
Asier Villalibre, delantero del Racing de Santander formado en Lezama, se ha abierto con naturalidad en El Larguero de la Cadena SER sobre una etapa difícil de su carrera en la que la salud mental jugó un papel central. En la entrevista, Villalibre reconoció que llegó a sentir un miedo paralizante dentro del terreno de juego: “Al final tienes miedo hasta de que te pasen el balón”, y que en ocasiones llegó a plantearse si seguir jugando era lo correcto. El futbolista vasco subrayó que la presión por rendir, la falta de minutos y el temor a no aprovechar las oportunidades minaron su confianza hasta convertir acciones básicas en retos insalvables.
Villalibre insistió en que lo que sufrió no fue solo un bajón momentáneo, sino una sensación persistente de infravaloración y de autoanulación: “Piensas en no aparecer, te haces de menos”, explicó, mostrando que los síntomas suelen trascender el campo y afectar el día a día.
El delantero, apodado “el búfalo”, aseguró que pudo avanzar gracias al apoyo recibido y a trabajar la parte psicológica, y que hoy vuelve a disfrutar del juego mientras suma goles con su equipo en Segunda División. Su testimonio es valioso porque llega desde un jugador en activo que, sin tapujos, pone nombre a lo que muchos jugadores sufren en privado.
Un problema extendido
Los casos individuales, como el de Villalibre, encajan en una realidad más amplia. Informes y campañas impulsadas por organizaciones como FIFA y FIFPro han alertado sobre la prevalencia de trastornos de sueño, ansiedad y depresión entre futbolistas profesionales. Datos recogidos en varias investigaciones apuntan a porcentajes significativos de jugadores que han sufrido síntomas clínicos o subclínicos, lo que exige sistemas de prevención y acompañamiento estructurados por clubes y asociaciones.
No se trata de excepciones. A lo largo de la última década, varios futbolistas han hablado públicamente de su salud mental. Desde los británicos que denunciaron episodios de depresión y estigmas en clubes, caso de Danny Rose, que señaló la incomprensión y la falta de recursos en su entorno, hasta jugadores como Jesee Lingard, que llegó a plantearse apartarse temporalmente del fútbol por problemas personales y de salud mental. Más recientemente, figuras de la selección española como Álvaro Morata han reconocido episodios de ansiedad y ataques de pánico vinculados a la presión mediática y las críticas.
Qué supone para el deporte
Las consecuencias no son únicamente personales. La inestabilidad mental repercute en el rendimiento individual, en la dinámica de grupo y en decisiones deportivas. Un jugador que duda en recibir la pelota, que teme fallar un control o que evita el protagonismo acaba alterando los esquemas tácticos y reduce opciones técnicas para el equipo.
Por ello, expertos y exjugadores reclaman más recursos y una desestigmatización real. Las medidas que suelen proponerse incluyen formación específica para entrenadores y dirigentes, líneas de apoyo anónimas, seguimiento psicológico regular para plantillas y una separación clara entre la figura del entrenador y la del profesional de salud mental. La experiencia de quienes han pasado por ello, como Villalibre, contribuye a normalizar la búsqueda de ayuda y a mostrar que pedir apoyo no es sinónimo de debilidad, sino de responsabilidad y de profesionalidad.
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