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Biometría en vez de rejas: la arquitectura pionera de la nueva cárcel abierta de Barcelona

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Pau Costa Soler

Barcelona, 16 ago (EFE).- Con reconocimiento facial o dactilar, sin rejas ni muros: el nuevo centro penitenciario para presos en tercer grado que la Generalitat de Cataluña inaugurará a finales de año en la Zona Franca de Barcelona apuesta por sistemas de inteligencia artificial para garantizar la seguridad y una arquitectura que facilite la reinserción.

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La cárcel, que con su superficie útil de unos 13.000 metros cuadrados se convertirá en el centro penitenciario abierto más grande de Cataluña, pasará a acoger a los hombres que cumplen condena en tercer grado en las prisiones barcelonesas de Wad-Ras y la de Trinitat Vella, que se cerrará entonces definitivamente.

La Generalitat enmarca estas obras —que han supuesto una inversión de más de 35,6 millones de euros— en su objetivo de fomentar el acceso de los reclusos al tercer grado penitenciario, en consonancia con el modelo de rehabilitación que persigue el gobierno catalán.

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En una entrevista con EFE, la arquitecta responsable del centro, Montse Llorens, ha explicado que en el recinto, donde tampoco hay concertinas, se contempla una “autonomía de movimientos” de los internos en semilibertad, cada uno de los cuales se podrá desplazar con su tarjeta identificativa, con la que los profesionales podrán determinar, tecnológicamente, los permisos de acceso y por horas, en función de cada perfil.

De hecho, los internos, que acudirán a la cárcel cada noche entre semana para pernoctar, entrarán por la misma puerta que los profesionales de la prisión y tendrán que dejar sus pertenencias al llegar al centro en unas taquillas situadas en la recepción, que estarán vinculadas con sus tarjetas.

En el mismo espacio, los presos deberán identificarse en la zona de escáneres y arcos detectores mediante su tarjeta y un reconocimiento facial o de huella dactilar.

Más allá del vestíbulo, el otro punto del edificio en el que los internos deberán pasar su tarjeta y mostrar sus rasgos biométricos será en la planta de su dormitorio, antes de acceder a la celda, en la que luego tendrán que fichar asimismo con su tarjeta para poder entrar.

Igualmente, podrán abandonar su habitación cuando necesiten ir al baño mediante la misma tarjeta.

Sin embargo, el centro podría bloquear la salida de su celda a algún recluso o cerrar todas las puertas si fuese necesario.

La imagen del complejo dista de la típica cárcel: desde fuera, parece un edificio institucional.

Los internos pernoctarán en dos módulos independientes entre ellos, con una capacidad de 400 reclusos cada uno, los cuales están formados por cuatro plantas distintas que ya se pueden distinguir por el color con el que se han pintado las paredes en cada una de ellas.

Las celdas tienen, por lo general, capacidad para cuatro personas, aunque algunas albergan solo una litera, mientras que los servicios higiénicos, ubicados en las esquinas de las plantas, serán de uso común.

En la planta baja, cada uno de los dos claustros albergan un patio interior, así como espacios para leer o ver la televisión, clases de formación, un comedor y también una lavandería.

También se han diseñado algunas cabinas en las que los internos podrán consultar, mediante una tableta, datos como el tiempo restante de su condena o solicitar gestiones, una medida con la que la Generalitat pretende “dar responsabilidad” a los internos.

En declaraciones a EFE, la Jefa del Servicio de Planificación de la Dirección General de Asuntos Penitenciarios de la Generalitat, Rosa Maria Martínez, ha señalado que el paso por el tercer grado penitenciario contribuye a reducir la reincidencia en un 50 %, cifra que considera que es un “buen” indicador.

De hecho, según el último informe del Centro de Estudios Jurídicos y Formación Especializada de la Generalitat, solo una de cada diez personas que finaliza la pena en tercer grado vuelve a delinquir.

Sin embargo, el paso de un centro ordinario a un régimen de tercer grado es un momento “crítico” para muchos internos, ha asegurado Martínez, debido a los cambios que se pueden haber producido durante el primer periodo de condena en su entorno familiar o laboral.

Por eso, un equipo multidisciplinar —formado por trabajadores sociales, psicólogos o educadores, entre otros— ayuda a los reclusos en todas aquellas áreas en las que lo necesiten, algo que la Generalitat busca facilitar con el nuevo espacio.

Varios internos de diferentes centros abiertos catalanes están trabajando en estos momentos en la nueva cárcel, realizando tareas de mantenimiento.

Precisamente, el mobiliario de las habitaciones también lo fabricaron internos, en este caso del régimen abierto de Lleida. EFE

(vídeo)

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