
La ciudad de Chicago, en pleno invierno de 1929, estaba cubierta por una espesa capa de nieve. La mañana del 14 de febrero, día de los enamorados, prometía ser una jornada más en el barrio de Lincoln Park, en la zona norte de la ciudad. Sin embargo, lo que sucedería en un garaje de ladrillos rojos en el 2122 North Clark Street pasaría a la historia como la masacre más brutal de la época de la Ley Seca.
Según Daily Mirror, todo comenzó con el 18° Amendment, ratificado en 1919 y en vigor desde 1920, que prohibió la fabricación, venta y transporte de bebidas alcohólicas en Estados Unidos. Con la prohibición llegó el negocio clandestino. Chicago se convirtió en un campo de batalla entre bandas criminales que competían por el lucrativo negocio del contrabando de alcohol. Entre ellas se destacaban dos facciones: la del infame Al Capone, que desde su cuartel en Cicero operaba con violencia y corrupción, y la del irlandés George “Bugs” Moran, quien lideraba la banda del North Side. Ambos grupos se disputaban las rutas de distribución de licor ilegal.
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Los enfrentamientos entre Capone y Moran no eran nuevos. Durante años, los asesinatos entre sus hombres habían convertido la ciudad en un escenario de terror. Pero todo se precipitó en febrero de 1929. Moran había interceptado envíos de alcohol de Capone y, según los rumores, incluso ordenó la muerte de uno de los aliados del gánster ítaloamericano. Capone, quien para entonces había consolidado su control sobre gran parte de la ciudad, decidió que era momento de acabar con su rival de una vez por todas.

Aquella mañana, los hombres de Moran estaban esperando un cargamento de whisky de contrabando en el garaje de la SMC Cartage Company. Pero en lugar del licor, llegaron cuatro hombres armados. Dos de ellos vestían uniformes de policía. Según Smithsonian, eran alrededor de las 10:30 a.m. cuando irrumpieron en el lugar. Los testigos escucharon gritos y vieron a siete hombres formados contra la pared. Moran, por casualidad, no estaba allí. Se había retrasado y cuando vio el coche policial en la puerta, decidió no acercarse.
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Los falsos agentes, acompañados por otros dos sicarios vestidos de civil, ordenaron a los hombres de Moran alinearse. Nadie sospechó nada. Pensaron que se trataba de un arresto más. Hasta que los fusiles Thompson comenzaron a escupir balas. Los cuerpos se desplomaron sobre el suelo del garaje. 70 disparos en pocos segundos. No hubo sobrevivientes. Los asesinos salieron del lugar con calma, simulando escoltar a sus cómplices vestidos de civil como si fueran detenidos. Nadie intervino.
Los muertos fueron identificados más tarde. Entre ellos estaban Frank y Peter Gusenberg, dos de los matones más leales de Moran. Peter todavía agonizaba cuando llegó la policía, pero se negó a hablar. “Nadie me disparó”, murmuró antes de morir. Junto a ellos estaban Adam Heyer, Albert Weinshank, John May, Albert Kachellek y Reinhardt Schwimmer, un óptico que solía pasar tiempo con los mafiosos, aunque no tenía antecedentes criminales.
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Las sospechas recayeron de inmediato sobre Al Capone, aunque el hombre de Chicago tenía una coartada impecable: se encontraba en Florida, disfrutando del sol en Palm Island. La policía nunca pudo probar su participación directa. Los asesinos tampoco fueron identificados con certeza. Se dijo que los matones venían de Detroit, que fueron contratados para no dejar rastro. Se habló de los Hermanos Burke, de Machine Gun Jack McGurn, de Fred “Killer” Burke, pero nadie fue acusado formalmente por la masacre.
El impacto del crimen fue inmediato. El brutal asesinato de siete hombres desarmados, alineados y ejecutados a sangre fría, cambió la percepción pública sobre la violencia de la mafia. Hasta ese momento, Capone había logrado mantener cierta simpatía entre los ciudadanos, pero tras la matanza, su imagen comenzó a deteriorarse. La prensa lo llamó “Enemigo público número 1”. La policía y el gobierno federal redoblaron esfuerzos para atraparlo. No pudieron inculparlo por los asesinatos, pero lo persiguieron por un motivo más mundano: evasión de impuestos. En 1931, dos años después de la masacre, Capone fue condenado a 11 años de prisión.
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Moran, aunque sobrevivió, nunca se recuperó del golpe. Su poder se esfumó junto con sus hombres. Siguió operando en el crimen, pero sin el mismo peso. En los años cuarenta, lo arrestaron por delitos menores. Terminó sus días en la cárcel, donde murió, en 1957, un hombre olvidado, mientras Capone pasaba sus últimos años enfermo de sífilis en su mansión de Florida.

El edificio donde ocurrió la masacre fue demolido en 1967. Sus 414 ladrillos, aún marcados por las balas, fueron recuperados por un empresario canadiense llamado George Patey, quien los llevó a una exposición de crímenes históricos. Algunos terminaron en un club nocturno en Vancouver, instalados en los baños de hombres, detrás de los urinarios, como una atracción macabra. Hoy, la mayoría se exhibe en el Mob Museum de Las Vegas.
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