La pista de hielo del Rockefeller Center, situada entre las calles 49 y 50 en Manhattan, se ha consolidado durante más de noventa años como uno de los símbolos más reconocibles de la Navidad en Nueva York. Este espacio, que cada temporada invernal se convierte en punto de encuentro para locales y visitantes, representa la tradición neoyorquina y la celebración colectiva bajo el emblemático árbol de Navidad y la escultura dorada de Prometeo.
Su historia, marcada por la adaptación y la permanencia, la ha transformado en un referente cultural tanto para la ciudad como para quienes la visitan desde todo el mundo.
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El origen de la pista se remonta a la Gran Depresión, cuando el Rockefeller Center, concebido por John D. Rockefeller Jr. entre 1931 y 1939, enfrentó dificultades para atraer comercios a su plaza hundida. Ante el fracaso comercial, los desarrolladores recurrieron a una solución innovadora: instalar una pista de hielo artificial al aire libre, idea importada de Cleveland.
La inauguración, el 25 de diciembre de 1936, resultó un éxito inmediato. Según el historiador Daniel Okrent, la novedad de patinar en un espacio público y ser observado por los transeúntes cautivó a los neoyorquinos, quienes no dudaron en pagar por la experiencia.
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En las décadas siguientes, la pista se consolidó como escenario de espectáculos y celebraciones, con figuras como la campeona olímpica Sonia Henie organizando presentaciones en los años cuarenta.
A lo largo de los años, la pista ha sumado elementos icónicos que refuerzan su identidad. La escultura de Prometeo, obra de Paul Manship, restaurada y regildada en 2023, preside el espacio y se ha convertido en un punto de referencia visual.
El árbol de Navidad, un abeto noruego de 23 metros adornado con 50.000 luces LED, se erige cada diciembre como epicentro de las festividades. Doce ángeles de alambre, creados por Valerie Clarebout en 1955, enmarcan la pista y dirigen sus trompetas hacia el árbol, completando el paisaje invernal.
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En tanto, las renovaciones recientes, como la incorporación de una tienda de recuerdos y chalets calefaccionados en 2022, han modernizado el entorno, aunque persiste la nostalgia por el antiguo “skate house”, recordado por su ambiente familiar y desordenado.
La comunidad que gira en torno a la pista es tan diversa como entrañable. Nelson Corporan, responsable de operar la máquina que mantiene el hielo, ha dedicado 36 años a este trabajo y ha transmitido la tradición a sus hijos, quienes continúan patinando ya adultos.
Entre los habituales destaca Gail Kennedy, artista y diseñadora, quien describe la experiencia como una liberación: “Te liberas, solo patinas y patinas, y en Navidad, es el centro del mundo”. Su pareja, Joey La Forgia, eligió la pista para pedirle matrimonio, convencido de que no existía un lugar más emblemático para ese momento.
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En el pasado, la pista estaba flanqueada por cafeterías con fachadas de cristal, donde los niños se lucían ante los comensales antes de disfrutar de un chocolate caliente, y las patinadoras vestían faldas de lana, evocando una época de elegancia y camaradería.
El valor simbólico de la pista se ha visto reforzado por la presencia de celebridades a lo largo de su historia. Personalidades como Jacqueline Kennedy Onassis, Lucille Ball y el compositor Philip Glass, quien celebró su cumpleaños en la pista en 2022, han contribuido a su prestigio.
La tradición del patinaje en Nueva York, sin embargo, es anterior a la pista del Rockefeller Center: ya en el siglo XVII, colonos holandeses e ingleses patinaban sobre estanques congelados, y en el siglo XIX existían pistas en Central Park y el Madison Square Garden.
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A pesar de la competencia y los cambios urbanos, la pista del Rockefeller Center ha mantenido su estatus como epicentro de la vida invernal de la ciudad.
En la actualidad, la pista abre sus puertas de octubre a marzo, con sesiones de una hora disponibles desde las siete de la mañana hasta la una de la madrugada. Las reservas pueden realizarse en línea, y los visitantes disponen de servicios adicionales como chalets privados y una tienda de recuerdos. Estas innovaciones han permitido que la pista se adapte a las nuevas demandas sin perder su esencia, manteniéndose como un espacio donde la tradición y la modernidad conviven.
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Cada invierno, la pista de hielo del Rockefeller Center resplandece en el corazón de Manhattan, invitando a nuevas generaciones a sumarse a una costumbre que, lejos de desvanecerse, se reinventa y permanece en la memoria colectiva de la ciudad.
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