
Dice María del Mar Ramón de sí misma que es una persona “muy impuntual”. Sin embargo, la presentación del libro empieza apenas cinco minutos después de la hora fijada para todos los asistentes de la Librería Pérgamo, primer espacio de Madrid en el que se han leído para el público algunos de los párrafos de La memoria es un animal esquivo (AdN), su nueva novela.
La escritora colombiana, autora de La manada (Planeta) y Todo muere salvo el mar (Seix Barral), regresa con una historia centrada en la relación entre Juan Francisco, un artista de 70 años que ejerce de protagonista y narrador a partes iguales, y su familia. Desde pequeño, este hombre siempre se ha sentido desplazado de los demás, y será la muerte de su madre la que precipite la necesidad de huir del lugar en el que se crio y forjarse una nueva identidad.
“Él es un personaje muy odioso y con un vínculo muy problemático con el mundo”, lo define su creadora. “La historia que se ha creado de sí mismo empieza a alejarle de los otros”. Es ya desde lejos, desde ese éxodo buscado, que el protagonista tratará de reconstruir su propio pasado para, quizás, poder encontrar algún puente que le permita acercarse hasta los suyos o, al menos, encontrar en su propia identidad algo a lo que poder aferrarse a estas alturas de la vida.

La distancia que crea la memoria
Al principio, María del Mar Ramón no quería hablar de la memoria, sino que era otra su obsesión: el vínculo entre hermanos. “Para mí es algo que me llena de una curiosidad tremenda. Yo los amo, pero nadie me hace enojar como me hacen enojar mis hermanos: es un enojo muy primitivo, no pasado por el tamiz del psicoanálisis ni de la intelectualidad, muy infantil”. Ese lazo tan estrecho y al mismo tiempo tan inflamable sería el que acabaría planteando la pregunta de la que nace La memoria es un animal esquivo: “¿Qué podría pasar para que alguien dejase de hablar con su hermano durante muchos años?“.
Fue esta cuestión la que guio las primeras fases de su escritura y la que, a mitad del camino, lo cambió todo al topar con la respuesta: los conflictos irresolubles, aquellos que son capaces de arrasar con todo, son aquellos separados por la, a priori, infranqueable barrera de la subjetividad. “Tenemos ese nivel tan grande de conflicto porque compartimos un pasado que recordamos distinto”, resume la autora, “no hay ninguna posibilidad de reconciliación, porque el contraste de esos recuerdos es imposible soportar”.

Lo “otro” y lo “inalterable”
Paradójicamente, lo que distancia a Juan Francisco de los suyos es lo mismo que le permite a María del Mar Ramón conectar con su personaje, tan distinto a ella, tan condenable, es al mismo tiempo un individuo “tan humano” como ella. “Fue muy enriquecedor”, reconoce. “Había algo que yo veía de mí en el protagonismo: no sentíamos distinto, porque nadie tiene un sentimiento exclusivo y único”. A pesar de no compartir su edad, su cuerpo o sus experiencias, el hallazgo de esa universalidad esencial en las emociones fue la que le permitió construir hasta el detalle un punto de vista opuesto al suyo.
“Es la novela donde más me alejo de lo que escribo”, dice al respecto la escritora, que no esconde el disfrute que sintió durante el proceso. “Un síntoma de estos tiempos es que la gente lee los libros teniendo siempre como referencia la vida de los autores, pero ahí hay algo que contamina la literatura”. Su búsqueda, encaminada al juego, a la experimentación de lo otro en todas sus formas y complejidades, es contraria: “Recomiendo a todas las personas que escriban ficción que intenten alejarse, que se permitan crear universos distintos a su coyuntura inmediata.

Eso sí, de algunas cosas es imposible alejarse: “Odio Bogotá (puedo decirlo porque soy de allí), cuando me marché de allí pensé que nunca iba a volver y, sin embargo, vuelvo una y otra vez con mi literatura”, confiesa entre risas. Ha pensado muchas veces en escribir de otros lugares, como de la Argentina en la que vive desde hace años, pero son sus historias las que, en un momento u otro, acaban llevándola por otros caminos. De manera unívoca, siempre acaba escribiendo o pensando en su país, desde la perspectiva qeu aporta la distancia y, al mismo tiempo, desde el reconocimiento de la propia identidad: “Es hermoso que haya algo inalterable y en que una casi no sea consciente de quién es”.
Conocer a la muerte, poco a poco
En La memoria es un animal esquivo, María del Mar Ramón aborda otros temas que ya pueden considerarse como centrales en su obra, como la masculinidad (muy presente en La manada) o el duelo, que forma parte de la trama de Todo muere salvo el mar. Respecto a este último tema, señala la autora que, por edad, Juan Francisco está en un momento de su vida en el que muchas personas de su entorno más cercano han fallecido. “Se ha habituado al duelo”, subraya la escritora, “y el duelo ha cambiado parte del conflicto, porque él ya no puede pedir perdón por ciertas cosas”.
La culpa, o mejor dicho, la posibilidad de sentirla, fue algo que nació de una experiencia personal. “En la muerte de mi papá, hubo algo que me aterró intensamente: la sensación de que yo no quería viajar a Colombia... y la opción de no hacerlo, de privilegiar mi deseo inmediato”. Finalmente, desoyó ese impulso inicial, y descubrió también la sensación de agradecimiento por no haber cedido ante ello, por haber estado ahí y haber asistido a ese “estallido de generosidad y de amor” que se da en las despedidas, y que integra tanto su tristeza como su belleza.
“¿Y si me lo hubiera perdido?”, se preguntó entonces, y fue esa duda la que le abrió las puertas del conflicto de su protagonista, alguien que conoce ese camino y que nunca vuelve a aparecer, obsesionado con sus propias ausencias y merecedor, quizá, del odio de todos los demás. “Hay algo en envejecer que nos pasa a todos", reflexiona María del Mar Ramón. “Es el ir conociendo el duelo, ir conociendo poco a poco la muerte”.
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