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‘Fedra en los infiernos’ alza la voz contra la culpa y juicio que desatan los prejuicios

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Paloma Palomo

Mérida, 30 jul (EFE).- ‘Fedra en los infiernos’ ha subido al escenario del Teatro Romano de Mérida para transformar el mito clásico en un desgarrador y liberador alegato sobre el deseo, la culpa y el peso de los juicios humanos. Un grito que resuena en la actualidad para interpelar a una sociedad que se siente con la libertad de juzgar los sentimientos ajenos.

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Escrita y dirigida por José María del Castillo, la propuesta rescata a la heroína del Inframundo para otorgarle una “segunda oportunidad” con el fin de redimir la “maldita existencia” de Fedra, interpretada por Lydia Bosh, en un viaje de redención desde el abismo de la muerte, donde la protagonista se enfrenta a las Moiras -Láquesis, Cloto y Átropo- para volver a ser “víctima” de su propio destino.

A través de una puesta en escena de gran calado simbólico, las Moiras y la propia Fedra han cuestionado quién tiene realmente el derecho a juzgar las pasiones ajenas y ha alentado al espectador a abrazar la libertad de sentir sin miedo a la condena para “celebrar todo lo que no le han permitido ser”.

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Una segunda oportunidad condicionada por el mismo destino

Frente a las hilanderas del destino que tejen las vidas y las muertes de los mortales, las Moiras proclaman que “todo tiene un precio” y Fedra testifica con la fuerza de quien parece que no tiene nada que perder en el núcleo de la farsa y el dolor -cuando alza la voz en nombre de las mujeres castigadas y silenciadas por la tradición clásica- para rogar una tregua que le permita enfrentarse a su pasado sin la trampa del castigo divino de Afrodita.

El enredo trágico se desborda al regresar a los aposentos de Atenas junto a Teseo e Hipólito, con el objetivo de evidenciar que “los dioses no ejercen más poder que el que tú quieras darles” y que los juicios “parten de la necesidad humana de jugar a ser Dios”.

En ese cruce entre la razón y el impulso terrenal, Fedra constata la imposibilidad de contener una pasión que la desborda para descubrir ante el público que su calvario no es solo el deseo prohibido, sino el señalamiento incesante de un entorno incapaz de comprender su fragilidad.

Así, el coro ha marcado el ritmo dramático de las apariciones fantasmagóricas y las confesiones más íntimas con el fin de envolver a la grada en una tensión trágica -cortada en algunas ocasiones por el propio texto para dar un respiro al espectador- y la conexión entre la verdad interior y las apariencias.

El inframundo y la losa de la culpa

Con una estructura limpia y sugerente -en la que la propia Fedra ha hecho del público un jurado experto- la arquitectura contrapone el frío estatismo del Inframundo con la calidez palaciega de Atenas, como un marco perfecto para que la mítica grada viva la transición física y espiritual de la protagonista entre la vida y las sombras.

El vestuario ha sido capaz de reforzar las jerarquías divinas y terrenales, con unas Moiras y coro en túnicas sobrias que han contrastado con los ropajes de una Fedra marcada por su desnudez emocional que se ha despojado progresivamente de la vestidura de reina hasta dejar al descubierto la verdad innegable de su cuerpo y sus pasiones.

Por esta razón, la historia parece abandonar la exposición inicial para centrarse en los sentimientos más vivos de sus protagonistas y en la inevitable confrontación con sus propios actos a través de indagar en el peso de la culpa, el juicio ajeno y la búsqueda de redención.

Así, Fedra ha guiado al público hacia una catarsis donde la protagonista asume su destino en el inframundo, pero ahora sin la losa del arrepentimiento para lanzar un mensaje claro para el espectador: “amar como solo los locos saben hacer: sin miedo a caer, sin culpa por doler y escuchando muy poco a los demás”. EFE

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