
El otoño es una de las épocas del año más bonitas en cuanto a colores. Sus tonos rojizos, marrones y amarillos hacen que caminar por determinados lugares parezca una película acogedora. National Geographic lo sabe muy bien y, por eso, dentro de su selección de pueblos ha sido elegido Beteta como el lugar ideal al que ir en el mes de noviembre.
Beteta es un municipio de 253 habitantes situado en la provincia de Cuenca. Se encuentra a 1.200 metros de altitud, en el límite entre el Parque Natural de la Serranía de Cuenca y el Parque Natural del Alto Tajo. Su otoño es muy característico porque las tonalidades rojas granates y los naranjas oxidados rodean los campos de mimbre y sus calles.
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Un pueblo que combina un castillo de origen musulmán en ruinas, una iglesia gótica conocida como la “Catedral de la Sierra” y un entorno natural que incluye hoces, cañones y una laguna con dos tipos de agua que nunca llegan a mezclarse.
Una fortaleza que sirvió polvorín carlista
El castillo de Rochafrida es el elemento arquitectónico que corona el municipio castellanomanchego. Una fortaleza construida por musulmanes sobre un cerro de roca caliza, que data de 1172, cuando la localidad pasó a los dominios de Pedro Manrique de Lara, segundo señor de Molina de Aragón, tras una permuta con el obispado de Sigüenza.
La fortaleza cumplió funciones defensivas para vigilar la hoz del Guadiela y las rutas que unían Cuenca con Molina de Aragón. Mantuvo mucha relevancia estratégica incluso después de que la frontera musulmana retrocediera, y en 1478 cuando sirvió como prisión durante un enfrentamiento familiar protagonizado por Pedro Carrillo de Albornoz. Con la llegada de la dinastía borbónica, el castillo cayó en abandono: en 1826 ya se documentaba su estado ruinoso.
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Rochafrida recuperó su uso militar durante las guerras carlistas del siglo XIX, cuando el general Ramón Cabrera la ocupó y la convirtió en un depósito de municiones. Tras el conflicto quedó parcialmente destruida y abandonada. No fue hasta 2018, cuando el Ayuntamiento de Beteta llevó a cabo una intervención para mejorar la estabilidad de los restos, incluidos basamentos, arranques de muros, fosos y parte de la torre principal.
Desde el pedestal rocoso del castillo, el caserío desciende hasta la Plaza Mayor, que conserva soportales de madera sobre bases de piedra y concentra la actividad cotidiana de sus 253 vecinos. Allí se ubican el ayuntamiento, el centro de salud y el supermercado del pueblo. La calle de la Iglesia conduce al templo de Nuestra Señora de la Asunción, otro hito patrimonial de la localidad, que fue construido en el siglo XV y es de estilo gótico.
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Una laguna con aguas que conviven sin mezclarse
Otra de las curiosidades que se encuentra a pocos kilómetros de Beteta, son las Lagunas de El Tobar, un conjunto de origen kárstico declarado Reserva Natural, Refugio de Fauna y parte de la Red Natura 2000. La Laguna Grande presenta el fenómeno de la meromixis, es decir, una capa superior de agua dulce que convive con una masa profunda hasta tres veces más salada que el mar, sin que ambas lleguen a mezclarse, según detalla el Instituto Geológico y Minero de España. El sendero circular SL-CU 04, de unos cinco kilómetros, permite rodear la laguna entre chopos, carrascas y encinas.
Finalmente, se encuentra la Ruta del Mimbre, el atractivo estacional que impulsó a National Geographic para señalar al municipio como el pueblo del mes. Se trata de un itinerario de más de 50 kilómetros que atraviesa la Serranía y la Alcarria conquense siguiendo los valles de los ríos Escabas y Trabaque.
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El recorrido conecta localidades como Priego, Villaconejos de Trabaque, Albalate de las Nogueras, Cañamares, Fuertescusa y la propia Beteta. Son pueblos vinculados históricamente al cultivo de mimbre. Durante el siglo XX, la comarca llegó a concentrar más del 80% de la producción nacional de esta planta, un porcentaje que se ha ido reduciendo con la competencia de otros mercados y la sustitución de materiales tradicionales por plásticos.
Tras la recolección, las varas se agrupan en construcciones cónicas llamadas carboneras, donde se secan al aire libre antes de su transformación artesanal, una actividad que todavía mantienen vivos talleres como el de Villaconejos de Trabaque.
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