
En el corazón de la provincia de Cáceres, donde los paisajes aún conservan la pureza de lo intacto y los pueblos se aferran con naturalidad a sus raíces, hay una villa que resume, en cada rincón, el legado histórico y cultural de Extremadura. Trujillo, asentada entre colinas y encinas, es uno de esos lugares donde el tiempo parece haberse detenido, donde las calles empedradas, los palacios de piedra dorada y las plazas monumentales cuentan siglos de historia con solo caminar por ellas.
En 2024, ese valor patrimonial y su cuidada conservación recibieron un reconocimiento nacional al ser la villa incorporada a la prestigiosa lista de los Pueblos más Bonitos de España. Desde la majestuosa Plaza Mayor, coronada por la estatua ecuestre de Francisco Pizarro, hasta el castillo medieval que vigila desde lo alto, cada elemento arquitectónico remite a un pasado de esplendor ligado a la conquista de América, a la nobleza y al paso de distintas culturas. Pero más allá de su valor patrimonial, la esconde una peculiaridad única, pues en términos de extensión, es el pueblo más grande de Cáceres.
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Según la definición de la ONU, un municipio es considerado un pueblo si tiene menos de 50.000 habitantes, mientras que se considera ciudad a aquellos espacios con áreas contiguas densamente pobladas, con una densidad superior a 1.500 habitantes por kilómetro cuadrado. Siguiendo estos criterios, Trujillo, con poco más de 8.600 habitantes, es el pueblo más grande la provincia gracias a sus 649,53 kilómetros cuadrados de extensión.
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Una historia forjada entre imperios

El pasado de Trujillo se remonta al periodo romano, cuando la localidad era conocida como Turgalium y funcionaba como prefectura dependiente de la colonia de Augusta Emerita, la actual Mérida. Aquel primer asentamiento fue el punto de partida de una evolución histórica marcada por la sucesión de culturas. Tras la caída del Imperio romano, llegaron los visigodos, y posteriormente los musulmanes, que convirtieron Trujillo en una plaza fortificada de gran importancia estratégica. Durante su dominio, la villa vivió una etapa de prosperidad: se levantaron murallas y un castillo que resistieron durante décadas los avances cristianos, incluido el intento de Alfonso VIII. No fue hasta 1232 cuando las tropas de Fernando III consiguieron tomar la ciudad.
El auténtico auge de Trujillo se produjo en los siglos XV y XVI. Fue entonces cuando, gracias al flujo de riquezas procedentes del Nuevo Mundo, la ciudad experimentó una profunda transformación urbanística y social. Se construyeron iglesias, conventos y palacios que hoy dan forma a su característico paisaje monumental. Como señalan desde el portal oficial de Turismo de Extremadura, en esa época “se inician muchas obras arquitectónicas tanto de carácter religioso como civil”, lo que permitió que la ciudad creciera incluso más allá de sus murallas.
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Uno de los protagonistas de ese periodo fue Francisco Pizarro, nacido en Trujillo el 16 de marzo de 1478. Con escasa formación académica, pero gran capacidad de liderazgo, el trujillano participó en la expedición que descubrió el Mar del Sur —el actual océano Pacífico— y encabezó la conquista del Imperio Inca. Su figura dejó tal huella en América que varias localidades llevan hoy su nombre, como la ciudad de Trujillo en Perú, una de las más pobladas del país. Por todo esto, el viajero puede encontrar, presidiendo la Plaza Mayor de esta ciudad cacereña, una enorme estatua de Pizarro.
Un paseo por Trujillo

Gracias a todos los pueblos que han pasado por Trujillo, la villa ofrece un conjunto monumental y cultural único. Sus calles son la mejor forma de descubrir todos sus monumentos, los cuales están coronados por su espectacular castillo. Es su principal atractivo y se incrusta en lo alto del pueblo, sobre el cerro conocido como Cabeza de Zorro. Se trata de una antigua fortaleza árabe que fue construida entre el siglo IX y el XII y que se erigió sobre los restos de una más antigua.
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Su arquitectura es impresionante, pues presenta unas 17 torres que forman una imponente muralla defensiva. Se puede visitar y disfrutar de espacios como el patio de armas y cuatro de sus siete puertas originales. Además, brinda una de las mejores panorámicas del municipio. Aparte de la fortaleza, el viajero no se puede marchar sin visitar sus numerosos palacios. De todos ellos destaca la Casa Palacio de Chaves el Viejo, que fue el lugar de residencia de los Reyes Católicos cada vez que estaban en el pueblo.
La ya mencionada plaza es otra de las paradas obligatorias. De estilo renacentista, está rodeada de soportales y es el centro neurálgico y cultural de la localidad. De hecho, cada mes de abril tiene se celebra en ella la famosa Feria del Queso de Trujillo.
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A todo esto se le suma un patrimonio eclesiástico increíble que se traduce en monumentos como la iglesia de Santiago, del siglo XII y que incluye la famosa talla del Cristo de las Aguas, esculpida en el año 1372. Junto a ella se ubica la ermita de San Pablo, del siglo XVI, y la iglesia de Santa María la Mayor, que data del siglo XIII, aunque fue reconstruida en los siglos XV y XVI. Por último, uno no se puede marchar sin visitar la Casa-Museo de Pizarro.
Cómo llegar
Desde Cáceres, el viaje hasta Trujillo es de alrededor de 35 minutos por la carretera A-58. Por su parte, desde Mérida el trayecto tiene una duración estimada de 50 minutos por la vía A-5.
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