Los primates de Gombe entran en la era de la IA sin abandonar el método de Jane Goodall

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Cristina Magdaleno

Arona (Tenerife), 29 oct (EFE).- Cuando Jane Goodall llegó a Gombe (Tanzania) en 1960 iba armada con unos prismáticos, papel y bolígrafo. Sesenta y seis años después aquel seguimiento de los chimpancés ha generado más de medio millón de páginas y comienza a convivir con inteligencia artificial, imágenes de satélite, drones, micrófonos y hasta computación cuántica.

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Pero Lilian Pintea, vicepresidente de Ciencia de la Conservación del Instituto Jane Goodall, insiste en que toda esa tecnología no pretende sustituir el principio de observación humana que hizo singular el trabajo de la etóloga británica, como la observación de animales concretos durante horas, el seguimiento de sus relaciones y la comprensión de su entorno.

"La forma en la que se han recogido los datos fundamentales no ha cambiado en 66 años y eso es lo que hace que este conjunto sea tan único y especial”, explica Pintea en una entrevista con EFE en Tenerife, donde ha participado en el festival científico Starmus.

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El instituto lanza este mes una nueva plataforma de investigación basada en IA para digitalizar, organizar y analizar las más de 500.000 páginas acumuladas desde que Goodall inició en Tanzania el que se considera el estudio continuado más largo sobre la biología y comportamiento de los chimpancés.

El objetivo, añade Pintea, es conectar información que hasta ahora permanece distribuida en diferentes archivos y permitir a los científicos formular preguntas nuevas sobre la vida social de estos primates y la biodiversidad del Parque Nacional de Gombe.

Pintea trabajó durante 25 años junto a Goodall precisamente en la intersección entre nuevas tecnologías, investigación y conservación, pero recuerda que para ella había algo "especial" en que un investigador estuviera físicamente en el bosque, contemplara un comportamiento y lo anotara.

"Los investigadores siguen a los chimpancés desde las cinco y media o seis de la mañana hasta las cinco o seis de la tarde por el terreno montañoso y escarpado de Gombe, entre vegetación densa, selva y lianas (...) Y la experiencia del investigador de campo es absolutamente esencial para identificar qué está ocurriendo en ese momento", defiende Pintea.

Una cámara o un dispositivo acústico pueden registrar enormes cantidades de información, pero un comportamiento puede ocurrir en lo alto de un árbol o detrás de la vegetación y resultar difícil de interpretar sin el conocimiento de quien lleva años siguiendo a esos animales.

La diferencia es que ahora esa observación tradicional se complementa con cámaras trampa, sensores bioacústicos, imágenes de satélite, drones, lidar, cámaras térmicas y sensores hiperespectrales, lo que ya ha generado algunas sorpresas, como la localización de especies en lugares donde se pensaban que no estaban.

Pintea apunta que en las dos primeras semanas después de instalar un centenar de micrófonos en Gombe, los investigadores detectaron una especie de gálago, un pequeño primate nocturno africano cuya presencia no conocían en el parque ni en esa parte de Tanzania y que hasta entonces se asociaba principalmente con África Occidental.

A su juicio, es un ejemplo de cómo la tecnología puede descubrir dimensiones del ecosistema que la observación humana por sí sola difícilmente abarcaría.

"Esto no va de tecnología, va de personas utilizando estas herramientas para resolver problemas", resume.

Ese principio se extiende a las comunidades que viven alrededor de los hábitats de los chimpancés.

"Es absolutamente esencial que las comunidades locales sean las que tengan el control y dirijan las decisiones que afectan a sus paisajes y a sus recursos hídricos", sostiene Pintea.

A su juicio, tecnologías como los satélites o la IA deben ponerse al servicio de esas comunidades para ayudarles a planificar el uso del suelo, la agricultura o el aprovechamiento de los recursos forestales, y no sustituir el conocimiento de quienes viven en el territorio.

Pintea reconoce además una paradoja, pues emplear inteligencia artificial para conservar la naturaleza implica utilizar una tecnología que también consume energía y recursos, de modo que el instituto busca reducir ese impacto desde el propio diseño de sus herramientas, reduciendo por ejemplo el tamaño de los archivos de reconocimiento facial, según cita. EFE

(foto) (vídeo)

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