Un anillo, un colgante o un lápiz: así se identifican los restos humanos de fosas comunes

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Fermín Cabanillas

Cañada Rosal (Sevilla), 25 oct (EFE).- En un laboratorio instalado en el cementerio de Cañada Rosal (Sevilla) se trabaja para identificar a las 74 personas encontradas en dos fosas comunes en el pueblo, para lo que se analiza cualquier objeto, desde anillos o pendientes hasta un lápiz o semillas encontradas en las exhumaciones.

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Se trata de un trabajo minucioso, como explica a EFE la arqueóloga Carmen Romero, especialista en arqueología forense e historiadora, que dirige una labor en la que parece imposible conseguir resultados al 100 %, pero confía en que la mayoría de las personas encontradas bajo tierra puedan descansar en una tumba que lleve su nombre.

En diciembre de 2025, la Diputación de Sevilla concedió una subvención de 70.000 euros para darle el último empujón al proyecto, de modo que se quiere culminar el estudio genético y antropológico de las víctimas, con el fin último de que sean entregadas a sus familiares, pero antes de eso tienen que estar plenamente identificadas, y, para ello, cada detalle, por ínfimo que parezca, es importante.

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Todo comenzó en 2021, con los primeros trabajos de campo en el antiguo cementerio del pueblo, que hoy es un parque periurbano.

En la primera fosa se encontraron los restos de 14 personas y en la segunda de 60. Una vez realizada la exhumación llegó el momento de clasificar todos los restos, “en una labor multidisciplinar, con historiadores, arqueólogos, antropólogos o documentalistas”.

Se sabe que diez de las personas encontradas son mujeres, de modo que se puede haber encontrado a ‘Las niñas del Aguacho’, un grupo de jóvenes de 16 a 22 años asesinadas en agosto de 1936, cuyos cuerpos se creía que habían sido arrojados a un pozo en mitad de un campo, como difundieron sus asesinos.

Sin tener clara la cifra, aunque se sabe que ronda las nueve mujeres, sí se sabe que fueron capturadas por un grupo de falangistas que las subió a un camión y se las llevaron a la finca ‘El Aguacho’, donde las obligaron a prepararles la comida, las violaron y asesinaron.

Luego, difundieron que las habían arrojado a un pozo, pero todo parece indicar que realmente las lanzaron a una fosa común en Cañada Rosal.

Carmen Romero estudia en su laboratorio anillos, pendientes o colgantes que podrían ser de ellas, y que 90 años después les podrían poner nombres y apellidos.

Todo vale en una investigación que se realiza después de mucha “documentación bibliográfica o entrevistas personales, que sirven para hacer una recopilación de que qué hechos sucedieron en cada una de las localidades donde se trabaja”.

Y en el caso de este pueblo, además, se está seguro de que en la fosa había personas enterradas de varios puntos de la comarca.

“Dependiendo de lo que llevara la persona encima, con la indumentaria, se puede reconstruir o incluso si llevaba encima algo relacionado con su profesión, como un lápiz”, explica la arqueóloga. Si se tiene el testimonio de que un carpintero puedo ser asesinado, esa pista puede ser determinante.

En su mesa de trabajo hay hasta semillas de sandía encontradas a la altura del estómago de una persona, lo que la identifica como desaparecida en verano, ya que en 1936 era inviable tener fruta de temporada todo el año. Eso puede acotar la fecha en que desapareció una persona y llegar a su identidad.

Y se trabaja con la dificultad de que algunas no dejaron descendencia y la huella genética en familiares que son directos no es tan fácil de rastrear.

Pero Carmen Romero y su equipo no se rinden, y confían en poner nombres a las lápidas cuanto antes. Si no es posible con todos, al menos se intentará que la mayoría descanse en paz 90 años después, y el resto quedará en un enterramiento en el que se recordarán los nombres de desaparecidos que nunca fueron hallados. EFE

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(Foto) (Vídeo)

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