No es fácil hacer tu primera película. Mucho menos convencer a alguien para que la haga contigo. Es por eso que el actor y productor Carlo D’Ursi dice desde el principio: “Hacer óperas primas es un trabajo de riesgo”. Para él, que ya lleva producidas unas cuantas, consiste en “una decisión consciente de apostar por el talento”.
En el caso de Gala Gracia, directora que ahora se estrena con Lo que queda de ti, la apuesta fue segura. “Vimos a una directora novel que traía una experiencia personal fuera de lo que se suele traer”, explica el productor de la película. Y es que esta cineasta traía un proyecto inspirado en la muerte de su propio padre y en la relación con su hermana, los dos elementos centrales de una película en la que Sara, una joven compositora, regresa desde Nueva York a su pequeño pueblo de los Pirineos tras ese repentino fallecimiento.

“Heredé un rebaño de ovejas con mi hermana y la granja”, explica la directora en una entrevista con este medio, una situación muy similar a la de la película que rueda. Del mismo modo, trató de llevar a la gran pantalla todo el proceso “de acomodamiento, de aprendizaje y de superación del duelo”, si bien realizó algunos cambios en el guion para que la película no fuera absolutamente autobiográfica.
De este modo, Lo que queda de ti es una película sobre la aceptación de una muerte, sobre el echar de menos y sobre el pensar que, tal vez, no hemos estado todo lo que deberíamos con quienes más nos han cuidado. Pero es, a su vez, una película del campo, donde la sensación se invierte: el trabajo es duro, sacrificado y no siempre gratificante. Pero es vida.
“Normalmente, vemos el campo como un infierno y un sitio inhóspito, como en As bestas de Sorogoyen, o en un sitio idealizado, como en Alcarràs, de Carla Simón”, explica Carlo D’Ursi, “que aunque Alcarràs es realista, esta lo es aún más”. En la película vemos a Sara y a su hermana trabajar, y no poco precisamente.
“Yo quería mostrar el campo tal y como lo he conocido”, cuenta Gala Gracia, “con sus grises, porque es muy duro y es un trabajo que requiere que estés todo el tiempo muy pendiente de los animales y no hay descanso”. Al mismo tiempo", es muy bello y tiene una parte muy bucólica, da mucha paz y tiene algo que te conecta con el origen del mundo".
El aprendizaje para parecer verdaderas ganaderas
Sin embargo, para que resultara creíble ver a Sara (Laia Manzanares) y Elena (Ángela Cervantes) ‘partirse el lomo’, era imprescindible que ambas se familiarizaran con el entorno y la vida rural. “Una de las decisiones más importantes en la producción fue darle tiempo a Gala de traer las actrices a su casa y de ensayar con ellas, enseñarles lo que realmente es ser ganaderas”.

Ambas actrices fueron al pueblo natal de la directora y, gracias a su ayuda y a la de sus vecinos y familiares, consiguieron aprender lo necesario con varios meses de práctica. “Se hace mucho por repetición”, explica Gala Gracia, “practicar mucho cómo manipular al animal que tiene mucha fuerza para guiarlo sin hacerle daño y sin que él te haga daño a ti”.
“La verdad es que salió bastante fácil, entre comillas, porque se nos dio el tiempo”, recuerda la propia Ángela Cervantes, quien como hermana mayor en la película muestra una soltura sorprendente levantando a sus ovejas, ayudándolas a parir o guiándolas de un sitio a otro. “Hubo que romper algunas barreras que al principio daban miedo, como si les haces daño o no. Hay que ir con mucha seguridad y con arrojo, y poco a poco es lo que fuimos conquistando”.
El dilema de estar y no estar
El trabajo era doble en el caso de Laia Manzanares, porque en su caso, además de aprender a ser ganadera, debía ser actuar como una pianista excepcional. La música es una parte central en la película (fue premiada en el pasado Festival de Málaga), que se estructura, en parte, por las diferentes composiciones de Sara. “Creo que fue más difícil aprender a tocar el piano que a ser ganadera”, confiesa la actriz. “Porque es que el piano es una cosa con la que se nota mucho si te has tirado o te has tirado miles de horas. Con el campo también, pero con el piano más”.
Si en el caso de Elena, el dominio de los animales es total, en Sara hay una cierta tensión constante, como si todo se tratara de una canción ligeramente desafinada. “Laia tiene esta cosa de tener sus raíces en el campo y al mismo tiempo parecer que no pertenece a ese lugar, porque lo que ha heredado de su padre es el amor por el jazz... hasta el punto de que se dedica a eso. Para poder volar y poder desarrollar su carrera, tiene que vivir fuera de ese entorno, lo cual hace que crezca en ella una especie de culpa.
El reto de contar algo real
Las interpretaciones de Laia y Ángela acaban siendo el pilar narrativo de la película. Sus conversaciones, sus silencios, su interacción con el sitio que se lo ha dado todo y que también les ha arrebatado lo más importante, lo impregna todo. “Cuando se trata de una historia real y tienes a la directora presente y compartiéndote y abriéndose muchísimo, siendo tan generosa y dándote un montón de información y de herramientas... Yo, por lo menos, tenía la máxima de querer que Gala viera la peli que estaba en su cabeza”, cuenta Laia.
Más aún, sabiendo el tiempo que llevaba la propia directora intentando sacar adelante su película. “Se han tardado seis años”, cuenta el Carlo D’Ursi. “Porque el camino de financiación de una película de un nuevo realizador es muy largo”. Primero el guion, luego otros tantos años de financiación, una pandemia en medio, el rodaje, el montaje posterior... “Si lleva tanto tiempo con estos personajes, construyéndolos, y los ve en nosotras”, reflexiona Ángela, “es como que quieres dar todo lo que puedas y mimetizarte con eso”.

El gran dilema de cualquier artista
A través de la adquisición de estas habilidades, ambas lograron conectar físicamente con los personajes. La parte emocional se consiguió también gracias al dilema de Sara entre el arte y la familia, que, inevitablemente, es algo conocido para cualquier persona que se dedique al arte. “Te sientes culpable y ya no sabes muy bien si tienes que seguir realmente con tu vocación o tomar decisiones”, reflexiona Ángela. “Esta profesión de ser actriz implica una disponibilidad casi total, cuando tienes trabajo no puedes decir que no”.
“Algo que intento practicar desde que me dedico a esto es preguntarme ‘¿quieres seguir haciendo esto?’“, cuenta Laia. ”De momento la respuesta siempre ha sido sí: esto me apasiona y cada vez me gusta más y soy capaz de disfrutarlo más". Si algo nos enseña Lo que queda de ti, es que la vida pasa: a veces se marcha de un suspiro, a veces nosotros mismos dejamos que se marchite.
En ese sentido, el proceso de asimilar la muerte del padre también se transforma en una pregunta: ¿cómo quiero que sea el resto de mi vida? Ambas hermanas encuentran una respuesta diferente. “Me ayudó mucho centrarnos en la gestión del duelo”, cuenta Ángela. “En el caso de Elena, a ella le da miedo porque hay que seguir adelante pero también hay un no acabar de expresarlo todo, porque si empieza no acaba”.
“Yo creo que Sara está desarraigada”, concluye Laya. Para ella, lo que atraviesa su personaje es la sensación de “cuando te dejas llevar mucho por lo que hay fuera y de repente la vida te hace ‘pum’ y te pega un bofetón y te devuelve al suelo y dices ‘Dios mío, no tengo dónde cogerme’”. Sara ya no tiene una casa: no está su padre, no están sus cosas y muy pronto las ovejas también se marcharán. En una situación así, es inevitable preguntarnos: ¿qué nos queda?
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