
Yasmina Reza (París, 1959) se convirtió en una celebridad involuntaria, pero lo de lo más necesaria. Sus obras teatrales han ido adquirido, con el paso el tiempo, una dimensión estratosférica. Nos referimos, por ejemplo, a Arte, de la que se han hecho multitud de adaptaciones, a Un Dios salvaje, adaptada por Roman Polanski al cine.
Ahora, la escritora publica en nuestro país Casos reales (Alfaguara), un libro estructurado como una secuencia de retratos humanos recogidos durante 15 años de asistencia a distintos tribunales franceses y que presenta una mirada cercana y compasiva sobre quienes, por diversos motivos, han acabado ante un juez.
Yasmina Reza se instala entre el público de las salas, posicionándose entre quienes se acercan más por curiosidad que por necesidad, y desde allí observa y recoge historias en las que, lejos de buscar culpables absolutos, prevalece una atención genuina al detalle cotidiano y al sufrimiento individual.
“Empecé a asistir a estos juicios sin pensar en ningún momento que iba a escribir un libro. Sencillamente, se trataba de un tema de curiosidad, de observar social y psicológicamente perspectivas distintas a la mía, y de observar”, cuenta Yasmina Reza a Infobae.
Un proceso tan intenso como minucioso
La escritora fue tomando notas y escribió pequeñas historias en torno a cada juicio al que asistió, aunque no siempre obtuvo el material necesario. “No siempre te puedes comprometer con todas las historias a nivel humano”, cuenta, añadiendo también que, en ningún caso, quería escribir una novela sobre juicios y que se circunscribiera a ese género de forma especifica. Su intención era relacionar esos casos con la cotidianeidad que nos inunda.
A lo largo de sus páginas, Casos reales recoge biografías tan escuetas y anodinas como las de quienes han trabajado como camareras de piso, empleadas en supermercados o dependientas en cadenas de moda. Junto a ellas, aparecen figuras tan diversas como inmigrantes con actitudes racistas, un presentador de televisión envuelto en escándalos por solicitar imágenes íntimas a menores de edad, traficantes, una auxiliar de enfermería procesada por el asesinato de su marido o incluso un antiguo presidente francés ante la justicia.

“Yo no diría que se trata de una investigación periodística. No quería encontrarme en la posición de una investigadora. Estamos hablando de una observación del ser humano, del comportamiento humano, sin ningún tipo de juicio de valor sobre la situación”, cuenta la escritora.
El recorrido también se detiene en personajes secundarios de la vida judicial como un perito en balística, que transporta un cráneo humano en una bolsa de supermercado, y en testimonios cuya parquedad resulta notoria por su incapacidad para articular respuestas ante el tribunal.
Las voces y vidas recogidas por Reza abarcan desde quienes reconocen que nunca han sido especialmente afortunados hasta aquellos que, a pesar de todo, encuentran motivos para la felicidad en los pequeños afectos de la vida diaria.

La autora se esfuerza por no manifestar preferencias o juicios de valor, abordando por igual tanto a criminales como a niños incapaces de dejar leer a sus abuelas, y situándose en una línea de observación muy distinta a la de otros cronistas judiciales como Emmanuel Carrère.
En lugar de caer en el narcisismo o en la ‘espectacularización’ del drama, Reza reproduce las escenas judiciales como si fueran una suerte de teatro, donde “todo es signo” y, en muchas ocasiones, lo que está en juego es prácticamente toda una vida. La narradora alterna el protagonismo de los casos judiciales con pequeñas escenas o “miniaturas” que abordan temas universales como la amistad, el paso del tiempo, los rituales de familia o las pérdidas imprevistas.
Estos fragmentos refuerzan la estructura del libro y lo conectan, en momentos especialmente logrados, con la tradición de los Crímenes ejemplares de Max Aub, aunque no faltan episodios de cómica cotidianidad que remiten a los diarios italianos de Jumpa Lahiri.
Aparecen, por ejemplo, recuerdos de amistades a escritores y artistas que ya no están, como Imre Kertész, Roberto Calasso, Bruno Ganz o el director Luc Bondy, junto a escenas tan significativas como la de una anciana de 98 años que abandona el tabaco para cuidar su piel.
El retrato social en primera persona
A partir del segundo bloque del libro, Reza ahonda especialmente en la naturaleza inasible del ser humano y en la forma en que la suerte condiciona la vida de quienes protagonizan estos casos. Se describe, por ejemplo, el caso de un peluquero a domicilio que, años después del suicidio de su mujer, monta una trampa al antiguo amante de esta; el de una mujer a la que la humillación por su físico y sus preferencias terminó marcando su destino; o el de una cuidadora de ancianos investigada por posibles abusos.
Son historias donde el resumen vital se reduce a la precariedad laboral y a infancias en ausencia de referencias parentales. En este sentido, muchos de los declarantes muestran tal desconcierto ante el proceso judicial que sus declaraciones se ven limitadas a la constatación de que “la suerte siempre fue aciaga con ellos”.
Así, la voz narrativa propone una identificación radical con quienes, en condiciones adversas, no supieron hacer mucho con las escasas oportunidades que la vida puso en su camino. Pero, como afirma la escritora, no es un libro sobre la muerte más allá de los crímenes que se comenten. “Diría que es más un libro sobre la soledad, más que sobre la muerte. Lo que me interesaba no era la truculencia, sino el aspecto cotidiano, la banalidad de la vida y cómo nos hacemos preguntas al respecto”.
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