
El Horta Rugby Club estaba preparando un entrenamiento especial de Halloween para el día siguiente cuando empezaron las noticias y las imágenes terribles. “En ese momento no pensábamos en el rugby ni en el campo, solo queríamos saber que todos estaban bien”. Así recuerdan en entrevista con Infobae aquel 29-O.
La DANA, que cumple hoy dos años, dejó 233 muertos en la provincia de Valencia y daños materiales por valor de 13.000 millones de euros. Aquel martes empezó con aviso rojo de la Aemet; el Cecopi no se reunió hasta las 17:00 de la tarde y la alerta no llegó a la población hasta las 20:11 horas, cuando la mayoría de las víctimas ya habían fallecido.
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Calles, viviendas, vehículos, ropa. Todo quedó cubierto de agua y barro en cuestión de horas. Y entre ellos, los pabellones y campos que sostienen el deporte base en los alrededores de Paiporta. El Horta, con sede original en Picanya, todavía sigue sin campo y ha tenido que construir su nuevo hogar en Torrent (a 5 km). Pero no es el único. Tampoco el CB Benetússer, club de baloncesto del municipio del que toma el nombre, continúa sin su pabellón. “No sabemos si han empezado ya a poner el suelo o no. No tenemos información”, explican a este medio.

Entrenar de prestado
El Horta tiene jugadores y jugadoras de Paiporta, Picanya, Torrent, Alfafar, Benetússer y otras localidades afectadas, así que el grupo de familias se convirtió esa noche en una red de contacto urgente. Al día siguiente salieron a llevar comida y ropa y a ayudar a limpiar las calles.
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Más tarde fueron al Polideportivo Municipal de Picanya. “Ver así el lugar donde entrenábamos y jugábamos fue muy duro”. Pero enseguida apareció otra preocupación: qué iba a pasar con el club.

El Horta es un club joven y sabía que pasar demasiado tiempo sin entrenar podía llevarle hasta la desaparición. Pidió ayuda a la Federación de Rugby de la Comunitat Valenciana y a la Española. Sin embargo, no había campos; los que no estaban dañados los usaban la UME y los deportes minoritarios. Fueron los clubes amigos los que les dejaron espacio.
Volvieron a la acción dos semanas después. Muchas familias se habían quedado sin coche y las vías de acceso de muchas carreteras y el metro estaban en obras. La competición siguió sin cambios: el suyo era el único campo de rugby afectado, así que jugaron en los de los rivales.
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La primera temporada acabó sin bajas, algo que para el club fue “casi una sorpresa”. No obstante, sin campo y “jugando de prestado”, mantener a los jugadores era complicado. Las fichas se perdieron al curso siguiente. Hoy siguen así, presentando equipos en casi todas las categorías, pero no han conseguido alcanzar los niveles de antes del 29-O. “En un deporte como el rugby, detener ese impulso supone un daño difícil de medir”, señalan.

Benetússer: “Miedo, amargura e impotencia”
En el club de baloncesto recuerdan aquel día “con miedo, amargura e impotencia”. “En ese orden”, subrayan. La misma noche de la DANA supieron cómo habían acabado las instalaciones exteriores y, al día siguiente, el pabellón. “En el chat de la directiva casi todos daban la temporada por perdida”, confiesan.
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Sin embargo, la decisión de volver no tuvo que ver con el deporte en sí. “En Navidad ya tuvimos tiempo de pensar, de escuchar a las familias, y entendimos que los niños necesitaban volver a jugar lo antes posible. No a baloncesto, a cualquier cosa, a sentirse niños otra vez, a no tener miedo”. Por coherencia, el deporte no podía volver antes que las clases, así que cuando abrieron los colegios, el Ayuntamiento les dejó entrenar por las tardes.
Imágenes aéreas de las inundaciones en Valencia.
Una casa nueva en Torrent
Para los de Picanya, las donaciones llegaron desde el Club de Rugby Veleta, de Granada, y del italiano Unni Rugby Valcuvia, y sirvieron para pagar las fichas de los jugadores afectados. “Queríamos que ninguna familia tuviera que dejar el club por motivos económicos en un momento así”. Además, la Fundación Trinidad Alfonso les ayudó a recuperar parte del material arrastrado por el agua.
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A pesar de ello, no se recuperó todo lo perdido ni se resolvió la falta de campo. El Ayuntamiento de Picanya les explicó que “no podía prever la recuperación de las instalaciones deportivas a corto ni medio plazo”. Había necesidades más urgentes, dicen desde el Horta, “pero nosotros también teníamos que actuar con rapidez si queríamos que el club siguiera existiendo”.
No recibieron una alternativa institucional. La encontró un socio, que contactó con el Colegio Fomento El Vedat, en Torrent, y este les cedió un campo de césped natural. “El terreno no era todavía un campo de rugby”, apuntan a Infobae.
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Familias y socios instalaron las porterías en forma de “H”, habilitaron arquetas y tomas de agua y, hace poco, montaron los aspersores. “Ahora tenemos estabilidad, aunque la solución la hemos tenido que buscar y desarrollar nosotros mismos”, cuentan.
Es más, no prevén volver. “Estamos muy a gusto en El Vedat”, destacan. Para ellos, “volver a casa” significa tener un lugar estable donde entrenar, y eso lo están haciendo poco a poco: “En cierto modo, estamos construyendo esa nueva casa en Torrent”. Ahora el objetivo es crecer y darse a conocer al pueblo.

Cuatro partidos por semana y la mitad de la plantilla
La otra cara de la moneda la tiene Benetússer. Los partidos que no se pudieron jugar durante tres meses por la riada se agruparon en las pocas semanas que quedaban de curso, y los niños llegaron a jugar hasta cuatro por semana. “Niños que han perdido casas, familias hasta arriba de trabajo de reconstrucción, y ellos jugando por obligación”, denuncian desde el CB Benetússer.
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Retirarse les habría costado las categorías y, probablemente, una sanción. “Quizá hubiera sido lo correcto, pero supongo que no estábamos preparados para otra derrota”, admiten.
Dos años después, y al igual que el Horta Rugby, no tienen “casa”. Incluso, no puede asegurar los entrenamientos y juega casi siempre fuera. “Las familias se cansan de ir siempre de lado a lado, de depender de los horarios del conseje, de cambios de partidos todas las semanas”, subrayan a este medio. Eso les ha llevado a perder hasta la mitad de sus jugadores desde la DANA, cuando hasta entonces el crecimiento había sido regular. “Estamos perdiendo equipos a la carrera”, lamentan.
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Un pabellón que no llega
Su balance de estos dos años es crudo: “No voy a decir que es un desafío, porque no tiene esa épica. Un tormento, más bien. Muchos voluntarios currando y las familias que aguantan lo hacen por militancia”. Estos 24 meses han sido de dejar de crecer, “luchar contra el Ayuntamiento, luchar contra la federación, luchar contra el fútbol”, cuyas instalaciones, también públicas, se arreglaron unas semanas después de la tragedia.
Lo que sí ha hecho el Ayuntamiento, por la presión del club, ha sido “cedernos el uso de los patios escolares y poner a los conserjes del polideportivo a trabajar ahí”. Para ello han tenido que “arreglar un par de canastas, el suelo de un colegio y algunas líneas.
Por el momento, las obras del polideportivo municipal están siendo “lentas, desastrosas y desesperantes”. Eso sí, el consistorio asegura que estará listo en octubre, “pero no sabemos qué día, ni qué año”. Si este domingo o los venideros por fin podrán jugar en casa, “lo imaginamos cabalgando sobre unicornios y lloviendo polvo de hadas. Puesto a imaginar...”
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