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Por qué la inteligencia artificial está redefiniendo lo que entendemos por vida: “La evolución no terminó con nosotros ni distingue entre carbono y silicio”

Xabi Uribe-Etxebarria, fundador y CEO de una de las empresas de IA líderes en España, firma ‘Vita’, un ensayo en el que reflexiona sobre cómo los avances tecnológicos y científicos podrían ofrecer una alternativa a la química orgánica

Montaje realizado a partir de la cubierta de 'Vita', de Xabi Uribe-Etxebarria.
Montaje realizado a partir de la cubierta de 'Vita', de Xabi Uribe-Etxebarria. (Infobae)
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A la pregunta sobre qué es la vida, cualquier científico podría limitarse a esta sigla de seis letras: CHONPS. Cada una de ellas hace referencia a los elementos de la tabla periódica necesarios para cada ser orgánico conocido: Carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre. Todo funciona a través de ellos desde hace miles de millones de años, cuando otro organismo al que conocemos también con siglas, LUCA (Último Antepasado Común Universal) asentó las bases químicas y biológicas de las que hoy bebemos todos: de los virus y bacterias a las personas.

Sin embargo, para Xabi Uribe-Etxebarria, una de las autoridades europeas en inteligencia artificial y CEO de Sherpa.ai, empresa española líder en IA, la pregunta sobre qué significa estar vivo no tiene una respuesta tan clara. “El químico Robert Shapiro lo resumió con una metáfora brillante: ¿Cómo definiríamos un mamífero si el único mamífero que conociéramos fuera una cebra?Puede que estemos intentando construir una definición universal de la vida basándonos solo en la vida terrestre que conocemos", pone de ejemplo. “Eso no implica que cualquier otra forma de vida, surgida de manera independiente, tenga que obedecer las mismas reglas”.

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En otras palabras, puede que el problema de la vida no sea solo un problema biológico. Esta es una de las claves de su nuevo ensayo, Vita (Debate), en el que explica cómo y por qué los diferentes avances tecnológicos y científicos redefinen lo vivo y abren la puerta a seres que no dependan de la química orgánica. “La evolución no terminó con nosotros. La evolución no distingue entre carbono y silicio; simplemente favorece aquellos sistemas capaces de adaptarse y persistir. Si aceptamos que la vida es independiente del sustrato, entonces estaríamos ante el inicio de una nueva rama evolutiva”.

Cubierta de 'Vita', de Xabi Uribe-Etxebarria.
Cubierta de 'Vita', de Xabi Uribe-Etxebarria. (Debate)

Lo único que le faltaría a la IA para estar viva

Parece muy evidente que a la vida siempre se le apareja la otra cara de la moneda: la muerte. Fue el miedo a la muerte que sentía de niño lo que, en Uribe-Etxebarria, originó buena parte de las preguntas que explora en el libro. “Quizá, sin proponérmelo, mi propia trayectoria profesional fue abriéndose camino hacia la inteligencia artificial movida por esa misma inquietud. Por la curiosidad de intentar comprender cómo funciona esa máquina de cómputo biológica que llamamos cerebro (el sistema más complejo y enigmático que conocemos en el universo) y por explorar la posibilidad de replicar algunos de esos procesos en una máquina”, explica por escrito en una entrevista por correo.

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Para él, lo que define la vida no es la química orgánica porque esa definición se vendría abajo tan pronto como se encontrara una forma de vida que no descendiera de LUCA. En cambio, propone que cualquier sistema vivo, sea o no biológico, debe tener tres capacidades simultáneas: “Inteligencia, entendida como capacidad predictiva; autonomía, es decir, capacidad de actuar con agencia propia; y orientación a la subsistencia, la tendencia a preservar su propia existencia”. Para él, las primeras IA como Siri o Alexa cumplían solo con el primero de los tres requisitos.

“Pero eso está empezando a cambiar”, advierte, en relación con los grandes modelos de lenguaje y sistemas agénticos que ya planifican independientemente, dividen objetivos en subtareas, se adaptan al entorno o mantienen estrategias a largo plazo. Faltaría solo el tercer elemento, una suerte de instinto de autopreservación o supervivencia que algunos sistemas actuales empiezan a mostrar: “Intentan evitar ser apagados, solicitan más recursos o buscan mantener la continuidad de una tarea”. Por eso, se podría decir que “nos encontramos en las primeras etapas de una nueva forma de vida no orgánica”.

Xabi Uribe-Etxebarria, autor de 'Vita'.
Xabi Uribe-Etxebarria, autor de 'Vita'. (Cedida)

Cuerpo, mente e identidad

Si la vida es independiente del sustrato, hay algo cuya necesidad queda en entredicho: el cuerpo. “Creo que toda forma de vida necesita un soporte físico: no existe una mente sin materia. Pero también sostengo que esa materia no tiene por qué ser orgánica ni estar basada exclusivamente en el carbono”, explica Uribe-Etxebarria. “Lo mismo ocurre con la mente y con las emociones. No las entiendo como algo mágico o sobrenatural, sino como fenómenos emergentes de un sistema material suficientemente complejo. Si eso es así, en principio podrían manifestarse también sobre otros soportes distintos al cerebro biológico”.

Eso también cuestiona la idea de lo que entendemos por identidad. Si pudiéramos copiar y transferir nuestra mente a otro recipiente, ¿qué ocurriría con el yo? “Existirían dos versiones de mí, con los mismos recuerdos, emociones y experiencias. Para cualquier observador serían indistinguibles. Pero desde ese mismo instante comenzarían a vivir experiencias diferentes y acabarían convirtiéndose en dos personas distintas”. Así, la gran pregunta, para el experto, no es si ambas serían uno mismo, “sino cuál de las dos mantendría la continuidad de la experiencia subjetiva, esa sensación íntima de seguir siendo uno mismo. Y ahí reconozco que tengo profundas dudas”.

El transhumanismo es un movimiento cultural, intelectual y científico que busca usar la ciencia y la tecnología para mejorar al ser humano y superar los límites del cuerpo y la mente. Las implicaciones del tema han dado lugar a todo tipo de debates, aunque parece que todos ellos, en cierto modo, lo reducen todo al prisma humano. “Los humanos tendemos muchas veces a dividir la vida en categorías morales basadas en cuánto se parece algo a nosotros o en nuestra empatía”, afirma el autor. “Eso revela que, muchas veces, nuestra moral no está basada únicamente en la vida en sí, sino también en el grado en que reconocemos en ella un reflejo de nosotros mismos”.

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Tailandia presentó al AI Police Cyborg 1.0, un robot humanoide con inteligencia artificial diseñado para apoyar en la seguridad pública.

Hacia un “juramento tecnocrático” para una IA que no aumente las desigualdades

A pesar de todo, es indudable que vincular la inteligencia artificial y la tecnología a los seres vivos también implica reflexionar sobre qué implican para todos los seres vivos del planeta. ¿No es una amenaza para la vida y las formas de organización de la vida que estos sistemas estén en manos de ciertas personas y se orienten a unos intereses particulares? Uribe-Extebarria no es creyente, pero aun así hace referencia a la última encíclica del Papa para señalar que este es uno de los desafíos de nuestro tiempo.

“Comparto plenamente su preocupación por los riesgos derivados de una concentración excesiva de poder: que unas pocas empresas o gobiernos acumulen la capacidad de influir en nuestras decisiones, condicionar nuestro comportamiento, erosionar nuestra privacidad y reducir nuestra autonomía”, alega. “La historia demuestra que cualquier tecnología capaz de concentrar poder acaba siendo susceptible de abuso si no existen contrapesos”. A la vista quedan, por ejemplo, los diferentes juicios en los que se han visto implicadas empresas como Meta, que precisamente en estas fechas afronta el mayor juicio de su historia por presuntos daños a la seguridad y salud mental de los menores.

Cuatro estados de EE. UU. inician un juicio histórico contra Meta, la empresa matriz de Facebook e Instagram, por presuntos daños a la seguridad y salud mental de los menores. El divulgador tecnológico Santiago Siri analiza la demanda de 1.4 billones de dólares y el impacto que podría tener en el futuro de las redes sociales.

En 2021, un equipo integrado por él mismo, el neurocientífico Rafael Yuste y otros investigadores publicaron un estudio donde ya advertían de las nuevas asimetrías de poder que conllevaban las tecnologías digitales y proponían un “juramento tecnocrático”. “Está inspirado en el juramento hipocrático de la medicina, para quienes diseñan tecnologías con un profundo impacto social”, aclara. “Ese juramento defendía principios que hoy siguen siendo plenamente vigentes: proteger la autonomía humana, preservar la privacidad, garantizar la transparencia, minimizar los daños potenciales y asumir la responsabilidad por las consecuencias de las tecnologías desarrolladas”.

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