Dice la leyenda que los egipcios momificaban a los muertos por Osiris, el dios resucitado por Anubis tras ser asesinado y despedazado por su hermano Set. La historia, que era una forma de evitar la putrefacción del cuerpo y conservar el cuerpo a través de deshidratar el cadáver, rellenarlo, aplicarle resinas y envolverlo minuciosamente en lino. En ambos casos, no dejaba de ser una manera de honrar a los difuntos y prepararlos para esa “otra vida” que les esperaba. Al fin y al cabo, para los egipcios la muerte solo era el principio, una transición hacia una existencia eterna y superior.
En la historia del cine, la momia ha encontrado un lugar más que notable a pesar de proceder de una religión tan antigua y de menor calado que cualquier otra occidental. Inmortalizada por Boris Karloff, es un mito que se ha llegado a encontrar en la misma liga que los Drácula y Frankenstein y por encima de hombres invisibles o lobos. Había conseguido expandir su narrativa más allá del terror, convirtiéndose en una saga de aventuras de la mano de Brendan Fraser y Rachel Weisz que sirvió incluso para introducir a Dwayne Johnson en el cine. Pero tras el fracasado intento de formar un nuevo universo cinematográfico con Tom Cruise y Sofie Boutella, la leyenda de la momia parecía sepultada definitivamente, a la espera de que otro valiente se atreviese a darle la vuelta al sarcófago y encontrar una nueva forma de contar su historia.
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Ese valiente no ha sido otro que Lee Cronin -hasta el punto de titular la película con su propio nombre, no en vano para diferenciarse de la popular saga de Brendan Fraser, director de Posesión infernal: El despertar y quien, siguiendo la estela propuesta por Blumhouse en los últimos años -El hombre invisible de Leigh Whannell, y en menor medida Hombre lobo-, ha querido reimaginar todo un clásico dándole una vuelta por completo, y manteniendo parte de su esencia para virar hacia otros derroteros, como son la tragedia familiar, la maternidad e incluso un atisbo de eutanasia, aunque casi tan soterrado como la propia momia.

Una tragedia en El Cairo, una resurrección en Nuevo México
La momia de Lee Cronin no empieza en el Antiguo Egipto, sino en una suerte de actualidad. El periodista Charlie Cannon se encuentra de corresponsal en El Cairo jutno a su esposa Larissa (Laia Costa) y sus dos hijos, Sebastian y Katie. Mientras él se preocupa por no ser tan gestual en sus apariciones televisivas y ella en cubrir el turno como enfermera, la joven es secuestrada por un extraño culto local que busca revivir un antiguo y demoníaco espíritu. Ocho años después de la tragedia e intentando rehacer su vida en Nuevo México como pueden, la familia Cannon recibe la noticia de que Katie ha sido encontrada en un antiguo sarcófago, completamente momificada y en un estado catatónico, pero viva. Cuando la llevan a casa para que intente retormar su vida, pronto se dan cuenta de que no es del todo la hija que perdieron.
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Aquí Cronin, más allá de emprender un camino inverso al mito -no hay un monstruo que humanizar, sino un humano que demonizar- plantea una serie de frentes de lo más interesantes y que están apoyados en una narrativa visual de lo más cruda y descarnada. Como sucediera en otro de los fenómenos de terror del año pasado, Devuélvemela, La momia de Lee Cronin no renuncia a una violencia gráfica, pero tampoco a un humor intrínseco a ella. Convierte en grotesco lo gracioso -los dientes de la niña y la abuela- y en tierno lo terrorífico -los cuidados paliativos de Laia Costa hacia su reencontrada hija-, y de alguna manera todo funciona de forma orgánica, sin cmabios bruscos de tono o escenas que se sientan inconexas.
A ello ayuda un montaje paralelo a la trama de investigación policial en El Cairo encabezada por May Calamawy y los apabullantes efectos especiales de la película, que lo mismo mezcla la serie B como se mira en clásicos como El exorcista, Los otros o La semilla del diablo en la atmósfera de esa inhóspita casa en Nuevo México. El único problema en todo ello es, precisamente, como la película tiene que prescindir del intrínseco drama familiar en pos del terror.
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Cinco lobitos tiene la momia
Por la película se asoman temas de tanta enjundia como la sustitución de la hija perdida a través de una nueva, el peso de mantener un matrimonio después de semejante trauma y, por si todo ello fuera poco, la posibilidad de acabar con la vida de una hija que ya no sienten como suya, pues lo que hace es de todo menos vivir. Todas estas cuestiones asoman en algún momento que otro pero, por limitaciones del guion o de los propios actores -Laia Costa recuperando su vena más dramática de Cinco lobitos pero sin casar bien con la inexpresividad de Jack Reynor- no terminan de cuajar. A pesar la extensa duración la película va pasando por encima de estos recovecos solucionando siempre la tensión de la forma más descarnada y violenta posible, lo que fuerza al espectador a apartar la mirada en más de un momento pero nunca lo deja con el corazón en un puño. A diferencia de Devuélvemela, falta una implicación más activa en las emociones de los protagonistas, opacadas por el vacío que produce la Katie momificada.
¿Es mucho peor La momia de Lee Cronin por todo esto? Quizá, pero no deja de ser un fantástico ejercicio de terror de lo más bestia y que pone un sinfín de recursos (desde el split dopter a un juego con los silencios y los ruidos como modo de comunicación) al servicio de su principal objetivo, el miedo. Solo el tiempo, que vendría a ser el Osiris del séptimo arte, podrá determinar si esta revisión del clásico monstruo puede pasar a esa “otra vida” que lograron algunas de sus antecesoras.
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