José Carlos Rodríguez
Santiago de Compostela, 1 jul (EFE).- Frente a la imagen tradicional que asocia el mundo rural con entornos conservadores y hostiles para la diversidad, cada vez más pueblos españoles acogen festivales, jornadas y proyectos promovidos por el colectivo LGBTIQ+ que reivindican estos territorios como espacios abiertos, inclusivos y alejados de los estereotipos.
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En contraste con el llamado 'sexilio', el fenómeno por el que durante décadas muchas personas LGBTIQ+ abandonaban los pueblos en busca de anonimato, aceptación y libertad en las grandes ciudades, el Orgullo ha comenzado a extenderse por pequeños municipios de toda España, según testimonios recogidos por delegaciones nacionales de la Agencia EFE.
Lejos de limitarse a los grandes núcleos urbanos, estas celebraciones reflejan un cambio social que apuesta por hacer de los pequeños municipios espacios donde permanecer, regresar o construir un proyecto de vida sin renunciar a la identidad.
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Justamente con el objetivo de demostrar que las personas 'queer' también habitan, crean comunidad y transforman los territorios más allá de las grandes ciudades, nació Plumas de Pueblo, un mapa colaborativo que reúne cerca de 70 iniciativas LGTBIQ+ desarrolladas en entornos rurales de todo el Estado.
Impulsado por el proyecto Hortensia, este mapa tiene como objetivo mostrar "una realidad invisibilizada", ya que muchas personas 'queer' y trans "reclamaban que se empezara a hablar también de las personas LGTBI fuera de las grandes ciudades", explica Javier Vaquero, una de las integrantes del proyecto.
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Entre las iniciativas pioneras figura el Agrocuir de Ulloa, que se celebra cada año en Monterroso (Lugo) y alcanza ya su undécima edición. A él se suman propuestas repartidas por toda España: Medina de Pomar (Burgos) celebra su segundo Orgullo rural; la Comunidad de Madrid cuenta con citas como el Orgullo Rural de Chapinería y el de Lozoyuela; la Comunitat Valenciana acoge festivales como Serrana Cuir, en Chelva; Extremadura impulsa VeraCuir; en Andalucía se celebra el Orgullo Serrano en Arcos de la Frontera (Cádiz); Cantabria consolida el AgrOrgullo de Barcenillas (Ruente), y Navarra ha estrenado el Orgullo Fest del Valle del Aragón.
Otro de los referentes es la Ruada das Gotas, en Ribadumia (Pontevedra), una localidad de poco más de 5.000 habitantes donde este año el festival celebró su séptima edición.
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Andrés Cachón, uno de sus organizadores, explica que la Asociación Gotas nació en 2018 al comprobar que muchas personas LGBTIQ+ del rural se veían obligadas a marcharse a las ciudades para vivir con libertad y acceder a recursos educativos, culturales y de ocio relacionados con la diversidad.
"Sentimos la necesidad de crear algo propio desde Ribadumia, que trajera estos recursos al territorio y contribuyera a transformar el contexto en el que vivimos", afirma.
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Con ese propósito surgió la Ruada das Gotas, una reinterpretación de la fiesta popular desde una perspectiva LGBTIQ+: "Es un espacio abierto, festivo e inclusivo donde la música, la cultura, la participación y la visibilidad se entrelazan", señala Cachón, quien destaca que uno de los principales objetivos es generar referentes cercanos para que las nuevas generaciones no sientan que deben abandonar sus pueblos.
"Cuando los jóvenes crecen sin ver la diversidad a su alrededor, les resulta más difícil reconocerse y sentirse parte de una comunidad", sostiene. También subraya la implicación del vecindario y del tejido asociativo local, fundamentales para consolidar un proyecto que, a su juicio, contribuye a desmontar la imagen de un medio rural "conservador, cerrado o poco diverso".
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"Demostramos que el campo puede ser un espacio dinámico y abierto, comprometido con el cambio social", concluye.
Una experiencia similar se vive en la localidad toledana de Cebolla, donde desde hace doce años la bandera arcoíris cuelga de la fachada del ayuntamiento gracias al impulso de vecinas como Lola Poza, una de las promotoras del festival Orgullo Cebollano, que ya suma tres ediciones.
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Poza recuerda que descubrió su identidad durante la adolescencia en el pueblo y que, aunque tuvo una infancia "feliz", se trasladó a Madrid en los años ochenta, donde encontró un entorno de mayor libertad. Cuando regresó a Cebolla en 1990 decidió vivir su orientación con naturalidad, sin ocultarla ni dar explicaciones.
"Yo no tengo que decir que soy homosexual, yo vivo como soy", asegura, al tiempo que afirma que nunca tuvo que "salir del armario" porque siempre vivió "fuera del armario".
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También destaca que desde su regreso se ha sentido "súper querida" y que nunca ha sido rechazada por sus vecinos.
Además, explica que algunas personas del municipio le han trasladado que sus charlas y su visibilidad les han ayudado a cambiar su forma de entender la diversidad.
Por ello, defiende el papel de los ayuntamientos para impulsar este tipo de iniciativas porque, a su juicio, "el reconocimiento empieza en el entorno más cercano" y las instituciones locales deben contribuir a "avanzar en derechos y en igualdad". EFE
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(foto) (vídeo)
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