Belén Escudero
Madrid, 5 may (EFE).- El fotógrafo Chema Madoz explora "el misterio en lo cotidiano" en una nueva exposición en Madrid, con 34 fotografías recientes en blanco y negro, en las que los objetos parecen cobrar una segunda vida, lo visible se vuelve incierto y se deja entrever el paso del tiempo.
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La Galería Elvira González presenta, en el marco del Festival PhotoEspaña 2026, la quinta exposición individual de Madoz (Madrid, 1958), en la que se pueden contemplar una treintena de fotografías realizadas entre 2024 y 2025.
En la muestra aparecen motivos recurrentes de su trayectoria y a los que Madoz intenta encontrarles "un lado más poético", como la jaula, ahora abierta frente a un mapa en el que las aves parecen haberse dispersado por distintas geografías; las mariposas, pero también una caracola convertida en jardín zen y una manecilla de reloj clavada en el pie del Espinario.
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No se trata de buscar la belleza, sino de abrir una especie de escalera de sentidos "por la que puedes ir transitando, subiendo y pasando de un nivel a otro", según esta figura central de la fotografía contemporánea española.
Como es habitual, todo en blanco y negro, un lenguaje que mantiene como territorio natural de sus fotografías porque aleja la imagen de la realidad inmediata y la acerca a "la imaginación y al ensueño", según ha señalado en el recorrido que ha hecho con los medios por la muestra.
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"El color te lleva directamente al entorno que tenemos, mientras que el blanco y negro marca una cierta distancia con la realidad", según ha explicado el fotógrafo, para quien esa elección hace que el espectador sea más consciente de que está ante "una representación, una reelaboración de algo que está en tu cabeza".
Madoz es nuevamente fiel a una práctica que sostiene durante décadas. Trabaja con objetos comunes, que captura con su cámara en su estudio con luz natural, aunque les somete a un desplazamiento mínimo que altera por completo su significado. "Lo que me interesa apunta- es la idea de descubrimiento, de percibir el misterio en lo cotidiano".
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Un hallazgo que él es consciente que no siempre llega del mismo modo al espectador porque a veces nace del propio objeto y otras de una sensación que ha tenido previamente y que necesita encontrarla forma.
"Muchas veces -señala- me hago con objetos que llaman mi atención, pero que no termino de tener muy claro por qué. Me los llevo al estudio y, en esa convivencia, con el paso del tiempo, empiezas a definir dónde estaba ese atractivo".
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Sus fotografías pueden parecer simples, pero el proceso cuenta con una laboriosa carga de construcción porque "el trabajo se basa principalmente en el uso de la lógica llevada un poco al extremo". Son imágenes que "bordean el absurdo", pero en las que, añade, siempre puede seguirse "el rastro" de un pensamiento lógico.
Eso se aprecia si se sigue el rastro de las mariposas, que adquieren una presencia inesperada en el conjunto. "No era consciente de que había tantas", reconoce Madoz, que intuye en ellas "una cierta simbología de la fragilidad, la brevedad y el paso del tiempo".
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Y es que el tiempo es una de las preocupaciones que atraviesan en varias de sus obras, como en la del Espinario, que no se arranca una espina, sino una manecilla de reloj. "Viene a simbolizar el paso del tiempo y cómo el paso del tiempo nos va hiriendo a todos".
Es la argumentación de la obra que hace Madoz, aunque se resiste a cerrar las imágenes con una única interpretación.
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"Me niego un poco a pasarlas a palabras, porque queda todo como mucho más plano", según advierte, porque para él una fotografía gana cuando conserva su ambigüedad y permite lecturas distintas, incluso contrarias a las que él pudo imaginar al construirla.
Son, a su juicio, "imágenes abiertas y permiten al espectador interpretarlas desde su propio bagaje, desde su propia manera de ver las cosas", un margen de libertad en el que sitúa buena parte de la fuerza de su trabajo. EFE
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(foto) (vídeo)
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