
Las puertas del Capitolio, majestuosas y blindadas por el recuerdo de un enero turbulento, se abrieron para Sarah McBride mientras sus zapatillas deportivas, aún húmedas por la nieve de Delaware, pisaban con decisión los pasillos de mármol. Había olvidado sus botas en casa. En la tercera planta del Longworth House Office Building, el letrero rezaba: “Legisladora McBride”. Pero ella, entre risas, corregía:
—Llámame Sarah.
Es la primera congresista abiertamente transgénero en la historia de Estados Unidos, y su llegada al Congreso, pese a los desafíos, está lejos de ser una declaración de guerra. Su objetivo, como repite constantemente, no es ser un símbolo. “Estoy aquí para ser una persona seria”, dice, con el tono amable de quien entiende que el verdadero cambio no necesita gritos, sino paciencia.
El Capitolio, ahora rodeado de vallas metálicas, aún respira la tensión de un pasado cercano. McBride, de 34 años, observa desde su oficina mientras Kamala Harris, la vicepresidenta que alguna vez fue un faro para las minorías, certifica su derrota frente a Donald Trump. La ironía se dibuja en el aire: una mujer trans en un Congreso liderado por un partido que no oculta su hostilidad hacia ella y su comunidad.
La congresista Nancy Mace, republicana de Carolina del Sur, propuso semanas antes una resolución que restringiría el acceso a baños según el sexo asignado al nacer, un gesto que para McBride no es más que un intento de convertirla en una caricatura.
—El objetivo no es solo prohibirme usar un baño —explica McBride mientras deja que su café se enfríe sobre la mesa—. Es crear la imagen de una activista obsesionada consigo misma, alguien que no puede pensar en nada más. Pero no voy a darles esa satisfacción.
De Wilmington al Congreso

La vida de Sarah McBride ha sido una cadena de “primeras veces”. En 2012, durante sus últimos días como presidenta del consejo estudiantil en la American University, publicó un artículo donde anunciaba públicamente su identidad trans. Desde entonces, ha roto barreras: primera mujer trans en hablar en una convención de un gran partido, primera senadora estatal trans en Delaware, y ahora, congresista.
Su relación con la familia Biden es otro hilo en esta narrativa. Trabajó para Beau Biden, y fue Joe quien escribió el prólogo de su autobiografía. Su conexión con Delaware, un estado que McBride describe como una familia extensa, la hace enfocarse en las preocupaciones de sus electores: tecnologías verdes, salud mental, Medicaid. Es, sin embargo, la “infraestructura de cuidados” —licencias familiares y médicas pagadas— lo que enciende su pasión.
—No estoy aquí para hablar solo de derechos trans —afirma a The Washington Post—. Estoy aquí para representar a Delaware.
En un Congreso dividido, McBride adopta un enfoque casi estoico. Durante la votación para elegir al presidente de la Cámara, cruzó caminos con Nancy Mace en un pasillo. Ni un saludo, ni una mirada. Cuando le preguntan cómo se siente al encontrarse con Mace, su respuesta es afilada, aunque acompañada de una sonrisa:
—¿Quién?

Sus detractores no han ahorrado palabras. El presidente de la Cámara, Mike Johnson, aseguró que “un hombre no puede convertirse en mujer”, mientras declaraba que todos merecen dignidad. A pesar de esto, durante la ceremonia de juramentación, Johnson fue cálido y respetuoso, al menos frente a las cámaras. Pero McBride sabe que la política real ocurre en los márgenes, entre reglas impuestas que no busca quebrar, sino superar.
—La desobediencia civil aquí no es reclamar un asiento en el baño. Es reclamar un asiento en el Congreso —dice con firmeza.
El peso de ser primera

La soledad de ser pionera es un eco constante. Cuando se le pregunta cómo maneja los ataques, McBride menciona a Andy, su esposo fallecido en 2014. Durante más de una década, ha enfrentado decisiones difíciles preguntándose qué diría él. Pero ahora, en este nuevo terreno, incluso la voz de Andy parece distante.
—Es un territorio inexplorado —admite—. Pero siempre he estado destinada a ir hacia allá.
Y así, con una taza de café en la mano y la cabeza en alto, Sarah McBride sigue avanzando, un paso a la vez, mientras define lo que significa ser no solo una primera, sino una legisladora seria en un momento en que serlo es un acto de resistencia.
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