
La proyección en el Festival de Venecia de Nuestra tierra, el primer documental de Lucrecia Martel, ha puesto en primer plano la denuncia del racismo sistémico que afecta a las comunidades indígenas en Argentina.
La cineasta, reconocida por su obra de ficción, aborda en esta película el asesinato de Javier Chocobar, líder de la comunidad Chuschagasta, ocurrido el 12 de octubre de 2009 en la provincia de Tucumán.
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Ese día, el terrateniente Darío Luis Amín, acompañado por dos ex policías, intentó intimidar a la comunidad con el objetivo de explotar una cantera en tierras ancestrales, lo que derivó en un ataque armado que terminó con la vida de Chocobar y dejó a dos comuneros gravemente heridos.
La decisión de Lucrecia Martel
La decisión de Martel de realizar este documental surgió tras ver en YouTube un video grabado durante la confrontación.
La directora explicó que la imagen de una persona sosteniendo una cámara en una mano y un arma en la otra resultó profundamente perturbadora para quienes se dedican al cine.
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“La persona que llevaba la cámara también tenía un arma y para quienes hacemos cine, la imagen de una persona que sostiene una cámara en una mano y una pistola en la otra es sobrecogedora”.
Añadió, además: “Y, en última instancia, ¿qué es lo que lleva a un ser humano a sentirse legitimado para sacar un revólver y disparar a otras personas?”.
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En Nuestra tierra, la directora articula imágenes del juicio a los acusados del asesinato con entrevistas a miembros de la comunidad Chuschagasta y una amplia selección de material de archivo.
Un documental político y reivindicativo
El documental construye así un retrato de una comunidad que ha padecido siglos de injusticia colonialista y expone cómo el racismo sistémico, avalado por el Estado argentino, ha despojado a los pueblos originarios de sus tierras y medios de vida.
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Durante la presentación de la película, Martel reflexionó sobre la legitimidad de abordar historias ajenas a su propia experiencia.
Reconoció que “siempre es debatible si un artista como yo está legitimado para hacer una película sobre una comunidad indígena y luego viajar por el mundo para presentarla”.
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No obstante, cuestionó las reglas no escritas que restringen la representación en el cine: “Pero siento que el cine ha entrado en una zona de impotencia, cuyas reglas dictan que solo las mujeres pueden hablar de las mujeres, solo los hombres pueden hablar de los hombres, y solo los indios pueden hablar de los indios. Yo, al contrario, creo que es indispensable asumir el riesgo de conversar con los otros y de cometer errores en esa conversación. Yo seguramente los he cometido en esta película, pero tenía que hacerla”.
La nueva obra de Lucrecia Martel se presenta así como un testimonio fílmico que interpela tanto a la memoria histórica como a la responsabilidad social, situando el debate sobre la representación y el racismo estructural en el centro de la discusión cultural contemporánea.
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Lucrecia Martel es una de las cineastas argentinas fundamentales de nuestro tiempo, con obras como La ciénaga, La niña santa, La mujer sin cabeza o Zama.
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