Bernardo Atxaga: "La gente se siente impotente ante todo lo que está ocurriendo"

Guardar

Magdalena Tsanis

Madrid, 8 abr (EFE).- El escritor vasco Bernardo Atxaga regresa a la novela con 'Golondrinas' (Alfaguara), donde convierte al boxeador José Manuel Ibar, Urtain (1943-1992), que fue campeón de Europa y acabó suicidándose, en una especie de "niño perdido" de Peter Pan, una metáfora del desamparo que cunde en el mundo actual.

"La gente se siente impotente ante lo que está ocurriendo, todo ocurre en grado máximo y suceden cientos de cosas a diario", ha dicho en una entrevista con EFE el autor de 'Obakoak' o 'El hijo del acordeonista', premio nacional de las letras 2019 y considerado máximo exponente de la narrativa vasca.

"Ante esa impotencia y ese miedo a la realidad, buscan refugios", ha precisado, que van desde la religión al racismo o cualquier otra forma de "elitismo", lo que considera "una protección muy venenosa y que destruye la vida social".

Después de publicar 'Casas y tumbas' en 2019, Atxaga (Asteasu, Guipúzcoa, 1951) anunció su propósito de dejar la novela para explorar otras formas de escritura, pero ha acabado regresando a ella. "Hablo demasiado, esa es la verdad. Cuando acabo una novela, estoy tan agotado que pienso, 'se acabó', pero desde los 14 años no he tenido otra afición".

'Golondrinas', que llega esta semana a las librerías, fluctúa entre la realidad y la fantasía. Es una historia en tres tiempos (1992, 2017 y 2042) donde aparece Urtain, o más bien su muerte, junto a empresarios, comisarios, jueces y un pintor dispuesto a desentrañar una intriga.

Pero también hay un narrador llamado Uzariel, que Atxaga denomina "ser inmaterial", algo así como un ángel caído que ha sido condenado al ostracismo por su exceso de sensibilidad y que se vale de una voz especial para contar una historia atravesada por la violencia.

"La fantasía que me interesa tiene que responder a algo real", afirma y lo explica fabulando. Los fantasmas, dice, expresan el miedo que tenía la gente a cruzar los bosques de noche. Y cuando llegó el tren, a mediados del siglo XIX, el efecto de la velocidad llevó a pensar también en fantasmas.

A la hora de recuperar la historia de Urtain, que ya ha sido narrada en prensa, en cine y en teatro, a Atxaga le interesó este registro medio fantástico para hablar de miedos reales. "Podía haber hecho de Urtain un personaje de Obaba, porque conozco bien ese mundo, pero no es lo que quería", dice.

El autor recuerda que Urtain era "un héroe" dentro del mundo rural, donde se inició en el levantamiento de piedras, y que al cambiar de espacio -el ring, las televisiones, la fama, Madrid-, se encuentra cada vez más perdido.

No podía volver al País Vasco, entre otras cosas, subraya, por haber sido recibido por Franco, que se valió de sus éxitos en beneficio de su propia imagen. "Se queda sin nadie, sin dinero, marginado totalmente, como los niños abandonados a los que ni el Estado, ni la Iglesia ni la familia protegen".

Ese desamparo, concede, tiene un paralelismo con el que impera en el mundo actual, con el descrédito de las instituciones y dirigentes como Donald Trump.

Con respecto a Trump, Atxaga dice hacerse dos preguntas. "La primera es si esto es nuevo, y la respuesta es no: el rey Leopoldo de Bélgica era igual de criminal; la segunda pregunta es si esto termina aquí o es el preludio de lo que va a venir, y, desgraciadamente, mi opinión es que es un preludio".

En este sentido señala como "señales preocupantes", el auge del relativismo, de la confusión entre opiniones y hechos, la irracionalidad y el radicalismo, sin olvidar los intereses económicos, la teoría "plausible" de que "Trump no es más que un pelele" que han puesto las industrias armamentísticas y tecnológicas. EFE

(foto)