Irene Dalmases
Barcelona, 17 ene (EFE).- Procedente de una familia de granjeros y agricultores, la periodista Agnès Batlle es, sin embargo, una urbanita convencida, que al mes de llegar a Chicago, donde residió hace unos años, conducía por Wells Street sin ningún problema. Su hijo Pau Fenés Batlle, en cambio, desde pequeño se ha sentido más identificado con el ámbito rural.
El hecho de que hace un año, con 16, Pau dejara el hogar familiar, en Sant Boi de Llobregat (Barcelona), y se trasladara a la comarca de Osona para estudiar Agropecuarias en la Escuela Agraria Quintanes, llevó a Batlle a sentarse ante el ordenador para escribir 'Arrels rebels' (Ara Llibres), que llegará a los anaqueles el día 20.
En una entrevista con EFE, la radiofonista, con más de veinte años de experiencia como redactora y locutora de radio en RTVE, ha rememorado que la obra, donde ofrece el testimonio de diez adolescentes catalanes que plantan cara al abandono del campo, empezó a tomar forma cuando su hijo se fue y ella sintió cierto "vacío y añoranza".
Hablándolo con gente de la editorial, coincidieron en que la decisión de Pau de buscarse su futuro junto a su abuelo Joan en el Alt Empordà tenía su miga, habiendo vivido siempre en el área metropolitana de Barcelona, y también convinieron en que faltan relatos de "adolescentes en positivo".
Durante varios meses del pasado año, Batlle se trasladó a explotaciones agrarias de toda Cataluña, de norte a sur, de este a oeste y de diferentes sectores, y habló con su propio hijo y con Jordi Bruch Escribano, Jan Rodriguez Condom, Marina Brugué Luque, Anna Fíguls Martí, Pol Nadal Lavernia, Gemma Masramon Codina, Sergi Franch Casanova, Guifré Bassó Barretina y Roger Puigoriol, de entre 16 y 19 años, sobre sus circunstancias personales.
"Todos ellos -desvela- son un ejemplo claro de relevo generacional y de tenerlo claro desde que eran muy pequeños, a pesar de las vicisitudes del sector y de que en la etapa escolar hayan sufrido agravios por confesar que querían ser payeses, con insultos incluidos, como aportan algunos de los testimonios".
Con todo en contra, resalta la escritora, "con todo el mundo intentándolos disuadir, ellos se han mantenido con una convicción súper firme y no sólo han hecho de su convicción un estandarte, sino que todos están estudiando, se están formando en el sector".
El libro tanto aporta el testimonio de Gemma, que quiere ser veterinaria de animales de granja, y que procede de la primera granja en España en implantar los robots GEA para muñir vacas sin intervención humana, al de Sergi, el único de los 130 alumnos de bachillerato de su instituto en Deltebre (Tarragona) que quiere continuar el trabajo de arrocero.
En las páginas de la obra, el lector se dará cuenta de que las chicas lo tienen más "complicado" que los chicos; conocerá las críticas a la "carga burocrática" del sector, sin obviar ninguno de ellos que sus trabajos, a pesar de la tecnificación de las últimas décadas, serán "sacrificados" y que es difícil la conciliación familiar.
Agnès Batlle tampoco esconde que es "constante" la "falta de respeto en torno a la actividad agraria" y es de las que piensa que si hoy existe una ley que defiende el sonido que provocan escuelas y equipamientos deportivos, las explotaciones agrarias "también necesitan blindar su actividad reconociéndoles que emiten un sonido y un olor determinados".
"Nosotros como sociedad -agrega- deberíamos reflexionar y, en vez de ponerles palos en las ruedas, ayudarles".
Por otra parte, la obra cuenta con las ilustraciones de Clàudia Puig Parra, una barcelonesa de 16 años, que ha reflejado con sus dibujos la esencia de cada uno de los capítulos.
Además, Batlle ha incluido diferentes recuadros sobre la nomenclatura y el lenguaje de algunas de las especificidades agrarias y rurales que se plasman porque buscaba un libro "explicativo y pedagógico, no solo para la gente del sector, con lo que no podemos dar por entendido ningún concepto y, por ello, se alude a la fauna cinegética o a qué es el Mercosur".
El capítulo final, 'En el corazón del poder', relata el encuentro que los jóvenes mantuvieron con el conseller de Agricultura, Ganaderia, Pesca y Alimentación, Òscar Ordeig, a quien agradecen su empatía y esperan que sus palabras "concuerden con los hechos".
Aunque ni ella ni su hermano, también periodista, siguieran con la herencia familiar, igual que algunos de los progenitores que aparecen en la obra, hoy Agnès Batlle se muestra orgullosa de la decisión de su hijo, porque "cuando desaparece una familia payesa, lo que se pierde no son solo sus explotaciones, son sus saberes ancestrales, su habla, su cultura y sus tradiciones". EFE
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