Hasta 50.000 kilómetros al año: así es el trabajo de los conductores de autobús que hacen viajes turísticos

Dos profesionales franceses repasan la realidad de una profesión marcada por la responsabilidad al volante y el contacto humano

Un conductor de autobús (Freepik)
Un conductor de autobús (Freepik)
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Dedicar la vida a transportar viajeros implica sumergirse en una rutina donde cada día aguarda un trayecto o una historia diferente. En la empresa francesa Collas Voyages, unos sesenta conductores habituales se turnan cada jornada para cubrir desde trayectos escolares hasta excursiones turísticas. Entre ellos se encuentran Magalie y Stéphane, dos profesionales que han encontrado tras el volante una pasión.

A sus 63 años y con 33 ejercidos al volante, Magalie recuerda que en sus inicios era ama de casa con tres hijos. Al comenzar su hijo menor la educación primaria, decidió buscar cómo ocupar su tiempo. “No se me hubiera ocurrido hacer este trabajo. Un amigo se estaba sacando el carné, mi marido me animó y se convirtió en una pasión”, relata la conductora al medio actu.fr. A punto de jubilarse, no contempla dejar del todo la conducción: “No puedo dejar el volante, simplemente reduciré mis horas y mantendré las rutas escolares”.

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El caso de Stéphane, de 52 años y cerca de dieciséis en la compañía, también responde a una reconversión profesional. Tras trabajar en la administración de un instituto universitario en Reims, el traslado a la región de Cotentin por motivos familiares le llevó a descubrir el sector. “¡Nos gusta estar en la carretera, es la libertad! A excepción de las rutas escolares, no siempre hacemos las mismas tareas”, asegura el chófer.

“No se improvisa, se aprende”

La versatilidad de las rutas es una de las claves de la profesión. Mientras que un conductor centrado únicamente en el transporte escolar recorre unos 20.000 kilómetros anuales, quienes realizan viajes turísticos pueden acumular entre 40.000 y 50.000 kilómetros al año. Esta faceta permite combinar el trabajo con el turismo: “A veces nos desplazamos a lugares que no conocemos. Eso nos da ganas de visitarlos y aprovechamos para hacer turismo al mismo tiempo”, apunta Stéphane.

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“No se improvisa, se aprende”, remarcan ambos al señalar que la prevención es clave para la seguridad. Magalie advierte sobre las nuevas realidades de la circulación urbana: “Hay que prestar más atención a los demás que a nosotros mismos. Mi obsesión ahora son los patinetes; tenemos que estar con los ojos en todas partes, especialmente con nuestros ángulos muertos”. Asimismo, Stéphane subraya el papel que representan: “Los usuarios de la vía nos observan y debemos ser respetuosos con nuestro público”.

Un hombre con chaleco reflectante y gorra llena el depósito de un camión rojo con una manguera de combustible en una gasolinera.
Un transportista coloca la manguera de diésel en el tanque de su camión rojo en una estación de servicio. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La preparación técnica forma parte indispensable del día a día. Cada conductor suele tener asignado su propio vehículo, del cual debe revisar los niveles de líquidos y mantener el cuidado interior y exterior. Contar con nociones básicas de mecánica resulta primordial para identificar cualquier avería. Además, planificar las rutas con antelación analizando restricciones de gálibo sigue siendo esencial, ya que el tamaño del autocar no permite circular por cualquier vía.

Por otro lado, Magalie ha sido testigo de la evolución de la presencia femenina en el sector. “Cuando empecé, recibí muchos comentarios. A la gente le costaba ver a una mujer al volante. En aquella época no tenía derecho al error, ¡tenía que demostrar que era capaz!”, señala la conductora, destacando la importante incorporación de mujeres a las plantillas actuales.

En cuanto al acceso a la profesión, existen dos vías principales en Francia: la obtención del permiso D junto con la formación inicial FIMO —que abarca la regulación sobre tiempos de conducción y descanso—, o bien el título profesional de conductor de transporte de viajeros en carretera. Este último, con una duración de tres meses y medio, otorga una cualificación más completa y abre las puertas a contratos indefinidos.

Para quienes estén considerando dar el paso, Stéphane y Magalie lo tienen claro: “Hay que ir a por todas, lanzarse. Cada día se aprenden cosas nuevas. El trato con los clientes es magnífico y, a fuerza de rodar, la experiencia llega de forma natural. Poniendo un poco de empeño, incluso se puede ganar muy bien la vida”.

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