
No todos los almacenes de campo fueron iguales, ni cumplieron el mismo rol. Algunos sobrevivieron como postales; otros, como negocios reconvertidos. El Almacén de Ramos Generales La Paz fue durante décadas algo distinto: el único punto de abastecimiento entre Lobos y Saladillo, un paso obligado en la pampa cuando todavía no había rutas asfaltadas ni compras semanales planificadas.
Para entender qué fue —y qué sigue siendo— ese edificio de ladrillos altos en medio del campo, hace falta algo más que una fecha de fundación: hace falta reconstruir cómo funcionaba el territorio.
La historia del Almacén La Paz hoy se cuenta a través de Julián Gómez, tercera generación al frente del negocio familiar. No llegó al mostrador por herencia simbólica sino por continuidad: se crio entre estantes, aprendió a caminar sobre el piso de baldosas y creció escuchando las mismas conversaciones que durante décadas ordenaron la vida social del paraje.

“El almacén se fundó en 1859”, precisa Julián cuando empieza a ordenar la historia. En ese momento, en la zona no había otra cosa: un verdadero almacén de ramos generales donde se acopiaba cereal y se vendía desde herramientas y armas hasta carruajes.
Su función excedía largamente la lógica comercial actual. “Era como un minishopping en el medio del campo”, resume, sin exageración anacrónica. El edificio, alto y de grandes dimensiones, introdujo una ruptura en el paisaje: frente a los ranchos de adobe, la construcción de ladrillo marcó una novedad arquitectónica y social.

Antes del almacén existió una pulpería, fundada en 1832, que todavía permanece en pie, aunque muy deteriorada. Allí se gestó el núcleo original del negocio, que más tarde se consolidó con la apertura formal del almacén.
La primera firma fue Blanco, Sasali y Compañía; luego se sucedieron distintos propietarios hasta que llegó la familia Gómez. El abuelo de Julián, Justo, había emigrado desde Burgos, España con apenas 13 años, trabajó como peón en una chacra cercana y, con el tiempo, logró alquilar el local. Más adelante, junto a su esposa, compró el almacén y continuó con una actividad que ya llevaba décadas articulando la vida del lugar.

Aunque el nombre formal es Almacén de Ramos Generales La Paz, en la zona casi nadie lo llama así. Desde mediados del siglo XX pasó a ser, simplemente, ‘el de la Chola’. Valentina Gómez —conocida por todos con ese apodo— atendió el mostrador durante casi ochenta años, desde la adolescencia hasta pocos meses antes de su muerte, en 2019.

Su presencia fue tan constante que terminó desplazando al nombre original del edificio: no se iba al almacén, se iba a lo de la Chola. El uso cotidiano fijó una identidad que no responde al marketing ni a la nostalgia, sino a una práctica sostenida en el tiempo.
El Almacén en el corazón de la Pampa Húmeda
La centralidad del almacén no fue una casualidad ni un mérito arquitectónico. La Paz quedaba sobre un eje de circulación rural que conectaba estancias, chacras y puestos dispersos en una llanura sin centros urbanos cercanos.

Antes de la llegada del ferrocarril y mucho antes del automóvil, el tránsito era lento y planificado en función del agua, el descanso de los animales y la posibilidad de reabastecerse. En ese contexto, el almacén cumplía una función múltiple: concentraba mercadería, oficios, noticias y vínculos sociales.
“En 1932 mi familia se hizo cargo del negocio como dueños”, dice Julián, y vuelve sobre esa fecha como quien fija un punto de apoyo. Hasta entonces habían trabajado allí como empleados y en distintas sociedades, pero ese año marcó un quiebre. El almacén ya tenía una estructura consolidada y un nombre en la zona. “Ahí ya estaba todo armado”, resume. Para entonces, el paraje La Paz formaba parte de un entramado rural activo.

El cambio de manos coincidió con una etapa de expansión del partido de Roque Pérez, que desde fines del siglo XIX había comenzado a organizarse alrededor del ferrocarril, las casas de comercio y las instituciones culturales.
La estación, inaugurada en 1884 sobre la traza del Ferrocarril Sud, había consolidado un polo comercial que en las primeras décadas del siglo XX llegó a concentrar decenas de negocios, hoteles y fábricas. En uno de los estantes de la antigua oficina hay fotocopia de la autorización firmada a mano por Juan Manuel de Rosas en 1832 con el permiso para abrir una pulpería. Parte de la historia de la provincia en un papel.

Es que el almacén funcionaba como extensión natural de ese crecimiento hacia el campo. “Esto no era un lugar aislado”, aclara Julián. “Había movimiento, había gente, había producción, y todo pasaba por acá”. El almacén no competía con el pueblo: lo complementaba.
Los clientes y la vida social
Los clientes habituales eran las chacras de la zona, cuando el campo todavía empujaba fuerte. Julián señala el paisaje actual y marca el contraste: “Hoy recorrés esto y ves taperas; en cada monte había un rancho y una familia”. Eran explotaciones chicas, de quince, veinte o cuarenta hectáreas, donde la producción se entregaba en el almacén y la mercadería se retiraba a cuenta.

Una vez por año se hacía el balance: si quedaba plata a favor o si se seguía debiendo. El sistema funcionaba porque había confianza y cercanía. Antes del mediodía, además, el almacén se convertía en punto de encuentro: el vermú, una charla sin apuro, el cruce de noticias. “Si no te veían acá, no te veían en ningún lado”, resume. En un territorio disperso y sin otros espacios de socialización, el almacén cumplía un rol que iba mucho más allá del intercambio comercial.
Ese rol se hacía visible más allá del mostrador. “No era solo venir a comprar”, dice Julián. En el predio había dos canchas de fútbol, dos de bochas y una cancha de paleta que todavía se conserva, aunque con el piso gastado por el uso y el paso del tiempo.

Allí se armaban partidos, encuentros y conversaciones que no tenían otro lugar posible. En una zona donde las distancias eran largas y las casas estaban dispersas, el almacén funcionaba como punto de reunión y pertenencia. “Si no te veían acá, no te veían en ningún lado”, dice. En esos espacios —entre el deporte, la charla y el intercambio cotidiano— el Almacén La Paz terminó de consolidarse como una institución, antes que como un comercio.
Las migraciones del campo a la ciudad y el impacto en el almacén
“Mi papá y mi tía fueron los que llevaron adelante el almacén, pero ya con menos movimiento”, cuenta Julián. El cambio no fue abrupto, fue lento y persistente. Las familias del campo comenzaron a irse, los chicos se iban a estudiar y no volvían, y las chacras pequeñas dejaron de ser sostenibles.

“Antes con quince o veinte hectáreas una familia vivía perfectamente; después lo económico ya no servía”. Las tierras se concentraron, las estancias crecieron y el paisaje se vació. A eso se sumaron los supermercados y el auto propio: la compra semanal en el pueblo reemplazó al fiado del almacén.
“El almacén quedó para la urgencia”, resume, y con esa palabra alcanza para explicar por qué tantos boliches rurales desaparecieron.
La historia familiar corre en paralelo a ese proceso. “Mi abuelo vino de España con un baúl nada más”, dice Julián. Acá conoció a Isolina Zampelungue, y tuvieron ocho hijos. Dos de ellos quedaron ligados para siempre al almacén: su padre, Justo Agustín Gómez, y su tía Valentina, conocida por todos como la Chola. Ella nunca se fue, vivió siempre en la casa paterna.

Su padre formó familia con Amelia Camerusi y tuvieron dos hijos: Julián Andrés y Agustina Anabela. “Somos nosotros los que estamos la tercera generación al frente del almacén”.
La cuarta ya está nombrada: Genaro Agustín, su hijo; Justo y Mateo, los hijos de su hermana. Los nombres, las iniciales, la continuidad como una forma de herencia.
Hoy, Julián y su hermana sostienen el lugar entre trabajos, obligaciones y una decisión que no es menor: restaurarlo. “Yo me crié en el almacén, aprendí a caminar acá adentro. Para mí es todo”.

Están cambiando el techo completo, respetando la estructura original, con un costo alto que afrontan con esfuerzo, eventos y actividades. La idea es clara: que no se venga abajo, que siga en pie, que vuelva a abrir.
El almacén funciona también como museo: objetos guardados durante décadas por una familia que nunca tiró nada. “Hay cosas superviejas, superañejas, muy dignas de ver”. No es solo un edificio: es una forma de vida que insiste, aun cuando el campo alrededor ya no es el mismo.
Presente y futuro de los almacenes y una fiesta regional
Julián mira hacia adelante sin grandilocuencia. “Yo el almacén me lo imagino en un futuro siempre trabajando, haciendo algo, y está la cuarta generación”. Habla mientras su hijo de tres años se mueve cerca.
También están los sobrinos, de cuatro y de doce. “Van a ser ellos los responsables de seguir con esto”. No lo dice como una carga sino como una continuidad natural: los chicos crecen jugando en el almacén, respirando ese amor heredado.

“Maman el amor que nosotros sentimos por este lugar”, dice, convencido de que la tradición no se impone, se transmite. “Yo lo veo a mi hijo y a mis sobrinos siguiendo con esta historia”.
Cada primera semana de enero, Roque Pérez organiza su fiesta anual más importante: La Noche de los Almacenes. El distrito bonaerense, que concentra la mayor cantidad de almacenes y restaurantes de campo del país, convierte esa singularidad en un recorrido nocturno que reactiva pueblos, caminos rurales y edificios históricos.

Este sábado 3 de enero se realizará la 12ª edición de esta celebración nacida con el objetivo de revalorizar los antiguos almacenes de ramos generales y pulperías. Bajo el cielo abierto y entre caminos de tierra, cada espacio abre sus puertas para compartir historia, comida y una identidad ligada al mundo rural.
En ese marco, para Julián la festividad tiene un sentido particular. “Es como retroceder en el tiempo”, dice. Para él no es solo una fiesta, sino la recreación de los fines de semana de mayor auge del almacén, aquellos que su padre le describía, cuando la gente ocupaba cada rincón y no había lugar ni para jugar a la paleta.

La vive desde un lugar distinto: “Yo soy dueño de este espacio, la fiesta la hago en mi casa”. Ser anfitrión implica otra responsabilidad. Conoce cada historia, cada marca del tiempo. “Yo tomaba la leche arriba del mostrador cuando era chico”, recuerda, y ese vínculo íntimo le da a la celebración un valor difícil de trasladar a otros escenarios.
La fiesta también modificó el destino material del edificio. Gracias a los eventos y a esta celebración anual, el almacén empezó a recuperar lo que el tiempo había deteriorado. “Se nos venía abajo”, dice sin rodeos.
El techo se llovía, el agua entraba por todos lados. Hoy avanzan con una restauración compleja, hecha como era originalmente, con mayor costo y más mano de obra.
“Lo vivimos con mucha alegría, pero también con mucha responsabilidad, para que la gente la pase bien y se lleve un buen recuerdo de este lugar”. No es solo una mejora edilicia: es la posibilidad concreta de que el almacén siga en pie.
El interior permanece intacto desde su fundación. El mostrador amurado, los estantes incorporados a la pared, la tienda en su lugar, el escritorio contable con sus libros pesados escritos a pluma.

Nada fue reemplazado. La decisión es conservar sin alterar, mantener abierta una escena que permite entender por qué estos almacenes fueron, durante décadas, centros económicos, sociales y culturales del campo bonaerense.
En ese cruce entre memoria familiar y vida comunitaria, el almacén sigue en pie no como una reliquia, sino como un espacio vivo. Porque el pasado del campo bonaerense todavía encuentra forma de futuro.
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