Cristina Lladó
Madrid, 2 ene (EFE).- Los Reyes Magos de Oriente llevan siglos acudiendo a Belén a adorar al Niño y entregarle sus presentes y aún así, sus figuras y viajes siguen rodeados de misterio e incógnitas como demuestra un paseo por los cuadros del Museo del Prado.
A lo largo de la historia, Melchor, Gaspar y Baltasar a veces fueron considerados reyes, otras magos; Baltasar fue blanco, de tez oscura o negro africano, con coronas o turbantes, con séquitos de caballos o elefantes.
¿Quiénes eran?, ¿de dónde venían?, ¿cuánto tardaron en llegar?. Preguntas y más preguntas que el jefe de Contenidos Didácticos del museo, Fernando Pérez Suescun, un apasionado de los Reyes Magos, va desvelando en un paseo con EFE por los cuadros representativos de la Adoración.
¿Cuántos eran?
No se sabe a ciencia cierta. Unas fuentes apócrifas dicen que si eran 12 como los apóstoles o las tribus de Israel; otras que si eran cuatro. Pero el Evangelio según San Mateo, el único que narra la adoración de los “magos de Oriente”, especifica que traen tres presentes -oro, incienso y mirra-, con lo que la tradición posterior determina que eran tres.
Y con la idea de que representan a toda la humanidad, son tres hombres de tres edades diferentes, anciano, maduro y joven, explica Pérez Suescun, quien detalla que “uno suele tener barba blanca y muy poblada, aunque a veces puede estar calvo; el segundo lleva una barba más recortada y el cabello más oscuro, y el tercero es siempre un joven imberbe”.
A principios de 1400 se les representa a todos blancos, como en el maravilloso ‘Retablo del arzobispo don Sancho de Rojas’, pintado por Juan Rodríguez de Toledo hacia 1415 y, como siempre, con uno de los reyes arrodillado ante el Niño, con la cabeza descubierta y la corona en el suelo en señal de respeto y de que “ante el Niño, no soy rey; él es más importante que yo”.
Fra Angelico también pinta a los tres blancos, pero en el caso de ‘Escenas de la Vida de la Virgen’ el que se arrodilla es el joven, mientras los otros dos charlan animadamente a un lado, con sus coronas bien brillantes y ajustadas sobre sus cabezas.
Unos años más tarde, en 1445, el holandés Dirk Bouts pinta al más joven con la tez morena, rasgos asiáticos y un elegante tocado en vez de corona en el ‘Tríptico con escenas de la vida de la Virgen’; un cuadro del que surge otra duda:
¿Cuándo llegaron?
La mayoría de los pintores muestran a los reyes llegando al portal y la tradición dice que lo hicieron el mismo día del nacimiento o poco después. Sin embargo, la adoración de Bouts tiene lugar con el niño ya algo más mayor y en el interior de una estancia en la que hay una mesa sobre la que los reyes dejan sus obsequios.
“Otras fuentes aseguran que llegaron meses o incluso años más tarde, lo que explica que el rey Herodes ordenara matar a todos los niños menores de dos años”, señala Pérez Suescun.
“El evangelio árabe, que es uno de los apócrifos, dice que llegan a las pocas horas del nacimiento; el evangelio armenio asegura que llegaron a los tres días, tras nueve meses de viaje”.
De hecho, los artistas tampoco se aclaran sobre si la adoración tiene lugar de día o de noche y, aunque la mayoría lo pinta de día, en el barroco optan más por representarlo de noche, lo que les permite jugar con luces y sombras más dramáticas.
El toledano Juan Bautista Maíno no pinta el pesebre. En su cuadro ‘La Adoración de los Reyes Magos’ la familia está en unas ruinas clásicas y el niño tiene algo menos de un año, el pelo rizado y juguetea con los presentes.
Pero por lo que de verdad destaca este cuadro es por la explosión de suntuosas telas y ropajes de los reyes y el exotismo de sus tocados, con plumajes y turbantes que revelan que no venían todos del mismo país.
¿De dónde vienen?
Una de las primeras representaciones de los magos que rinden pleitesía al Niño Dios es un mosaico del siglo VI d.C. en la Basílica de San Apolinar, en la ciudad italiana de Rávena, en la que aparecen identificados por sus nombres y ataviados al modo persa, con pantalón estrecho, medias capas y luciendo gorros frigios.
Más tarde, y durante siglos, se les representa vestidos a la usanza de los monarcas europeos, y no será hasta mediados del siglo XV cuando se fije la idea de una procedencia exótica y un rey mago de otra raza, en representación de las tres conocidas, “coincidiendo, se supone, con el auge de las expediciones españolas y portuguesas por África y Asia”, explica Pérez Suescun.
Es entonces cuando se sofistican los ropajes y los cortejos con sirvientes exóticos, que incluyen caballos, camellos e incluso elefantes.
Años más tarde, en el siglo XVI, en Iberoamérica, los padres Jesuitas adaptan la adoración de los magos al mundo andino e incorporan a un rey inca sustituyendo a Gaspar, una versión que buscaba integrar.
Y luego está Velázquez, que parece que los sitúa a todos en Sevilla cuando pinta su ‘Adoración de los magos’ en 1619 y retrata a su esposa, Juana Pacheco, como la virgen María; a su suegro como Baltasar, y a su hermano como Gaspar.
¿Dónde están enterrados?
La tradición occidental dice que los tres Reyes Magos están enterrados en la catedral de Colonia, Alemania. Sin embargo, la oriental sitúa su tumba en la ciudad persa de Saba, actual Irán.
Según la tradición, fue Santa Elena, madre del emperador Constantino quien, en el siglo IV, encuentra los restos de los tres reyes y los lleva a Constantinopla.
Con la llegada de los otomanos, el obispo Eustorgio I los traslada en el 323 a Milán donde se construye una basílica para albergarlos.
En el siglo XII, el emperador Federico Barbarroja saquea Milán y se lleva las reliquias a la catedral de Colonia donde reposan desde 1190 en un enorme sarcófago de oro, plata y piedras preciosas, detrás del altar mayor.
Sin embargo, en el siglo XIII, el mercader y viajero veneciano Marco Polo en su relato del primer viaje a China, incluido en el libro ‘Las maravillas del mundo’ (también conocido como ‘Los viajes de Marco Polo’) describe que “en Persia se encuentra la ciudad de Saveh, de donde partieron los tres Magos cuando fueron a adorar a Jesucristo”.
“Y en esta ciudad están enterrados, uno junto a otro, en tres grandes y hermosas sepulturas; y encima de cada una de ellas, rematado en una cúpula y muy bien labrado”, asegura sobre un enterramiento del que no quedan restos.
Y Marco Polo subraya que “los cuerpos se mantienen intactos, con sus cabellos y sus barbas. Como si estuvieran vivos”. EFE
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