Inglaterra hundió en el mar 50 toneladas de bloques de ceniza de carbón y yeso por un motivo ecológico y 3 semanas después ya dio sus frutos

El proyecto buscaba deshacerse de dos residuos abundantes en centrales eléctricas y en sistemas de desulfuración de gases sin contaminar el agua

Corales marinos iluminados en tonos naranja, amarillo y turquesa con peces que nadan en aguas oscuras iluminadas desde la superficie.
Una ilustración digital recrea un arrecife de coral rodeado por diversos cardúmenes de peces bajo el agua nocturna. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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En las aguas de Poole Bay, frente a la costa meridional de Inglaterra, un pionero experimento científico sumergió hace décadas 50 toneladas de bloques fabricados con ceniza de carbón y yeso en un fondo marino completamente llano y arenoso. Apenas tres semanas después del fondeo, los buzos de investigación descubrieron que la vida marina ya había comenzado a adueñarse del nuevo hábitat, con la llegada de peces territoriales y bogavantes en un área desértica donde antes no existían refugios rocosos.

El proyecto surgió a finales de la década de 1980 ante la necesidad de encontrar una salida ecológica para la ceniza de combustible pulverizada (PFA), un residuo abundante procedente de las centrales eléctricas de carbón británicas, y para el yeso derivado de los sistemas de desulfuración de gases. El experimento tuvo un resultado fructífero, tal y como expusieron en 1989 los investigadores de la Universidad de Southampton en la revista científica Oceanologica Acta.

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Los 50 bloques, repartidos en ocho unidades cónicas de un metro de altura por cuatro a cinco metros de diámetro, fueron depositados a unos diez metros de profundidad sobre un lecho de arena, deliberadamente alejados entre dos y tres kilómetros de cualquier afloramiento rocoso natural. Pero lo que más asombró a los científicos fue la inusitada rapidez con la que las especies autóctonas ocuparon este arrecife artificial.

Un bogavante en primer plano y otro detrás sobre un suelo marino rocoso cubierto de algas y con peces pequeños.
Dos bogavantes se desplazan sobre el lecho rocoso rodeados de algas marinas y peces pequeños. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Un espacio químicamente inocuo y agradable para los crustáceos

Tan solo 21 días después de la instalación, “las especies territoriales representadas por los lábridos aparecieron dentro de las tres semanas de la instalación” y “los bogavantes (Homarus gammarus) aparecieron en el arrecife dentro de las tres semanas y han sido observados regularmente desde entonces”, sostiene el informe. De hecho, durante la propia colocación de la estructura se observaron grandes bancos de fanecas y abadejos, y al poco tiempo se asentaron crustáceos de gran valor comercial como el buey de mar (Cancer pagurus), la nécora (Liocarcinus puber) y el centollo (Maja squinado).

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Asimismo, otro informe del Centro de Ciencia del Medio Ambiente, Pesca y Acuicultura del Reino Unido (Cefas) reafirmaba este éxito al destacar que “los bogavantes colonizaron rápidamente las nuevas estructuras artificiales y muchos individuos mostraron una considerable fidelidad al sitio a largo plazo”. En el documento se dictaminó que “los arrecifes artificiales pueden proporcionar un método para la mejora a largo plazo de las poblaciones de bogavante en sitios específicos”.

Poole Bay en Bournemouth, Ingloaterra (Wikimedia Commons)
Poole Bay en Bournemouth, Ingloaterra (Wikimedia Commons)

Pero aparte de servir como refugio inmediato, el material demostró ser químicamente inocuo. Y es que, según el capítulo sobre Poole Bay incluido en el libro Artificial Reefs in European Seas, redactado por los investigadores de la Universidad de Southampton, las pruebas confirmaron que los bloques no liberaron metales pesados en concentraciones peligrosas ni causaron contaminación en la fauna bentónica. De hecho, “en un plazo de dos meses se identificaron unas ochenta especies de flora y fauna en el arrecife”; algo que ha hecho que se haya “colonizado con éxito, sin diferencias significativas entre los controles de hormigón y las mezclas de PFA y yeso”.

Asimismo, estudios posteriores de seguimiento a largo plazo, divulgados por la Sociedad de Historia Natural Marina Porcupine, ratificaron que esta estructura sostuvo durante más de una década una comunidad biológica vibrante y diversa. Por lo que esta iniciativa británica se posicionó como la primera medida real contra un residuo industrial pesado para convertirla en una herramienta de regeneración marina efectiva.

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