
Hay pocas cosas que añadan un componente tal de tensión y miedo como viajar en avión. Al igual que, para mucha gente, volar es una experiencia positivamente excitante, anhelando surcar los cielos a bordo de un cilindro metálico de 150 toneladas - en caso de ir vacío - para muchas otras es, comprensiblemente, una experiencia más bien estresante y que puede llegar a provocar ansiedad e incluso miedo, un mal necesario por el bien de viajar.
Es comprensible, en realidad, lo frecuente que es el miedo a volar. De hecho, aunque la probabilidad de sufrir un accidente aéreo es aproximadamente de 1 entre 2,4 millones, se estima que dos de cada tres personas tienen temor a subirse a un avión y que una de cada cinco padece aerofobia (fobia, que no miedo, a volar), de acuerdo con lo compartido por El Prado Psicólogos.
Hay situaciones que, en caso de suceder a bordo de un avión, pueden generar ansiedad, aunque en tierra y con los dos pies en el suelo serían nimias, aun pudiendo ser desagradables. Hay otras, sin embargo, que únicamente pueden pasar en el aire y que, en caso de no ser correctamente comunicadas a los pasajeros (e incluso siéndolo) pueden provocar una gran confusión y miedo entre las personas que se encuentran, si bien temporalmente, “encerradas” en el interior de la aeronave.

El avión perdió el tren de aterrizaje justo antes de despegar
Este caso es de estos últimos. El pasado 5 de enero, un Boeing 787 Dreamliner de Etihad Airways, estando aún en la pista de despegue del aeropuerto de Melbourne (Australia), comenzó a acelerar y acelerar, como es necesario para levantar tal mole del suelo. Su destino era Abu Dhabi (Emiratos Árabes Unidos), y llevaba 271 pasajeros a bordo además de su tripulación, un total de 286 personas.
Habiendo alcanzado los 200 kilómetros por hora - una velocidad terrorífica y potencialmente letal a bordo de cualquier vehículo - y estando a punto de levantar su punta del suelo, el tren de aterrizaje empezó, de repente, a echar humo: estallaron los dos neumáticos frontales. Así, a doscientos kilómetros por hora y sin ruedas, los pilotos tuvieron que forzar una frenada de emergencia que, afortunadamente, detuvo el avión con éxito en medio de la pista 34 del aeropuerto.
Aunque hubiesen logrado despegar sin tren, el aterrizaje habría sido extremadamente complicado y, por tanto, un enorme riesgo que podría haber acabado en tragedia. Realmente, las partes más peligrosas de un vuelo son el aterrizaje y el despegue, ya que son los momentos en los que más cosas pueden salir mal, teniendo en cuenta que, en el aire, los aviones suelen ser controlados por el piloto automático.
“Los miembros de la tripulación decidieron detener el despegue por razones técnicas”, afirmó la compañía Etihad Airways en un comunicado de prensa que fue transmitido por el periódico australiano The National. Los servicios de emergencia del aeropuerto, por su parte, intervinieron de inmediato, enfriando el tren de aterrizaje con agua a presión para evitar cualquier incendio. La pérdida de las ruedas, además, supuso que el Boeing 787 estuviese en la pista durante casi 12 horas, ya que no se podía remolcar, lo que provocó importantes retrasos en el tráfico aéreo del aeropuerto.
Por suerte, la parada de emergencia no provocó ningún herido: las 289 personas a bordo salieron ilesas del incidente, aunque muy posiblemente, si no tenían miedo a volar antes, seguramente dejen pasar un tiempo antes de subirse a otro avión. Según compartió Ohad Shemtov (uno de los pasajeros) en el canal de televisión 9news, fue “el momento más aterrador de (su) vida” y estaba convencido de que iba a morir.
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