
El deseo de detener el reloj es tan antiguo como la humanidad misma, pero a mediados del siglo XX, una mujer rumana pareció encontrar la llave maestra. Ana Aslan, una médica cuya determinación la llevó a enfrentarse a su propia familia y a los prejuicios de una época profundamente machista, no solo revolucionó el campo de la geriatría, sino que convirtió a Bucarest en el centro de peregrinación de la élite mundial. Desde presidentes de grandes potencias hasta iconos del cine de Hollywood, todos buscaban lo mismo: el Gerovital H3.
Una voluntad de hierro
Nacida en Braila el primer día de 1897, Ana Aslan fue la menor de cuatro hermanos en una familia de intelectuales. Su precocidad era evidente: aprendió a leer y escribir a los cuatro años. Sin embargo, la tragedia la golpeó temprano. Con apenas 13 años perdió a su padre, lo que obligó a la familia a trasladarse a Bucarest. Fue esta pérdida la que sembró en ella la semilla del interés por la medicina.
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Aunque inicialmente soñaba con ser piloto de avión, su vocación de servicio terminó ganando la partida. El camino no fue fácil. Su madre se oponía radicalmente a que estudiara medicina. Lejos de rendirse, la joven Ana inició una huelga de hambre hasta que finalmente consiguió el permiso para matricularse en 1915.
Su formación fue forjada en el fuego de la Primera Guerra Mundial, cuando trabajó incansablemente como enfermera cuidando a soldados en los hospitales militares de Iaşi. Tras graduarse en 1922 y doctorarse en fisiología cardiovascular en 1924, comenzó una carrera meteórica que la llevaría a ser jefa de sección en el Instituto de Endocrinología de Bucarest en 1949, el verdadero punto de partida de su obsesión por el envejecimiento.
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De la anestesia a la regeneración
El descubrimiento que cambiaría su vida —y la de miles de personas— ocurrió mientras experimentaba con la procaína, un anestésico local comúnmente utilizado por dentistas. Aslan observó algo inusual cuando aplicó esta sustancia a un estudiante que sufría de artrosis y estaba postrado en cama: no solo se alivió el dolor, sino que su estado general mejoró y el paciente pareció rejuvenecer.
La científica intuyó que la procaína no solo bloqueaba la conducción nerviosa, sino que actuaba a nivel celular como una especie de vitamina. Tras años de investigación en residencias geriátricas, perfeccionó una fórmula que combinaba la procaína con otros ingredientes para estabilizarla y potenciar sus efectos. Así nació el Gerovital H3 en 1952.
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Según los estudios de Aslan, este compuesto era capaz de reparar y regenerar células dañadas o envejecidas, mejorar la función circulatoria y la flexibilidad de la piel, reducir síntomas de enfermedades como el Parkinson, la artritis y la depresión, aumentar la capacidad pulmonar y la potencia muscular y potenciar la memoria y las capacidades intelectuales. Casi una poción mágica.
Los pacientes ilustres de Bucarest
Lo que comenzó como un tratamiento para excombatientes de la Segunda Guerra Mundial por encargo del gobierno rumano pronto se filtró a las altas esferas internacionales. La fama del Gerovital H3 se extendió como la pólvora, y Ana Aslan se convirtió en la doctora de los poderosos.
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Es difícil encontrar otra figura en la historia de la medicina que haya tenido una lista de pacientes tan ecléctica y poderosa. El Instituto de Geriatría y Gerontología de Bucarest, fundado por ella en 1958, recibió a personajes que definieron el siglo XX.

En plena Guerra Fría, el Gerovital parecía ser lo único capaz de saltar la Cortina de Hierro. Entre sus pacientes se encontraban: John F. Kennedy, Charles de Gaulle, Nikita Jruschov, Mao Zedong, Wallis Simpson e incluso Francisco Franco, quien facilitó que Aslan abriera un centro en España en 1981.
El mundo del espectáculo no fue ajeno a la promesa de la eterna juventud. Figuras como Marlene Dietrich, Charles Chaplin, Marilyn Monroe y Sylvester Stallone apelaron a sus tratamientos. En el ámbito artístico, Salvador Dalí y Pablo Picasso también se pusieron en manos de la doctora Aslan, buscando quizás prolongar su creatividad a través de la vitalidad física. Incluso la literatura estuvo presente con el poeta Pablo Neruda y el Nobel Miguel Ángel Asturias.
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La doctora Aslan había alcanzado la categoría de mito. Cierto misterio que rodeaba a sus tratamientos —secreto favorecido por el hecho de que Rumania, aunque con cierta autonomía, no dejaba de ser un país de la órbita soviética— y el hecho de que estuvieran reservados a una elite agregaban atractivo al personaje.
La pionera de las terapias de longevidad recorrió el mundo ya que su fama era planetaria y nadie quería privarse de conocerla. La Argentina no fue excepción. Ana Aslan visitó nuestro país en 1973.

¿Ciencia o espejismo?
A pesar de su éxito social y los numerosos galardones recibidos —incluyendo el premio León Bernard de la Organización Mundial de la Salud—, la comunidad científica internacional siempre miró a Aslan con recelo. Sus colegas más críticos la llamaban despectivamente “la Fausto con faldas”, sugiriendo que su tratamiento era más un mito que una realidad científica sólida.
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La polémica alcanzó su punto álgido en la década de los 80. En 1982, la FDA (Administración de Alimentos y Medicamentos de EEUU) prohibió la importación y comercialización del Gerovital. Las investigaciones en territorio estadounidense concluyeron que, si bien el fármaco podía tener efectos beneficiosos contra la depresión (al actuar como un inhibidor de la monoamino oxidasa), no había pruebas concluyentes de que realmente retrasara el envejecimiento orgánico.
Además, se reportaron efectos secundarios adversos en algunos pacientes, como bajadas de presión arterial, convulsiones y dificultades respiratorias. Muchos científicos consideraron que el Gerovital fue una “ilusión” similar a tantos otros remedios que prometían ser la panacea y terminaban teniendo aplicaciones muy limitadas.
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Un legado que persiste
A pesar de las sombras y las prohibiciones —su venta sigue estando prohibida en varios países—, el impacto de Ana Aslan es innegable. En 1976, en colaboración con Elena Polovrăgeanu, lanzó el Aslavital, un producto destinado específicamente a paliar los efectos de la edad sobre la piel, que fue patentado y fabricado industrialmente.
Incluso colaboró en proyectos internacionales, como el trabajo realizado en Cuba en 1977 para desarrollar el programa “Longevidad con Calidad”, un secreto de Estado destinado a los dirigentes de los países socialistas.
Ana Aslan falleció en 1988, a los 91 años de edad, habiendo vivido casi un siglo y manteniendo hasta el final su convicción de que la vejez no debía ser una etapa de invalidez, sino un proceso que podía gestionarse con dignidad y salud.
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Su figura sigue siendo la de una adelantada que, en un mundo que apartaba a los ancianos, logró construir un imperio basado en la esperanza. Quizás el Gerovital no fuera la fuente de la juventud eterna que los famosos anhelaban, pero la labor de Aslan puso los cimientos de la gerontología moderna. Y dejó sentado que la calidad de vida en los años dorados es un campo de estudio tan vital como cualquier otro en la medicina.
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