
En 1867, el imperio ruso concretó la venta de Alaska a Estados Unidos por 7,2 millones de dólares. Este episodio, uno de los hitos históricos menos conocidos del continente americano, dejó una huella persistente tanto en la geografía como en las relaciones diplomáticas de ambas potencias.
El acuerdo se celebró durante el gobierno del zar Alejandro II y, aunque hoy se asocia al territorio con su riqueza petrolera, en esos años Alaska representaba para Rusia una carga económica y estratégica.
La presencia rusa en Alaska se remonta al siglo XVIII, cuando comerciantes y aventureros, atraídos por la rentabilidad de las pieles de nutria marina, cruzaron Siberia hasta llegar a las costas americanas del norte.
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Esta fiebre originó la fundación de la Compañía Ruso-Americana, a la que la emperatriz Catalina la Grande había otorgado un monopolio para administrar y explotar el territorio. El comerciante Alexander Baranov consolidó el dominio ruso en la región y sofocó con violencia la resistencia de pueblos originarios como los tlingit, quienes lo apodaron “Sin Corazón”.
A la llegada de comerciantes les siguieron sacerdotes ortodoxos rusos, quienes fundaron misiones y levantaron iglesias con domos en forma de cebolla que aún hoy pueden distinguirse en el paisaje de ciudades como Sitka y Anchorage. Más de siglo y medio después de la venta, las trazas de la presencia rusa persisten en múltiples elementos culturales y arquitectónicos.
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Por motivos económicos y geopolíticos, el imperio ruso comenzó a considerar a Alaska como un pasivo. El desgaste de la guerra de Crimea y el temor ante una posible expansión naval británica obligaron a la corte de San Petersburgo a analizar la enajenación del territorio.

En una carta de julio de 1867, el diplomático ruso Eduard de Stoeckl, jefe negociador en Washington, admitió: “mi tratado ha encontrado fuerte oposición... pero esto se debe a que en casa no se conoce la verdadera situación de nuestras colonias. Solo nos quedaba venderlas o esperar que nos las arrebataran”.
La decisión de compra
El secretario de Estado estadounidense, William Henry Seward, encabezó la compra desde el lado norteamericano. La opinión pública en ambas naciones recibió la noticia con escepticismo e incluso desdén.
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En Rusia, parte de la prensa liberal como el periódico Golos publicó: “¿el sentido del orgullo nacional es tan poco digno de atención que puede sacrificarse por apenas seis o siete millones de dólares?”. En Estados Unidos, el periódico New-York Daily Tribune editorializó: “podremos firmar un tratado con Rusia, pero no podremos hacerlo con el Rey de la Nieve”.

Otros sectores cuestionaban si el precio era injustificadamente bajo o si el imperio ruso había transferido un territorio agotado de recursos. “Rusia nos ha vendido una naranja exprimida. Sea cual sea el valor real de ese territorio y sus islas, para Rusia ya no significaba nada”, sentenció el periódico New York World el 1 de abril de 1867.
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Años después, las proyecciones iniciales se modificaron por completo. Los yacimientos de oro y la existencia de vastos reservorios de petróleo transformaron a Alaska en uno de los territorios más productivos del país, lo que hizo del acuerdo una de las adquisiciones estatales más ventajosas para Estados Unidos.
El bajo precio de venta permaneció como un tema recurrente en la memoria rusa y, ocasionalmente, motivó llamados marginales para recuperar Alaska. The Guardian señala que incluso en 1974, ante una disputa por el precio del trigo, funcionarios soviéticos recordaban irónicamente el monto simbólico que recibió Rusia por el territorio.

El episodio, pese a su carácter controversial, posibilitó cierto acercamiento diplomático entre ambas naciones. En el mismo 1867, el diario The New York Herald celebró “la importancia de la cesión de Alaska”, interpretándola como muestra de una posible nueva alianza.
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Esta etapa de distensión culminó en 1871 con la visita a Nueva York del gran duque Alexei Alexandrovich al mando de una flota rusa, quien fue recibido con desfiles y homenajes militares.
En la actualidad, la herencia de aquellos tratados y la vigencia de las relaciones bilaterales reemergen en el contexto de nuevos acercamientos y divergencias diplomáticas.
En vísperas de una cumbre entre los presidentes Donald Trump y Vladimir Putin en territorio estadounidense, resurge la historia de Alaska como símbolo de cesión territorial, alianzas transitorias y tensiones latentes.
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