Fermín Cabanillas
Sevilla, 11 jul (EFE).- Zakarías, Auxi, Bernardino, Carlos y Mariví se reúnen una vez por semana en Sevilla. Llevan bolsas con lo básico para que una persona pueda comer o asearse y olvide unos minutos que vive en la calle, en una Sevilla muy hostil con sus 40 grados en verano para la gente que no tiene un techo sobre sus cabezas.
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Una ciudad en la que “los cartones duelen mucho”, como explica Fernando Sánchez, una de las personas a las que ayuda semanalmente este grupo de personas, agrupada bajo el nombre de 'La Calle'.
Inician su paseo en el barrio El Arenal y, desde ahí, recorren todos los puntos donde saben que hay alguien que les pueda necesitar, a pie de calle o en sus propias 'minichabolas' de cartón.
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Así viven unas mil personas en distintas zonas de Sevilla, cuya situación se agrava en periodos de intenso frío o calor, gente que “se juega la vida” en una ciudad en la que el Ayuntamiento señala que se han habilitado en torno a 125 refugios climáticos en periodos de intenso calor, que se pueden ampliar a 145 si es necesario, pero que no es suficiente.
El problema de encontrar dónde dormir
Hasta hace dos años, algunas de estas personas, hombres en su mayoría, dormían en los soportales del mercado de abastos de la calle.
En 2022, el Ayuntamiento gobernado entonces por el PSOE inició el proceso para cerrarlos con rejas, aduciendo quejas vecinales, y el actual gobierno del PP lo culminó en 2025.
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No obstante, “por inercia” muchos pasan buena parte del día apoyados en las rejas, buscando la poca sombra que les alivie del calor.
Mariví López recuerda con rabia cómo vio que le quitaban el sitio para dormir a mucha gente cuando, además, algunos cajeros se cierran de noche para no acoger a estos “inquilinos”.
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Ella prefiere mirar hacia adelante y hablar del tío Paco, un hombre para el que es "su sobrina", o de un joven marroquí, Ahmed, al que han ayudado a regularizar su situación en España, y ahora está ilusionado con trabajar en la fresa en Huelva.
Todo empezó años atrás, cuando se encontró por la calle a una persona que, más que alimentos, necesitaba cariño. “Le dije que si quería tomar un café, y nos pusimos a hablar”, ha explicado. A partir de ahí fue conociendo a más personas en la misma situación, hasta que decidió que, al menos una vez por semana, les ayudaría con lo básico.
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Entre los voluntarios está Carlos Wehbi, un argentino que estuvo a punto de perderlo todo por adicción al alcohol, pero que, ya recuperado ha recuperado “la alegría de vivir, las ganas de todo”, y ahora está “en el otro lado”, porque ha pasado de vivir en la calle a ayudar a los sintecho.
Cada uno aporta lo que quiere
Todos ponen algo de su tiempo y ganas por los que menos tienen, como Bernardino, un médico jubilado al que llaman todos “el doctor”, y que les pasa consulta sin coste alguno si lo necesitan, para intentar que su salud no se deteriore más todavía por dormir al raso doce meses al año.
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Auxi lleva bocadillos y Zakarías, un té marroquí. Un joven que les pide lo que le puedan dar, porque no había comido en todo el día. En ese momento, ese chico pasa a ser la prioridad de todos. Mariví le sigue con la mirada hasta que se asegura de que ha comido las pastas que le han dado.
"Pastas que no tienen manteca de cerdo, porque nos aseguramos de que todo lo que traemos lo pueda comer cualquier persona sin problemas de creencias", ha explicado.
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Los voluntarios se aseguran de que todos tienen al menos lo básico para no pasar hambre en unas horas, y se llevan a casa algunos encargos, como conseguir que Carlos encuentre trabajo como cuidador de personas mayores en casa u hospitales. Toda ayuda es poca y casi siempre es cuestión más de cariño que de alimentos. EFE
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(Foto) (Vídeo)
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