Juan Sanguino revive la gala de los Goya que germinó el odio al cine español: “Ha habido ministros de Cultura que decían que no veían películas. Es delirante”

El periodista estrena la cuarta temporada del pódcast ‘Delirios de España’ tras co-escribir la 40ª edición de los Goya celebrados en Barcelona este pasado 28 de febrero

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El escritor y periodista Juan Sanguino analiza la polémica en torno a las ayudas al cine español. Además, revela un dato histórico que desmonta muchos prejuicios.

Hace 23 años, cuando la palabra “polarización” aún no formaba parte del debate público, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) preguntó a los españoles por la intervención militar en Irak que preparaba George Bush y que respaldaba el Gobierno de José María Aznar. En total, un 90,8% de la población estaba entre poco y nada de acuerdo de que se produjera la invasión. Para mostrar su rechazo, más de tres millones de españoles salieron a la calle bajo el lema No a la guerra.

La semana pasada, el presidente del Gobierno Pedro Sánchez aludió a las mismas palabras tras saltar el conflicto entre Estados Unidos e Irán. La coincidencia no ha pasado desapercibida para el periodista Juan Sanguino (Madrid, 1984), que el pasado 1 de marzo estrenó la cuarta temporada de Delirios de España, pódcast en el que analiza momentos de la cultura popular para explicar la evolución del país. Su nueva temporada está dedicada precisamente a los Goya del ‘No a la guerra’ de 2003, una gala cuyos entresijos y consecuencias ahora analiza porque cambió a todo un país: la industria del cine se levantó contra el gobierno con una protesta en directo.

Por si fuera poco, Sanguino dará el salto a los teatros con una gira por toda España. Este 14 y 15 de marzo arranca en el Teatro Gran Vía de Madrid y seguirá en Barcelona los días 11 y 12 de abril con un episodio dedicado a uno de los momentos más icónicos de la historia nacional: Chenoa atendiendo a la prensa en chándal tras su ruptura con David Bisbal, que según explica el creador del formato resume muy bien cómo España “empezó a romper el concepto de intimidad”.

“El plan era estrenar el pódcast justo después de los Goya de este año”, explica Sanguino, que además ha coescrito la gala celebrada el pasado 28 de febrero en Barcelona junto a Ana Joven (Tu cara me suena). “Pensábamos que habría reivindicaciones relacionadas sobre todo con Gaza en la gala y así fue”, añade. Hoy ese tipo de intervenciones políticas forman parte del paisaje habitual de las ceremonias, pero hace dos décadas no era común. “Ahora nadie levanta una ceja cuando un actor habla de política al recoger un Goya. Pero en 2003 no era ni mucho menos habitual”.

Willy Toledo y Alberto San
Willy Toledo y Alberto San Juan en la XVII Gala de los Goya, 2003.

¿Existe la posibilidad de que Pedro Sánchez haya escuchado el pódcast y se le apaecieran esas tres palabras cual intervención divina? Sanguino no lo descarta y tampoco que lo haya hecho alguien de su equipo. “Él tiene el Spotify absolutamente en llamas, le gusta mucho la música y los pódcast”, señala. “Lo más probable es que con los Goya del sábado y con tantas menciones a Gaza, pues alguien en su gabinete o el propio Sánchez se le encendiese un poco la bombilla y dijera: ‘Claro, es que acordémonos de estos Goya’, ¿no?“.

Aquella gala, celebrada el 1 de febrero de 2003 en el Palacio Municipal de Congresos de Madrid, convirtió una ceremonia cultural en un altavoz político sin precedentes. Con Willy Toledo y Alberto San Juan como presentadores, la noche prometía un duelo entre Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa, y Hable con ella, de Pedro Almodóvar. Sin embargo, el contexto político lo cambió todo: días antes, José María Aznar había mostrado públicamente su apoyo a Bush.

Aunque las pegatinas con el lema 'No a la guerra’ se repartieron entre los asistentes sin una consigna explícita para convertir la ceremonia en un acto político, casi todos los premiados aprovecharon su intervención para expresar su rechazo a la invasión. “No hay que tener miedo a la cultura ni al entretenimiento, ni a la libertad de expresión, ni mucho menos a la sátira, al humor. Hay que tener miedo a la ignorancia y al dogmatismo. Hay que tener miedo a la guerra”, dijo la para entonces presidenta de la Academia, Marisa Paredes.

“Fue un espectáculo muy bonito, muy poético, muy onírico. Un homenaje al esperpento y a los cómicos de posguerra españoles. Una gala que no intentaba imitar el modelo de los Óscar, sino que tenía un carácter puramente español”, recuerda el periodista, que asegura que la gala del 2003 fue “muy personal, muy directa y muy explícita contra el gobierno de José María Aznar”.

Entrevista con el periodista Juan
Entrevista con el periodista Juan Sanguino, autor del podcast ‘Delirios de España’ y co-guionista de la 40º edición de los Premios Goya. (Alejandro Higuera López/Infobae)

Hoy, explica, el contexto es diferente. “Ahora se habla mucho, por ejemplo, de feminismo, del colectivo LGTB, en las entregas de premios, pero prácticamente no se critica al Gobierno. Ni siquiera durante los mandatos de Rajoy en los Goya dijeron cosas contra él”, asegura. En su lugar, las críticas se dirigían más a ministros concretos como Cristóbal Montoro, exlíder de la cartera de Hacienda o José Ignacio Wert, ministro de Cultura. ¿Puede repetirse algo así? Sanguino lo ve difícil: “Debería de haber una crispación muy, muy bestia contra el Gobierno. Con uno socialista es bastante improbable que ocurra”.

El germen del odio al cine español

Paralelismos entre 2003 y 2026 hay pocos. “A la gente que le parecía mal lo que pasó en los Goya no es que estuviera a favor de la guerra, es que estaba en contra del ‘No a la guerra’, lo cual es una posición bastante perversa”, apunta. “Lo que les parecía mal a estas personas, mayoría de derechas, es que los actores utilizasen una plataforma del cine español que nos pertenece a todos, porque como bien nos recuerdan constantemente, lo pagamos entre todos”.

Pero si hay una constante es el “odio visceral, casi obsesivo, de muchos votantes de derechas contra el cine español como concepto en general, contra Javier Bardem en particular“. Italia, Alemania o China no odian su cine patrio, algo de lo que España no puede presumir. ”Entre el 95 y el 2001, justo antes de estos Goya, la gente iba mucho a ver cine español. Fueron los mejores años a nivel de taquilla“, recuerda el periodista, haciendo referencia a cintas como Torrente: el brazo tonto de la ley (1998), de Santiago Segura o Los otros (2001), de Alejandro Amenábar. “Todo esto viene por la Transición. Durante la dictadura de Franco, el cine español era extremadamente popular“, explica. Con el final de la censura, muchos directores comenzaron a contar historias que habían estado prohibidas durante décadas: relatos sobre la Guerra Civil, la memoria histórica o las heridas abiertas del país. “Ahí nace ese cliché de que el cine español siempre está hablando de las dos Españas, cine político”, explica Sanguino.

“Ha habido ministros de Cultura que decían que no veían películas. Es una cosa absolutamente delirante”.

A ese contexto se sumó otro elemento clave del debate cultural: el sistema de subvenciones impulsado por la directora general de Cinematografía Pilar Miró en 1983. “La Ley Miró pretendía apoyar un cine bueno, que tuviera buena imagen en festivales como Cannes, Berlín o Venecia, y que no se podía sostener económicamente por sí solo”, explica Sanguino. Gracias a ese modelo nacieron películas como Volver a empezar, primer Oscar para España, o Los santos inocentes, que dio el premio a mejor actor en Cannes a Paco Rabal y Alfredo Landa.

El problema, explica el periodista, fue que ese sistema dejó fuera al cine más popular. “A Miró no le gustaba el cine comercial. Las comedias de Pajares y Esteso o el cine de terror y erótico se quedaban sin subvención”, señala. Y precisamente ese era el tipo de cine que más público llevaba a las salas. A partir de ahí comenzó a construirse un relato que ha acompañado al cine español durante décadas: el de las subvenciones. “Se empezó a decir que vivía de las ayudas públicas y que iban siempre a directores de izquierdas”, resume Sanguino. Pero como apunta el periodista, “mucha gente no recuerda que las mayores subvenciones de la historia del cine español se han dado con Aznar. Y eso sin ajustar a la inflación”.

El escritor y periodista Juan Sanguino analiza la tensa relación entre la política y la cultura en España, recordando cómo el Partido Popular construyó una narrativa contra el cine a partir del "No a la guerra" en los Goya.

“El Partido Popular usó el ‘No a la guerra’ como una oportunidad para tener su propia bestia negra. Ninguna causa está completa hasta que tienes un enemigo común”, sostiene. “El PP y muchos columnistas afines alimentaron muchísimo la narrativa de que la gente del cine eran unos parásitos o unos ‘subvencionaditos’”, afirma. Un relato que se reforzó también con gestos simbólicos desde la política. “Ha habido ministros de Cultura que decían que no veían películas. Es una cosa absolutamente delirante”. Y también presidentes del Gobierno como Mariano Rajoy: “Cuando le preguntaban: ‘¿Usted va al cine?’. ‘No, yo prefiero leer el Marca’, respondía. Cuando ganábamos premios internacionales hablaba mucho de la marca España, pero esa era básicamente el deporte“.

A esto hay que sumarle que la hostilidad política y mediática acabó sedimentando en el prejuicio de que “el cine español es una mierda”. “La única manera de que la gente deje de pensar que el cine español como concepto es malo es que pasen cincuenta años, se muera toda esta gente y nazca gente nueva”, ironiza. Apunta además, que el problema es que una parte del público juzga el cine español “como si fuera un género”, sin entrar a distinguir entre propuestas muy diferentes. “La gente que ya piensa que el cine español es una mierda no va a ir a ver esas películas”, resume.

De hacer la crónica de los Goya a escribir su guion

Sanguino, además, ha pasado de analizar los Goya como periodista para El País o El Periódico de España a escribir la gala. Junto a Ana Joven (Tu cara me suena), ha guionizado la 40ª edición de los premios, celebrada el pasado 28 de febrero en Barcelona. “Yo quería hacer una gala simpática, no quería aspirar a hacer una divertida porque yo no soy guionista”, cuenta. “Alguna vez he pensado viendo los Goya: ‘Yo lo haría mejor’. Pues no es cierto”, reconoce. Por eso ha decidido no leer críticas tras la ceremonia. “A mí me gustó la gala que hicimos. Me parece que es una gala simpática y sobre todo iba como un tiro, iba ligerísima”.

Y si en el segundo capítulo de esta cuarta temporada del pódcast, Sanguino habla sobre la guerra de los representantes por la categoría y el compañero a la hora de presentar la gala, confirma que esas tensiones siguen existiendo a día de hoy. El periodista relata a este medio que intentó facilitar el trabajo a los actores pidiéndoles audios previos sobre lo que querían decir para construir pequeños diálogos a medida. “Así puedo escribir cosas sabiendo lo que esa persona quiere contar”, explica. Pero no siempre es sencillo. “Había representantes que decían: ‘Esto no lo quiere hacer, si no tenéis otra cosa…’. Y yo pensaba: ‘No, no tenemos otra cosa’”.

La realizadora Alauda Ruiz de
La realizadora Alauda Ruiz de Arzua gana el Goya a mejor dirección por su película ´Los Domingos´ durante los Premios Goya en su 40 edición. (EFE/Alberto Estévez)

Otra de las sorpresas fue descubrir cómo funcionan realmente los ensayos. “Me sorprendió la cantidad de gente que no va”, admite. En algunos casos, explica, las pruebas se hacían con figurantes mientras el actor que debía presentar el premio no estaba. “Luego salen en la gala y no saben dónde está el prompter o dónde tienen que colocarse porque no han ido al ensayo”, cuenta. Aunque también hay excepciones. Sanguino recuerda el caso de Ana Belén, que ensayaba incluso con los tacones que iba a llevar para acostumbrarse al escenario. “Claro, luego sale así de bien”, concluye.

Desde los Goya del “No a la guerra” hasta Chenoa en chándal, Sanguino defiende que esas imágenes siguen funcionando como pequeñas cápsulas de memoria colectiva. “Al final son episodios que parecen ligeros o frívolos, pero que cuentan muchísimo sobre cómo éramos como sociedad”, resume. Dos décadas después todo esto sigue siendo, a fin de cuentas, un delirio de España.

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