el golpe y temían un endurecimiento mayor de las condiciones de encarcelamiento.

Fue premonitorio. La Alcaidía, y también la Unidad Penal N°7 de Resistencia -de régimen federal era exclusivamente de varones-, fueron totalmente incomunicadas. Para los presos políticos no había visitas, ni cartas, ni diarios. Ninguna comunicación con el exterior.

Excepto la misa que, por pedido de las presas políticas, oficiaba monseñor José Agustín Marozzi todos los sábados a la mañana en el comedor de la cárcel provincial de mujeres.

Cuando los militares me detuvieron en mi casa -en la madrugada del 17 de mayo de 1976-, por mi militancia en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), a mis padres, como pasó por entonces con tantas familias, el mundo se les vino abajo. La principal preocupación y ocupación fue tratar de verme, de que me devolvieran la libertad, apelar a todo contacto posible…

A los diez días de mi arresto, fui trasladada a la Alcaidía donde, como dije, la incomunicación era total. Lo primero que me dijeron las compañeras fue que ese sábado yo tenía que hablar con el obispo para pedirle que les avisara a mis padres que estaba allí.

"No puedo hacer eso, Marozzi detesta a mi padre". Ellas insistieron.

No recuerdo qué día de la semana llegué, pero sí que hasta el sábado no terminaba de decidirme; en realidad, no me animaba. Jamás había hablado con Marozzi, sólo lo conocía de nombre. Era muy chica y temía que me reprendiera.

Pero llegó el sábado y las compañeras, casi todas, si no todas, mayores que yo, me insistieron: tenía que hablar con él. La cosa era así: Marozzi venía con otro sacerdote que, mientras él oficiaba la misa, confesaba a las que desearan hacerlo. Al terminar la ceremonia, todas se abalanzaban sobre el obispo que entonces sacaba papelitos de los pliegues de su sotana donde anotaba los mensajes. "Fulanita, tus padres vinieron a verme ayer, están muy bien, te mandan saludos. ¿Qué les digo?" Y así con cada una.

Yo tenía un nudo en la garganta. Entre la ansiedad y la timidez, tenía que hacer un esfuerzo enorme para no lagrimear. Las compañeras prácticamente me empujaron, "hablále ahora".

"Monseñor… quisiera saber si puede avisarles a mis padres que estoy acá…"

"¿Cuál es tu nombre, hija?"

"Claudia Peiró…"

"Ah, sí -me interrumpió-, tus padres ya vinieron a verme, sí, sí, estuve con ellos…"

Otros familiares con los que se encontraban en cada cola, en cada trámite, en cada espera sufriente, les habrían pasado el dato: había que hablar con el obispo

Para ese momento yo ya lloraba a mares imaginando a mi padre, desesperado, sin importarle nada de las querellas pasadas, golpeando junto con mi madre la puerta de la Curia, porque seguramente otros familiares con los que se encontraban en cada cola, en cada trámite, en cada espera sufriente, les habrían pasado el dato.

Y así, cada sábado, después de misa, monseñor Marozzi transmitía los mensajes familiares y anotaba los nuestros. En la semana atendía a las familias, personalmente a veces, por teléfono en otras ocasiones. Algunos incluso se comunicaban por carta, porque había presos de otras provincias. Y además llevaba mensajes de un sector a otro, porque también había varones en la Alcaidía, entre ellos, novios, esposos o simplemente amigos de algunas detenidas.

El “conservador” Marozzi visitaba las cárceles, en un tiempo difícil, sin hacer ninguna discriminación con los presos políticos con cuyas ideas no comulgaba para nada

Así, el conservador Marozzi visitaba las cárceles, en un tiempo difícil, sin hacer ninguna discriminación con los presos políticos con cuyas ideas no comulgaba para nada, por supuesto. No hizo ninguna discriminación conmigo, ni puso objeciones a que yo participara de la misa. Fue nuestro nexo con el mundo en condiciones de aislamiento total. Aprendí que no se debe juzgar a las personas por sus ideas políticas.

También hizo su pequeño "milagro" en aquella cárcel: un poco antes del 15 de agosto (Asunción de María) todas las presas peregrinamos con la imagen de la Virgen por el patio del penal… Se lo debíamos y no faltó ninguna. Practicamos ese himno que dice "oh María, Madre mía, oh consuelo del mortal…".

La escena tuvo algo de fellinesco. Hoy diríamos almodovariano. Pero también fue emotiva. No podíamos decirle a Marozzi que no, y él estaba feliz, con su pequeña grey carcelaria.

Pero el diablo metió la cola, como suele pasar.

El obispo estaba tan compenetrado con nuestra causa humana, tan conmovido por los dramas que veía -imagino cuántas madres habrán llorado frente a él-, que quería ayudarnos. Se enteró de que en agosto venía Jorge Rafael Videla de visita a Resistencia.

El dictador Jorge Videla, de visita en el Chaco (agosto de 1976)
El dictador Jorge Videla, de visita en el Chaco (agosto de 1976)

Nos dijo: "Voy a pedirle que levante la incomunicación para que puedan ver a sus familias".

Ingenuo él e inconscientes nosotras que no olimos el peligro. Lo cierto es que no teníamos plena conciencia de lo que se estaba viviendo afuera. Hasta creíamos que su gestión podía ser exitosa.

El sábado siguiente a la visita de Videla, monseñor Marozzi vino como siempre a dar la misa. Pero esta vez la cosa no terminaría bien.

En mitad de la ceremonia, empezaron a entrar soldados al comedor, que tenía esos pasillos elevados como balcones internos a lo largo de todas las paredes, típicos de las cárceles y que se usan justamente para vigilar a los presos. Los soldados se fueron ubicando a lo largo de ese pasillo, en una clara actitud intimidatoria. El pobre Marozzi intentaba seguir oficiando pero los nervios lo traicionaban y hasta creo que repitió partes de la ceremonia.

Hacia el final, un grupo de uniformados encabezados por el Alcaide, entraron por una puerta lateral, cerca de donde estaba levantado el altar.

Marozzi nos miraba alarmado y como diciendo: "Hoy no se acerquen, por favor".

Apenas terminó la misa, el Alcaide se le acercó y lo tomó del brazo: "¿Me acompaña, Monseñor?"

Creímos que lo llevaban detenido. Los militares eran muy capaces. Eran capaces de cualquier cosa. Pasamos varios días en la incertidumbre. Un tiempo después supimos lo que había pasado.

¡¿Cómo que las ‘subversivas’ van a misa?!

Videla no recibió a Marozzi, obviamente. Pero sí lo hizo otro general, no recuerdo quién. ¡¿Cómo que las "subversivas" van a misa?! ¡¿Y encima el obispo se atreve a interceder por ellas?!

Chau, el resultado fue el opuesto al que esperaba Marozzi, que se jugó por nosotras y hasta puso en peligro su libertad y su integridad física. Tenía casi 70 años por entonces y el shock no le habrá sido gratuito.

Lo intimidaron como para hacerle sentir el rigor: para comunicarle que no podía venir más a misa por poco ocuparon militarmente el penal.

Sabemos que la actitud de la jerarquía eclesiástica no fue uniforme: pero mientras algunos miraron para otro lado y hasta fueron conniventes, varios obispos y sacerdotes actuaron como verdaderos pastores, movidos por esa misericordia que siempre invoca el Papa Francisco, llegando algunos hasta el martirio por servir.

Otro ejemplo en el Chaco fue el del capellán de la Unidad Penal N°7, Elvio Brissaboa, quien también ofició de nexo entre los presos políticos y sus familias, y que siempre es recordado y homenajeado por ellos.

La U7, la cárcel federal de Resistencia
La U7, la cárcel federal de Resistencia

Monseñor Marozzi había nacido en Santa Fe. A los 54 años, fue unos de los obispos argentinos que asistió al Concilio Vaticano II. Dejó la diócesis de Resistencia en el año 1984. Murió en agosto del año 2000.

En el juicio a los militares que perpetraron la llamada "Masacre de Margarita Belén", por el nombre de la localidad del interior del Chaco donde en diciembre de 1976 fueron fusilados varios presos sacados de la U7, un ex detenido, Jorge Migueles, recordó a Marozzi y al obispo de Goya, Alberto Devoto, que también se jugó el pellejo por él y por otros presos: "Sostengo que su intervención (la de Devoto) y la del entonces obispo de Resistencia, José Agustín Marozzi, me salvaron la vida".

Dios los tenga en la gloria.

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