
La novela de Cumbres borrascosas vuelve a estar de moda después del éxito que ha tenido el estreno de la película dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Margot Robbie y Jacob Elordi. Gracias al impacto que ha supuesto el romance entre Catherine y Heathcliff, las librerías han vuelto a colmar la primera fila de sus estanterías con el clásico de Emily Brontë.
Por desgracia, la escritora británica nunca llegó a ver el éxito que alcanzaría su novela, ni siquiera pudo firmarla con su nombre por los prejuicios que había en la época. Eso no bastó para que, en sus primeros años tras la publicación, Cumbres Borrascosas no solo fuera vista con recelo, sino que además fuera condenada por muchos críticos como una historia extraña, violenta y moralmente poco edificante. Habría que esperar varias décadas para que tanto su originalidad como su fuerza emocional pasaran a valorarse cada vez más.
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De este modo, fue en el siglo XX cuando varios escritores y escritoras encontraron en esta novela no solo un clásico universal cargado de simbolismo, complejidad y potencia, sino también un modelo a seguir. Entre ellos, cabe destacar a Virginia Woolf, quien en su conocido ensayo Una habitación propia destacó a Emily Brontë y a Jane Austen como las únicas escritoras que habían superado a la perfección los obstáculos que ponía la sociedad patriarcal a todas las escritoras. Un hito que las colocaba a ambas como el gran referente a seguir.

La respuesta de Woolf a si las mujeres podían escribir ‘igual de bien’ que los hombres
A día de hoy, Una habitación propia es considerado como un texto fundamental para el feminismo. No es para menos, dado que el libro de Virginia Woolf recoge una serie de conferencias que la escritora de libros como La señora Dalloway o Al faro dio en varias universidades femeninas acerca de las dificultades que enfrentaban las mujeres para dedicarse a la escritura y al arte, y cómo eso había condicionado la percepción que se tenía entonces de que estas no eran capaces de escribir novelas como los hombres.
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“Cuando leemos algo sobre una bruja zambullida en agua, una mujer poseída de los demonios, una sabia mujer que vendía hierbas o incluso un hombre muy notable que tenía una madre, nos hallamos, creo, ante la pista de una novelista malograda”, denunciaba Woolf. “No se necesita ser un gran psicólogo para estar seguro de que una muchacha muy dotada que hubiera tratado de usar su talento para la poesía hubiera tropezado con tanta frustración, que la demás gente le hubiera creado tantas dificultades y la hubieran torturado y desgarrado de tal modo sus propios instintos contrarios que hubiera perdido la salud y la razón”.

El milagro de Emily Brontë y Jane Austen
Sobre Charlotte Brontë, por ejemplo, Woolf destaca cómo Jane Eyre, a pesar de ser una gran novela, no esconde “la cólera” que Brontë sentía por la injusta situación de la mujer en la época. Así, incluye varios fragmentos en los que opina que Charlotte “abandona la historia a la que debía toda su devoción, para atender una queja personal”. “Se acordó de que la habían privado de la parte de experiencia que le correspondía, de que la habían hecho estancarse en una rectoría recomendando medias cuando ella hubiera querido andar libre por el mundo. La indignación hizo desviar su imaginación y la sentimos desviarse”.
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Sin embargo, en esta marca de la rabia de las escritoras, que para Virginia Woolf impedía a estas alcanzar todo su potencial, la autora destacaba dos excepciones. Para ella, “el mayor milagro de todos” se encontraba en Jane Austen y su novela Orgullo y Prejuicio. “Había, alrededor del año 1880, una mujer que escribía sin odio, sin amargura, sin temor, sin protestas”, y eso que se sabe que esta creadora escribía su libro a escondidas de todo el mundo, solo cuando no había nadie más en el salón.
Junto a Austen, Woolf ubica también Emily Brontë como alguien que también alcanzó este grado de pureza en su escritura. “Escriben como escriben las mujeres, no como escriben los hombres”, señala Woolf, al mismo tiempo que reconocía en el estilo de ambas el siguiente paso para alcanzar el ideal andrógino e independiente del género que caracterizaba a la mejor literatura. “Solo ellas fueron sordas a aquella voz persistente, ora quejosa, ora condescendiente, ora dominante, ora ofendida, ora chocada, ora avuncular, aquella voz que no puede dejar en paz a las mujeres”.
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“Los grandes poetas no mueren”
Gracias a los logros de estas y otras voces, Virginia Woolf se apoya para defender en Una habitación propia una literatura “abierta a todos”, es decir, una educación y una sociedad que permita a todas las mujeres que así lo deseen entregarse al oficio de crear historias. “No cabe duda de que algún día, cuando la mujer disfrute del libre uso de sus miembros, le dará (a la novela) la configuración que desee y encontrará igualmente un vehículo, no forzosamente en verso, para expresar la poesía que lleva dentro”.
No cabe duda, tampoco, de que ella misma acabaría siendo uno de los nombres más destacados de la historia de la literatura. Ahora, ella, como Jane Austen, Emily Brontë y el resto de escritoras, sigue estando presente en cada una de sus sucesoras. Tal y como ella advierte al final de Una habitación propia, “los grandes poetas no mueren”, sino que “son presencias continuas; solo necesitan la oportunidad de andar entre nosotras hechas carne”.
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