Omar A. Razzak reconstruye en ‘Papagayo’ un amor y un Israel que "ya no existen"

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Adrián Arias

Valladolid, 29 oct (EFE).- Hay historias de amor que sobreviven a quienes las protagonizaron y lugares que solo existen en los recuerdos; Omar A. Razzak comenzó a filmar Israel junto a su pareja israelí cuando todavía imaginaban un futuro compartido, pero la separación y la guerra en Gaza acabaron convirtiendo ‘Papagayo’ en la reconstrucción de dos mundos que dejaron de existir.

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"El Israel que se ve en la película no es el Israel de ahora", explica el cineasta canario de origen sirio en una entrevista con EFE con motivo del estreno en España, en la 71 Seminci, de esta obra sumamente personal y en la que reconoce que los acontecimientos posteriores al rodaje transformaron el sentido de unas imágenes que habían nacido de la curiosidad y el descubrimiento.

‘Papagayo’ comenzó cuando su pareja tuvo que abandonar España por problemas administrativos y regresar a Tel Aviv. Él decidió acompañarla y empezó a grabar casi como quien lleva un diario de viaje, recorriendo lugares desconocidos y descubriendo que su identidad no siempre era percibida como él esperaba.

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"Yo viajo como español y yo me siento español, y cuando llego allí empiezo a ver que igual para ellos no soy español, sino que soy árabe", recuerda.

Ella, ilustradora, comenzó a dibujar los lugares que él visitaba, algunos de ellos inaccesibles para las mujeres en determinadas comunidades ultraortodoxas, y de ese intercambio nació una película que pronto reveló que sus verdaderos protagonistas eran ellos mismos: una pareja atravesada por algunas de las contradicciones del territorio que recorrían.

La guerra en Gaza terminó de transformar el sentido de 'Papagayo', que pasó de ser casi una comedia a adquirir un tono más melancólico y menos esperanzador, mientras las imágenes rodadas en Israel se convertían en el recuerdo de un país que el cineasta ya no reconocía.

La relación terminó deteriorándose y ella decidió abandonar el proyecto, que permaneció paralizado durante un largo periodo, y cuando A. Razzak lo retomó, se encontró con una dificultad: cómo reconstruir una historia compartida cuando una de las voces ya no quería seguir contándola.

"Yo solo puedo hablar por mí", explica el director, que recurrió a la animación para representar a su expareja y transformó el diálogo inicial entre ambos en una narración con una sola voz.

Pero a esa ruptura íntima se añadió otra que terminó de transformar la película.

El cineasta tenía previsto regresar a Israel en diciembre de 2023 para completar el rodaje, pero la guerra en Gaza y las cancelaciones de vuelos hicieron imposible el viaje: los lugares que había filmado pertenecían ahora a otro tiempo y el país que mostraban se había convertido, a sus ojos, casi en un territorio imaginario.

"Si volviera, no sería la misma película. Bueno, ahora mismo no podría ni regresar allí a rodar", reflexiona.

El propio título de ‘Papagayo’ contiene una de las paradojas centrales del documental: la capacidad de comunicarse no garantiza necesariamente que exista comprensión.

Una contradicción que también reconoce en Israel, donde conviven comunidades con lenguas e identidades diferentes que, pese a su proximidad, encuentran enormes dificultades para comprenderse.

En un contexto marcado por la guerra en Gaza y la polarización del debate público, el cineasta sostiene que la dimensión autobiográfica de la película permite aproximarse a esas tensiones desde un lugar distinto al de la confrontación política.

El trabajo más difícil, sin embargo, estuvo en regresar a los recuerdos de una relación que había terminado, a antiguas conversaciones de WhatsApp, a escuchar repetidamente la voz de su expareja y volver sobre momentos de intimidad que ya pertenecían al pasado.

Lejos de concebir ese proceso como una terapia o una forma de ajustar cuentas, terminó encontrando una razón distinta para completar la película: "Lo que he tratado de hacer es una canción de amor, un regalo para mi hijo", explica.

Así, ‘Papagayo’, que ha vendido todas las entradas en sus tres proyecciones en Seminci, se convierte en una manera de conservar lo que la separación y el paso del tiempo amenazaban con borrar: el recuerdo de una historia que, pese a su desenlace, el cineasta quiere legar a su hijo.EFE

(foto)

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