Cédric Klapisch, director de cine: “Cada vez me resulta más difícil ver películas norteamericanas, no me provocan ninguna emoción”

El cineasta francés estrena este fin de semana ‘Los colores del tiempo’, una película a caballo entre el presente y París a finales del siglo XIX que nos habla de la importancia del pasado y del arte para comprender mejor nuestro presente

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Tráiler de 'Los colores del tiempo', de Cédric Klapisch. (Wanda Visión)

“En general, la gente no suele mirar demasiado hacia el pasado”. Tales son las palabras del director de cine francés Cédric Kaplisch, quien considera, por el contrario, que el pasado es “importantísimo para el mundo de la cultura” y de la vida de cada uno. Mirar al pasado, para él, es un “impulso vital”, apreciable más adelante en el arte, la literatura o la historiografía. “El pasado nutre las creaciones presentes y actuales para poder avanzar y es absolutamente necesario recordarlo”. En otras palabras: a través de él, nos encontramos a nosotros mismos.

En un tiempo en que la inmediatez lo domina todo, Klapisch reafirma su convicción con su nueva película Los colores del tiempo, estrenada este fin de semana en España tras su paso (el primero en la carrera del director) por el Festival de Cannes. Conocido en España sobre todo por su comedia dramática Una casa de locos, regresa con una historia sobre la responsabilidad y el privilegio de investigar de dónde venimos. Con eso mismo se encuentran las treinta personas de una misma familia que, de un día para otro, heredan una casa abandonada en la región francesa de Normandía, y frente a la oferta de venderla para construir una zona comercial, deciden investigar primero qué hay en su interior y qué secretos esconde.

La intención de Klapisch de colocar el pasado en el centro del debate conecta directamente con una de las ideas recurrentes en su cine: la construcción de la identidad a partir de lo heredado y lo vivido. Incluso en un mundo donde “la familia es algo que se puede elegir y que la sangre no tiene por qué ser el vínculo más importante”, tal como él mismo reconoce, el director afirma que hay algo insoslayable en esa transmisión generacional. “No se trata tanto en mi caso de la idea de defender los lazos de sangre, la familia tradicional, sino más bien la idea de que aunque no lo quieras y elijas tener otro tipo de familia, no hay que olvidar que somos producto de otra cosa”.

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Imágenes de 'Los colores del tiempo', de Cédric Klapisch. (Wanda Visión)

Un viaje al París del siglo XIX

En ese viaje al pasado, Klapsich muestra el viaje de Normandía a París del antepasado común de todos esos familiares: Adèle, una joven en busca de una madre a la que no recuerda haber conocido. De este modo, parte de Los colores del tiempo está ambientada (y es por esto que ha sido comparada con otros títulos como Midnight en Paris) en el París de finales del siglo XIX, en plena Revolución industrial y también en una Revolución artística. “Es un momento en el que, literalmente, París explota. Es una de las ciudades más importantes del mundo y suceden muchísimas innovaciones”, describe el director.

Es ese impulso hacia el cambio el que interesaba más retratar a Klapisch. “La electricidad, la fotografía, los aviones, los trenes... Se revoluciona de forma absoluta la forma de vivir de las personas hasta aquel entonces”, continúa describiendo. No hace mucho que la Torre Eiffel, símbolo de esta recién inaugurada modernidad, ha sido instalada, y de hecho aún conserva su tono original: un rojo Venecia que años más tarde sería sustituido por el marrón. Es ese París, a medio camino entre las cámaras fotográficas, el cine, los bulevares o las luces de gas prendidas aún por los faroleros, en el que Adèle recala: “Todo está por inventarse y donde cada descubrimiento empuja a la siguiente generación artística (la joven conocerá a un pintor y a un fotógrafo que la acompañarán en su viaje) a ir más allá”.

No es la primera vez que Cédric Klapisch se enfrentaba al reto de jugar con el tiempo. Ya lo había hecho en otros proyectos como Le péril jeune (un retrato de la juventud francesa en la década de los 70 a través del reencuentro de varios amigos) o, a su manera, en Tal vez... donde una reunión familiar en la Nochebuena de 1999 acaba convirtiéndose en un viaje al futuro. Sin embargo, Los colores del tiempo ha sido un reto mucho mayor. “Hemos tenido que utilizar mucho VFX para poder hacer esta reconstrucción del París de aquella época”, destaca el cineasta, quien recuerda la inversión de tiempo y dinero en utilizar caballos, vestuarios, peinados y maquillaje que dotaran de verosimilitud la vida de Adèle. “El reto principal diría que ha sido tener mucha paciencia”.

Cédric Klapisch, director de 'Los
Cédric Klapisch, director de 'Los colores del tiempo'. (Wanda Visión)

Formas de representar la realidad

En ese París de finales del XIX hay un elemento que aún no hemos mencionado, pero que es clave para comprender tanto la época como la película de Klapisch: el movimiento de los pintores impresionistas. Para el director, las formas de representar el mundo condicionan la manera en la que lo habitamos y lo interpretamos. “Esa es la función del arte. Nos hace ver las cosas y representarlas de forma distinta. Pensando, por ejemplo, en Picasso, en la abstracción y cubismo. Nos hace pensar de forma totalmente diferente. Y si pensamos en el Guernica, cómo se transmite una visión completamente distinta de lo que es la guerra”.

En aquella época, por ejemplo, un invento concreto está a punto de cambiar por completo nuestra forma de mirar la realidad: “La fotografía empieza a dar algo a la sociedad que no le está dando la pintura. Por lo tanto, los pintores tienen que explorar nuevas formas", detalla el director. En este sentido, el impresionismo abandona el realismo que hasta entonces había caracterizado a la pintura (y por el que no puede competir contra una cámara) y se centra en otros matices: la luz, el movimiento, los colores.

Eso es lo que respira el París de Los colores del tiempo, y lo que se cuenta cuando el camino de Adèle y todos sus familiares, pasados y futuros, se cruza con el de los principales pintores de ese movimiento. Al mismo tiempo, sus descendientes, al descubrir las fotografías antiguas, cuadros heredados y su propia imagen transformada en la pantalla (cada día se hacen en el mundo más de 90 millones de selfies), se enfrentan a la pregunta de si son nuestras imágenes las que marcan nuestra percepción del mundo o si, por el contrario, la experiencia vivida es la que finalmente impone sus reglas a la cualquier expresión artística. Para Klapisch, esta pregunta nunca termina de resolverse. Lo esencial, nos dice, es mantener vivo el interrogante y experimentar, ya que eso es lo que “nos hace” y lo que nos lleva dar un paso adelante.

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Imágenes de 'Los colores del tiempo', de Cédric Klapisch. (Wanda Visión)

A través de la expedición por la casa abandonada y los secretos de Adèle, la película explora la tensión entre lo elegido y lo impuesto, la rebeldía hacia la herencia y el descubrimiento (a menudo doloroso y liberador a la vez) de la propia identidad como parte de una larga cadena de vidas, sueños y frustraciones. Para Klapisch, este viaje familiar es también una metáfora de la propia Francia, “producto de siglos de historia, de oscilaciones entre el respeto a la tradición (destaca que tanto Francia como Europa cuidan mucho, en general, todo su patrimonio histórico) y la obsesión por la modernidad”.

Un cine sin fórmulas ni obsesionado con su intensidad

A través de todos estos temas, Los colores del tiempo acaba tejiendo un enorme tapiz que nos habla del ser humano y su cambiante relación con el mundo. Lo hace sin grandes clímax, sin necesidad de una gran carga dramática y momentos para la comedia, el romance o, simplemente, el asombro. “Me parece que es importante cambiar un poco la narrativa, la forma de contar las historias”, asegura Kaplisch, quien no oculta su cansancio ante los códigos repetidos del cine contemporáneo. “El tema del cine de acción, de los thrillers, de Marvel... me resulta cada vez más difícil ver películas norteamericanas. Por ejemplo, las últimas de James Bond es que no las puedo ver, no me provocan ninguna emoción”.

Para el director, esas “fórmulas” ya nos las conocemos más que de memoria, por lo que es necesario encontrar nuevas estructuras que permitan romper el molde y seguir emocionando a los espectadores. En esta línea, expresa su admiración por otros directores como el coreano Bong Joon-ho, a quien considera un claro ejemplo de “cambiar los códigos tradicionales”. Por su parte, con Los colores del tiempo él ha buscado que fuera la interacción entre ambas líneas temporales lo que contuviera la fuerza de la historia y su recordatorio esencial: que “la necesidad de sentir, de crear lazos y de reinventar la mirada sobre el mundo” es más urgente que nunca, y el cine puede y debe abrir nuevos caminos para lograrlo.

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