
En la edición francesa de Forbes, el doctor Denys Coester, anestesiólogo y especialista en longevidad escribió una tribuna para responder a la pregunta de si la Inteligencia Artificial va a deshumanizar la medicina.
Lejos de los pronósticos agoreros de muchos, su perspectiva es optimista: en respuesta a los temores de muchos, él sostiene que la IA, “bien usada”, puede contribuir a una mayor humanidad en la relación médico paciente.
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Lo sintetiza en tres puntos: la IA permite liberar al médico de tareas administrativas que consumen mucho tiempo; también puede mejorar la precisión de los diagnósticos; y puede brindar acompañamiento al paciente entre consulta y consulta.
Frente a quienes ven en la IA una amenaza para las relaciones humanas, Denys Coester sostiene que, lejos de sustituir al médico, puede potenciar su rol.
Hace tiempo ya que la inteligencia artificial está presente en la medicina. Es un auxiliar poderoso pero despierta temores: en especial, el de un mundo deshumanizado, el de un mayor control, el riesgo de errores y la sustitución del médico por un algoritmo inhumano.
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Sin embargo, Denys Coester, que se define como “apasionado por la medicina del futuro y la longevidad”, dice que lo que viene en realidad “no es una desaparición de la relación humana sino su reinvención”.

La IA puede aliviar al médico de un rol que el paciente desconoce en buena medida: todo el papeleo interminable y repetitivo que roba buena parte de su tiempo, ese que podría emplear en una mejor atención y escucha de la persona. Sobre todo en el terreno de la longevidad en el que los casos son largos, complejos y los pacientes más necesitados de acompañamiento humano.
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“Suele decirse que el estetoscopio transformó la medicina al ofrecer al médico un oído más fino. La inteligencia artificial hace lo mismo, pero a una escala mucho más amplia. Amplía las capacidades cognitivas, analíticas y diagnósticas del médico, permitiéndole identificar lo que el examen clínico y el cerebro humano, por sí solos, ya no pueden detectar”, escribe Denys Coester. Cita ejemplos de lo que la IA puede hacer antes o mejor que el médico: detectar anomalías de la retina y reconocer un melanoma en la piel, y puede leer mucho mejor las resonancias.
Para Coester esto es especialmente cierto en geriatría, porque el médico no se limita a revisar un sólo órgano o a tratar una sola patología, sino que debe analizar un amplio conjunto de datos: análisis de sangre, perfiles inflamatorios, marcadores metabólicos, signos de envejecimiento biológico y hasta hábitos de vida. “Ahora bien —dice Coester—, el cerebro no está diseñado para tratar tanta información simultáneamente, ni para relacionar variables heterogéneas con el mismo rigor que un algoritmo bien entrenado”.
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“Es ahí precisamente que la IA se convierte en un aliado”, sostiene y asegura que utiliza la IA en esos casos pero no para delegar la decisión sino para enriquecerla, ampliar la perspectiva, ofrecer una segunda opinión.
La IA no es una inteligencia superior a la del médico, aclara. Es “una inteligencia complementaria, capaz de transformar la intuición clínica en un proceso más esclarecido, más riguroso, más completo, no actúa en lugar del médico sino con el médico”.
Todos los médicos se quejan del tiempo que les lleva completar trámites, porque, señala Coester, la medicina moderna los aleja del paciente. En la consulta, la pantalla domina, las casillas que debe completar, los informes a redactar y los protocolos que hay que validar. Todo eso implica una sobrecarga de trabajo para el profesional.
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Ya existen herramientas de IA que pueden escuchar una consulta, generar un informe médico, un tratamiento y órdenes. Luego el médico relee, corrige y valida o no. Pero puede concentrarse en su paciente y no en la computadora, explica Coester.
Y subraya que en la consulta geriátrica “permite conservar la complejidad sin sacrificar la presencia”.

Este médico también imagina el futuro. Por ejemplo, debate con especialistas en tecnología sobre la posibilidad de que cada médico tenga un asistente virtual personal que, alimentado por su estilo de atención y sus recomendaciones más habituales, podría responder a preguntas de los pacientes entre dos citas o recordarles detalles de sus tratamientos. No sustituye al médico pero prolonga el vínculo, lo adapta al día a día.
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En la medicina de la longevidad, dice Coester, el acompañamiento es clave. Con frecuencia, lo que el médico prescribe son cambios de hábitos, un verdadero desafío para el paciente, la que una vez que deja el consultorio le cuesta sostener. Sin acompañamiento, es muy posible que se pierda la motivación. Es ahí donde la IA “puede abrir un nuevo campo”, dice el especialista, el del “coach digital personalizado”.
Hay aplicaciones enriquecidas con IA que permiten al paciente seguir sus valores, entender los resultados de sus estudios, recibir alertas y consejos diarios, incluso aliento.
“Se trataría de un compañero de cuidados”, dice.
La IA ayuda incluso a los pacientes a formular mejor sus preguntas y llegar bien preparados a la consulta.
Esa herramienta ideal que Coester imagina todavía es proyecto. Aún no hay soluciones que integran la complejidad de una medicina preventiva y personalizada. Hay que diseñarlas y eso debe hacerse con los médicos. “La IA debe nutrirse de la práctica del médico, adaptarse a su filosofía, comprender el lenguaje de sus pacientes”, dice. Por eso las herramientas exitosas serán las que se construyan junto con los profesionales.
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Concluye entonces que la IA en medicina no debe ser vista como una amenaza, sino como una oportunidad, porque puede devolverle tiempo y espacio.
“En el área exigente y apasionante de la longevidad, en el que cada recorrido es único, cada detalle, precios, esta alianza entre la IA y la intuición humana abre perspectivas inéditas —escribe—. Una medicina aumentada, sí, pero sobre todo una medicina rehumanizada”.
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