David Ramiro
Madrid, 25 may (EFE).- La final de la Liga Conferencia en Leipzig (Alemania) frente al Crystal Palace quizá sea el momento más importante en los 102 años de historia del Rayo Vallecano, que tiene al frente a Íñigo Pérez, un joven entrenador que, en apenas dos temporadas y media, ha revolucionado al equipo hasta llevarlo a cotas impensables.
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El 14 de febrero de 2024 Pérez se incorporó al Rayo Vallecano. Lo hizo como primer entrenador, tras estar la temporada pasada de segundo de Andoni Iraola -hoy en la Premier League-, y para tratar de frenar la caída libre que estaba teniendo el equipo con Francisco Rodríguez, que no paraba de encadenar malos resultados.
Íñigo, que en junio de 2022 había colgado las botas como futbolista profesional tras jugar en equipos como el Athletic Club de Bilbao, Osasuna o Numancia, recibía su oportunidad como primer entrenador. Lo hizo tras un problema administrativo que le impidió seguir junto a Iraola en el Bournemouth al denegarle las autoridades británicas el permiso de trabajo.
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En su debut con el Rayo, frente al Real Madrid, asombró arañando un empate en Vallecas, y posteriormente logró sumar hasta final de curso trece puntos más que le dieron la salvación con 38, cinco por encima del descenso.
La siguiente campaña, ya con una plantilla más a su gusto, pudo desplegar el fútbol en el que cree. Sin levantar la voz, centrado en trabajar y con un metódico plan de organización semana tras semana, consiguió ensamblar las piezas de un equipo que tiene unas señas de identidad muy reconocibles. Presiona alto, quiere el balón, busca ser protagonista, trata de ser vertical y no se arruga ante ningún rival.
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El técnico navarro también se ha mostrado como una persona apaciguadora que no entra en la discusión mediática de decisiones que pueden desestabilizar al grupo y que, por muchas presiones que pueda recibir, es firme en sus convicciones. Se vio con el ‘caso’ del colombiano James Rodríguez, con el que desde su llegada y hasta su prematura marcha tuvo que lidiar con insultos en redes sociales y preguntas en cada conferencia de prensa. También con Raúl de Tomás, el fichaje más caro en la historia del club, sin sitio en el equipo y desaparecido durante mucho tiempo por una "enfermedad común".
Esos dos ejemplos ilustran a las claras la cohesión de vestuario que buscaba y que ha conseguido Íñigo Pérez, que es más partidario de un grupo unido y una idea coral de juego que las individualidades de jugadores por mucho nombre que puedan tener. Los resultados le dieron la razón. Permanencia holgada, octavos de la clasificación y billete para Europa en la Liga Conferencia.
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Esta tercera temporada en el banquillo ha sido la de su consagración con un grupo de jugadores muy comprometidos y con hambre por hacer historia. Nadie es más que nadie en el vestuario y todos, desde el primero hasta el último, se sienten importantes.
Las dudas que había alrededor de la gestión del vestuario y sobre todo a nivel deportivo, con tres competiciones a la vez, se disiparon pronto. Él lo tenia claro, no por jugar más partidos el rendimiento debía ser peor al ser un equipo pequeño. Una vez más el tiempo le ha dado la razón y le ha llevado a repetir octavo puesto en Liga y tener la posibilidad de ganar un título europeo con el Rayo.
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Un título europeo es lo que se le resistió como jugador del Athletic Club de Bilbao en 2012, cuando perdieron una final de la Liga Europa. Ese equipo lo dirigía el entrenador argentino Marcelo Bielsa -hoy seleccionador de Uruguay-, un tipo peculiar pero que le marcó para siempre por sus planteamientos, a veces quizá demasiados filosóficos. Ahora, catorce años después, él se ha convertido en el arquitecto de un equipo histórico.
El siguiente capítulo es la final de la Liga Conferencia frente al Crystal Palace. Y podría ser el último al frente del Rayo. No ha renovado y, siempre que se le pregunta, sus palabras suenan a despedida. La energía que supone dirigir al conjunto madrileño desgasta y la margarita sobre su continuidad o su marcha se deshojará pasada la gran final. EFE
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