La sombra de la inteligencia artificial se extiende más allá de la ciencia ficción, y para James Cameron, su amenaza es tangible y urgente. El director de películas pioneras en tecnología como The Abyss y Terminator 2: El juicio final, ve en la IA un desafío ético y existencial con pocas respuestas claras. Mientras prepara el lanzamiento de su nueva película, Avatar: Fuego y ceniza, el cineasta aprovechó para compartir sus reflexiones sobre los peligros de una tecnología que avanza más rápido de lo que la sociedad puede asimilar.
En la industria del cine, James Cameron ha sido asociado durante décadas con rupturas tecnológicas que cambiaron la narrativa visual. Su trabajo en efectos digitales en The Abyss abrió camino a figuras como el T-1000 en Terminator 2, y posteriormente perfeccionó técnicas para la saga Avatar, fundamentales para la evolución de los efectos especiales. Estas hazañas han mantenido a Cameron como referente cuando surgen debates sobre el papel de la tecnología en la creatividad.
Ahora el debate ha girado hacia la inteligencia artificial, un terreno donde, según Cameron, las advertencias planteadas en su franquicia sobre Terminator apenas han sido escuchadas por quienes toman decisiones en el sector tecnológico. “Creo que ahora sí me escuchan”, aseguró a ComicBook. En la actualidad, la inquietud sobre la IA ha adquirido nombre propio: el “Skynet Problem”, en referencia al conflicto central de la saga de Terminator. Para Cameron, la conversación internacional gira en torno al concepto de “alineación”, es decir, el desafío de garantizar que la inteligencia artificial opere “para el bien humano”.

Un ritmo incapaz de seguir
Sin embargo, el director advierte que la raíz del conflicto reside en la incapacidad humana para alcanzar consensos sobre cuestiones fundamentales. “¿Quién decide qué es lo bueno para nosotros? No podemos ponernos de acuerdo en casi nada. Las religiones y los gobiernos mantienen posturas éticas opuestas,” explicó. Desde su perspectiva, este desorden mundial dificulta cualquier intento de “alinear” a la IA según un criterio general, incrementando el riesgo de un desarrollo autónomo sin control colectivo.
A estas dificultades, Cameron le suma un problema agravante: la propagación de la desinformación y los intereses cruzados detrás del avance tecnológico. “No vamos a resolver esto a tiempo. Y están siguiendo ese camino con miles de millones detrás”, lamentó en entrevista. Según ComicBook, la velocidad con que emergen nuevas capacidades de la IA, combinada con la manipulación deliberada de información, deja a la humanidad sin margen suficiente para acordar mecanismos efectivos de supervisión o regulación.
A pesar del revuelo en torno a herramientas como ChatGPT u otros sistemas generativos, James Cameron aclara que su preocupación se orienta específicamente hacia lo que denomina la “Big AI”: estructuras de inteligencia que podrían, en teoría, escapar al control humano. La inteligencia artificial generativa, señala, será gestionada por Hollywood y otras industrias ya que “encontrará su nivel”. Sobre este punto, insiste en que el verdadero reto no pasa por la sustitución de artistas o actores, sino por evitar que el desarrollo sin restricciones de la IA avanzada derive en un riesgo existencial para la humanidad. “Podremos regular el uso artístico de la IA en el cine, pero solo podremos hacerlo si seguimos existiendo como industria y como especie”, remarcó.
En ese sentido, Cameron hizo una puntualización especial de cara al estreno de Avatar: Fuego y ceniza, programado para el 19 de diciembre. El director subrayó que su película no empleó ningún recurso de IA generativa y reiteró su preferencia por el talento y la voz humana dentro del proceso creativo. “Honramos y celebramos a los actores. No los sustituimos. Creo que Hollywood se autorregulará en ese aspecto,” dijo Cameron. A las puertas del debut de Avatar: Fuego y ceniza, la visión de James Cameron sobre la inteligencia artificial no solo interpela a los líderes tecnológicos sino también a las audiencias, invitando a cuestionar quién y cómo determinará el destino de una innovación que avanza más rápido que el propio juicio humano.
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