Celia Cantero
San Pedro del Pinatar (Murcia), 7 mar (EFE).- Cuando hace ocho años le diagnosticaron esquizofrenia paranoide, Clara Robe (nombre ficticio) sintió pánico. "Pensé que era un monstruo, que no tenía control sobre mí, que podía hacer cualquier cosa mala, hasta decapitar, y que ya no tenía vida".
Tiene 28 años, nació en Madrid y se mudó a San Pedro del Pinatar hace una década a raíz de su primer brote psicótico para estar junto a sus padres, que habían elegido el Mar Menor para pasar su jubilación. Pide preservar su identidad precisamente por ellos, para evitar el sufrimiento de un estigma que ha logrado superar casi al completo tras años de terapia, según confiesa, pero que aún acompaña a la mayoría de personas que tienen problemas de salud mental.
En una entrevista con EFE, sentada frente al mar y maravillada por la calidez física y mental que ha encontrado en el Mar Menor, esta estudiante de integración social subraya que la barrera más dolorosa que tienen que sortear los enfermos es la del miedo. "El estigma es duro, pero mucho peor el autoestigma", opina.
Desde su primer brote hasta el diagnóstico pasaron dos años. "Yo había leído mucho y sospechaba lo que podía pasar, pero me costó mucho aceptarlo, me hundí", según recuerda, de ahí que sus primeros meses fueran de encierro. "No tenía amigos, no tenía a nadie, estuve encerrada (...) e interioricé que no tenía que contarlo".
Ocho años después, con seis ingresos hospitalarios a sus espaldas, medicación crónica y terapia multidisciplinar, entiende que es una mujer con esquizofrenia, no así una esquizofrénica. "Yo no soy la enfermedad, soy una persona con unas circunstancias, como todo el mundo".
Además de formarse como futura integradora social porque cree que sus vivencias pueden aportar un plus de "empatía y de conocimiento en primera persona" a las personas que tienen problemas de salud mental, está empeñada en lanzar un mensaje de esperanza a las familias y cuidadores de enfermos.
Clara Robe, "bautizada" así en homenaje al vocalista de Extremoduro, del que era ferviente seguidora, es usuaria desde hace años de una asociación comarcal de familiares de enfermos y colabora con ellos cuando se le reclama para hablar de su enfermedad a jóvenes de institutos o a padres que se enfrentan a un diagnóstico reciente.
"La reacción primera es de miedo, pero deben creerme cuando les digo que existe esperanza y que los enfermos pueden tener una vida digna", subraya.
"Yo estoy bien y tengo un proyecto de vida. Siempre he trabajado, he luchado por mis estudios y he encontrado la recompensa en la autoestima", añade Clara antes de insistir en que la única alternativa posible para ella es "tirar para adelante, siempre".
Firme defensora de la sanidad pública, sin la cual "no estaría aquí", reflexiona también sobre el aumento de los problemas de salud mental, y culpa de ello a la sobreexposición a las redes sociales y, sobre todo, al "capitalismo y al consumismo".
"No hay estabilidad económica ni laboral, se acusa a los jóvenes de formar una generación de cristal, pero están afrontando unas dificultades que antes no existían y los problemas mentales se están haciendo cada vez más visibles", afirma.
Preguntada por su primer brote explica que lo sufrió después de un verano con mucho estrés, en el que trabajó más de 14 horas al día detrás de la barra de un bar por 800 euros de sueldo. "En un brote se pasa mucho miedo, crees que el mundo está contra ti y vives otra realidad. Tu cerebro sufre tanto que escapa inventando", explica.
Cree en la educación y es optimista sobre el futuro. Su empeño es cambiar la percepción de la persona con enfermedad mental y trasladar esperanza. "Estoy bien, tengo futuro, y he vencido al miedo".
Para ella es fundamental que se visibilicen las enfermedades mentales y que se alivie el dolor que sufren los enfermos y sus familias, sobre todo éstos últimos, pero echa en falta más trabajo con patologías como la suya. "Se ha avanzado mucho en ansiedad o depresión, pero en esquizofrenia hay todavía mucho estigma, muchísimo", se lamenta. EFE
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